Proyecto personal de escritura y archivo de lecturas, con reseñas y reflexiones sobre literatura contemporánea, memoria, vínculos y vida cotidiana.
jueves, 18 de junio de 2026
El viejo y el mar (1952), de Ernest Hemingway
domingo, 19 de abril de 2026
¿Por qué son tan lindos los caballos? (2024), de Julieta Correa
“Mamá era un tesoro. Muchas personas lo son. Era nuestro tesoro. ¿Se nota algo de eso en este texto?”
La cuestión sobre qué es un buen libro es algo que siempre está implícito en las lecturas. Al menos, y más, últimamente como cuando F. me lanza esta pregunta. ¿Qué significa que un libro sea bueno? Para algunos, un buen libro está en su construcción literaria, para otros, en lo que hace sentir. Para mí, en ese cruce incómodo entre ambas cosas.
¿Por qué son tan lindos los caballos? Es el primer libro de la escritora argentina Julieta Correa (1989), publicado en Buenos Aires el 2024, y en Chile el 2025 por la Editorial Montacerdos. Es un libro que a ratos me apretaba el corazón, en otros me sonreía un poco, pero también me llevaba a mis propias experiencias, y eso hace también una buena historia, ¿no? Es una especie de memoria familiar, y trata sobre una hija -Julieta-, narradora en primera persona, que cuida a su madre durante un doloroso proceso de enfermedad degenerativa. La madre es Sari, personaje absoluto e inesperado, quien sufre un tipo de demencia que la va alejando irremediablemente de todo lo que alguna vez fue.
Julieta retrata a su madre como un ser complejo, una mujer culta, sensible y adelantada a su época. Antes, Sari era "graciosa, ocurrente, filosa, mordaz", jugaba con las palabras y escribía obsesivamente en su diario. Pronto, y más rápido de lo esperado, inicia un camino sin retorno hacia la oscuridad. La autora no trata de salvar a su madre, ni recomponerse de esta pérdida, sino más bien conocerla y, de alguna manera, honrarla, a través de sus apuntes. Es un relato -a modo de entradas de diario de vida, desordenado- acerca del desprendimiento de una madre que sigue viva, pero que ha cambiado. ¿Qué es lo que queda de una hija cuando pierde a su madre?: “Con mamá así, sin posibilidad de recordar o incorporar recuerdos, yo soy también, lógicamente, otra persona”. Julieta construye pequeños fragmentos: son escenas, recuerdos y momentos suspendidos. En este sentido, el libro funciona más como colección de piezas breves que como relato continuo.
“Si no hay pasado ni futuro, ¿hay un ahora? Me mira con ojos grandes y profundos. No quiere decir nada. Hay una parte de mí que me empezó a interesar menos porque no se la puedo contar a ella.”
| Julieta Correa |
Si bien la lectura da para muchos temas, quisiera detenerme en dos principales: el duelo, por un lado, y la reconfiguración de una familia, por otro.
El duelo: perder a una madre viva. Una pregunta implícita en el libro es cuándo empieza a morir realmente una persona. La autora afirma “el duelo se actualiza todo el tiempo”, y es porque en este caso nunca hay desenlace, nunca hay una pérdida total. La muerte es esquiva, la paciencia lo es todo. Y por ello, el duelo tiene que ver con aquellas cosas que dejan de ser: se trata del dolor agudo sobre cómo empezar a dejar las cosas de la nueva Sari que le gustaban, y a las que se había acostumbrado: transcribir sus frases graciosas, salir a tomar un cafecito, dormir agarradas de la mano, los pasitos lentos.
Todo duelo trae una ruptura, hay algo que se quiebra para siempre, o que queda medio sostenido con alfileres. En este duelo continuo y sin muerte, los roles se invierten, y la autora nos cuenta cómo ella y sus dos hermanos gemelos se las ingenian para cuidar a su madre enferma.
“¿Cómo se reinventa una familia cuando cambia el centro? No. El centro sigue siendo el centro. Los que no seguimos siendo los mismos somos nosotros”. Esta cita es potente. Todos quienes hemos vivido -y atravesamos en presente- el duelo de un ser amado podemos en cierta forma vernos interpelados en esta pregunta. ¿Qué es lo que se rompe? ¿qué se reordena? En este sentido, el duelo no es solo pérdida, es desplazamiento. La familia continúa siendo una, pero pasa algo más raro aún: una ya no encaja igual, y esto puede ser más potente que el quiebre total.
Algo que deja esta lectura es que el duelo no solo afecta a una persona, sino que reorganiza todo el sistema, y nos obliga a actos a los cuales no estamos siempre preparados: “Me da bronca porque esto me obliga a perdonarla. No se le puede reclamar nada a una persona que se está muriendo. Distintas formas de duelo. Por ejemplo: perdonar.” Intentar conocer a nuestros padres es una decisión que es consciente, y por eso muchas veces preferimos mirar al costado. Creo que muchas veces no queremos, porque implica mirar algún lado doloroso, oscuro, vergonzoso. Y creo que ahí está, en parte, el valor de esta obra.
Es un libro que está escrito desde el más profundo amor, y eso se nota. El título evoca mucha poesía y la ternura que transmite el libro es infinita. Sin embargo, siento que ha quedado un poco cojo: me parece que los personajes no se desarrollan del todo, y la protagonista narradora, Julieta, nunca se rompe, nunca estalla, está siempre contenida. ¿Requiere acaso hacerlo? No necesariamente, pero siento que algo se me escapa, comparándolo con otros libros sobre duelo y familia, en clave memorias, como Patrimonio de Philip Roth o Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett, que son mucho más complejo. En el fondo, es cómo y cuánto te expones: qué decides mostrar, qué esconder y qué tanto estás dispuesta a arriesgar. Una escritura demasiado correcta y pulida, pero que sí nos abre un mar de preguntas en torno a los lazos que nos sostienen.
Vuelvo entonces a la pregunta inicial: ¿qué hace que un libro sea bueno? No sé si éste lo es en todos los sentidos. No es una obra demoledora ni especialmente arriesgada en su forma, pero sí logra algo que no es menor: sostener una experiencia emocional con honestidad, sin exagerarla del todo, pero que abre discusiones. Y quizás esa podría ser otra respuesta posible: un buen libro no solo necesita estar bien construido, sino que necesita también sobrevivir a otras experiencias, las propias de los lectores, encontrando una resonancia. Este libro lo leí con amigas, compartimos lecturas, experiencias, y eso nutrió y amplió aún más mi perspectiva sobre esta historia.
lunes, 23 de febrero de 2026
El misterio de la creación artística, de Stefan Zweig
“Y me atrevería incluso a decir, que quien en presencia de grandes obras de arte no se haya planteado esta pregunta, quien no se haya conmovido por ese misterio, nunca tuvo ni tendrá una verdadera relación con el arte”
Stefan Zweig nació en Viena en 1881, en el seno de una acaudalada familia judía. Desde pequeño fue más bien reservado e independiente, mostrando gran interés por la historia y el conocimiento, una pasión que atravesaría toda su obra. Creció en una Viena vibrante y magnética: a comienzos del siglo XX ya se movía en círculos intelectuales cosmopolitas, en constante diálogo con figuras como Freud, Mahler, Nietzsche, entre otros. En El misterio de la creación artística, evoca precisamente cómo el ambiente humanista lo marcó: una ciudad en donde el arte y las ideas no eran adorno sino su sino.
Zweig fue un escritor inagotable. Entre sus obras más relevantes está El mundo de ayer: Memorias de un europeo, publicada en 1942, considerada uno de los testimonios más lúcidos del período de entreguerras. Allí reconstruye con nostalgia y dolor la Europa cosmopolita que vio desmoronarse bajo el avance del nacionalismo y la barbarie. Y esta tensión —entre la fe en el espíritu humano y la conciencia de su fragilidad— es la que atraviesa también todo su pensamiento.
El misterio de la creación artística toma su nombre de una conferencia que Stefan Zweig dictó en 1940 en Buenos Aires. Allí se pregunta qué ocurre cuando una obra logra algo excepcional: sobrevivir a su autor, atravesar generaciones y tocar a personas de tiempos y lugares tan distintos. ¿Qué es lo que permite a una persona crear algo tan especial, que lo vuelve tan verdadero, casi inevitable?
El prólogo del libro gira en torno a esta pregunta, que es más filosófica que técnica. No se trata solo de cómo y cuándo se escribe, se compone o se pinta, sino de qué fuerzas —visibles y/o invisibles— se activan en el acto creativo. Para este autor, en el proceso de la creación se mezclan distintos elementos: inconsciencia y conciencia, inspiración y técnica, embriaguez y lucidez. Esta tensión constante permite al artista realizar, esto es, poner fuera algo que estaba adentro, o dicho de otro modo, bajar lo invisible a lo terrenal.
En el prólogo, Zweig afirma: “Para sentir de verdad, necesitamos reproducir en nosotros lo que sintió el artista. Para entender bien sus intenciones, debemos entender qué resistencia buscaba combatir. Debemos reproducir su alma en la nuestra”. No propone una lectura fría ni distante, sino una identificación profunda: comprender una obra implica intentar hacer en una misma la experiencia que la originó. De ahí nos lleva a otra inevitable pregunta: ¿podemos separar la obra de su autor?
| Stefan Zweig se suicidó en 1942, junto a su esposa, en Petrópolis, Brasil, en el exilio, cuando Europa ya ardía bajo la sombra del nazismo. |
Ahora sí: los relatos que le dan cuerpo al libro.
El misterio de la creación artística reúne una serie de perfiles escritos por Zweig entre 1902 y 1937. Son retratos de figuras de las letras, la música y las artes plásticas —en su mayoría contemporáneos suyos, todos europeos y, cómo no, casi todos hombres (con la excepción de Anna Golubkina, escultora que desentona en ese canon masculino). Lo interesante es que en estos textos Zweig, o su editor, deja en segundo plano la especulación teórica/filosófica del prólogo. No insiste en definir el misterio; lo encarna. No se relaciona con la tesis abstracta —probablemente porque el prólogo fue redactado después, y quizás, obviamente, nunca pensado en ser un solo libro todo— y se dedica a narrar, observar, comparar y reconstruir escenas. Se acerca a sus personajes con una mezcla de admiración y agudeza psicológica. Nos acerca, a su vez, a las condiciones materiales en que trabajaban los artistas, a las obsesiones que los dominaban, a las tensiones que los desgarraban. El genio deja de ser una categoría ideal, se torna concreto: Balzac escribiendo como una fábrica humana de café y noches sin dormir no parece un ser tocado por los dioses, sino más bien un exhausto trabajador.
Por eso, más allá del prólogo, lo mejor del libro son los retratos, y aquí se estrella una contradicción constante: Zweig habla de misterio, pero escribe sobre rutina; habla de alma, pero muestra trabajo y dedicación. Zweig como buen historiador y excelso humanista, construye verdaderos retratos de procesos creativos de grandes artistas: desde Balzac a Proust, pasando por Dickens y Lord Byron. Se trata, en definitiva, de apreciar este libro como archivo cultural de una época. En el fondo, este libro más que una discusión sobre la necesidad, o no, de separar el autor de la obra, o como teoría estética —algo que parecía ser en un comienzo— es un exquisito archivo de obsesiones con gran valor cultural para comprender cómo se miraba el arte en determinado periodo histórico.
Disfruté profundamente todos sus relatos. Gracias, a los bacanes de Primer Párrafo, por recordarme la existencia de este gran autor. Y gracias a aquellas mini vacaciones en Valparaíso, en donde encontré este librito y que, claro, leí meses después.
martes, 27 de enero de 2026
2015-2025: diez años de escritura
miércoles, 17 de diciembre de 2025
Mirarse de frente (1996), de Vivian Gornick
lunes, 24 de noviembre de 2025
Mano de obra (2005), de Diamela Eltit
"Me impulsa a pensar que el trabajo, al que le dedico toda mi energía, no vale la pena"
Diamela Eltit es una escritora y académica chilena, nacida en Santiago en 1947. Su trayectoria está atravesada por la escritura y la acción política. En los setenta fue una de las fundadoras del Colectivo de Acciones de Arte (CADA), un grupo de resistencia estética y política contra la dictadura que intervino la ciudad como espacio de disputa, usando calles, edificios y espacios públicos para cuestionar el control, la vigilancia y la violencia estatal. Mientras esas intervenciones desafiaban el orden impuesto, Eltit escribía —sola, con rigor— y en 1983 publica Lumpérica, su primera novela, centrada en una mujer que deambula por la Plaza de Armas en plena dictadura. Ahí ya se asoma su agenda: lo político, lo urbano, el cuerpo, la literatura como fricción.
En Mano de Obra, publicada en 2005, lleva esa preocupación al extremo. La novela trata de un grupo de trabajadores de un supermercado, precarizados y vigilados, que intenta sobrevivir entre turnos extenuantes y una vida comunitaria igual de agobiante. En esta novela corta, Eltit traza un retrato crudo sobre la alienación laboral y la violencia estructural que sostiene la vida cotidiana en el Chile neoliberal del nuevo milenio.
La obra se divide en dos partes: primero, la relación con las cosas —la mercancía, la compra, la experiencia del consumidor y los tipos de clientes—, y luego, la segunda, la vida comunitaria de un grupo de trabajadores del supermercado que sobre-viven en una casa arrendada. Los sueldos son bajos, los cuerpos están cansados y la convivencia es un pacto frágil: repartirse las tareas, organizar los turnos, resistir como se pueda. No hay conciencia de clase, no hay épica: cada uno pelea solo por un destino que nunca mejora.
A mi modo de ver, el corazón de la obra está en las escenas laborales. Eltit escarba en algo que todos conocemos: la experiencia de comprar en un supermercado, ese espacio higienizado que parece tan neutro y, sin embargo, es el backstage del trabajo más repetitivo y vulnerable. En este microcosmos aparece la figura del supervisor, una especie de dictador doméstico: vigila, castiga, humilla. También está el obrero más viejo, aquel que hace que su antigüedad en el cargo funcione como jerarquía. Por otro lado, hay jóvenes, mujeres embarazadas,y otros tantos trabajadores agotados, y lo que todos tienen en común: cuerpos sometidos, con labores intercambiables y una falsa sensación de ascenso, poseídos por la maquinaria que los usa y los bota.
| Diamela Eltit fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura el año 2018. |
La narración es vertiginosa, a ratos irónica, llena de voces que se superponen. Es una novela con un lenguaje profundamente chileno, con garabatos y modismos que no buscan costumbrismo, sino decir una verdad. Decir “conchesumadre” en la calle o en una conversación es fácil, pero leerlo impreso en un libro es otra cosa. Ese choque es deliberado. Para Eltit, la literatura no es tibia ni decorativa; su fuerza está justamente en mostrar la aberración tal cual es.
Mano de Obra es un texto duro y, por lo mismo, profundamente político. Escribir desde los márgenes —como lo han hecho tantas autoras y autores— exige lectores atentos, curiosos y dispuestos a mirar más allá de la forma. Eltit vuelve a interesarse en espacios de alta supervivencia: el supermercado como periferia vigilada, donde la opresión es constante y sobrevivir requiere estrategias casi animales. La novela nos obliga a mirar ahí donde normalmente pasamos de largo. Es breve y oscura: no ofrece salidas, solo muestra la maquinaria funcionando.
Este libro me lo regaló mi cuñado el día de mi cumpleaños. Es muy especial porque es mi primera vez leyendo a Eltit y, además, cayó justo cuando estaba buscando lecturas cortas (y sigo en lo mismo, he sido una pésima lectora, acepto recomendaciones). Fue, digamos, el empujón perfecto para volver a leer.
| Portada del libro Editorial Seix Barral 140 páginas |
domingo, 1 de junio de 2025
El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), de Oliver Sacks
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| Oliver Sacks (1933-2015) |
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| Portada del libro Editorial Anagrama 328 páginas |
martes, 20 de mayo de 2025
Yoga (2015), de Emmanuel Carrère
"Ayer, ademas de inquietarme me odiaba, lo cual es concederse demasiada importancia, pero eso es lo que pienso hoy. Soy cambiante, todos lo somos, el mundo es cambiante."
"Ayer, ademas de inquietarme me odiaba, lo cual es concederse demasiada importancia, pero eso es lo que pienso hoy. Soy cambiante, todos lo somos, el mundo es cambiante."
viernes, 4 de octubre de 2024
Recuerdos de mi inexistencia (2020), Rebecca Solnit
“Caminar era mi libertad, mi alegría, mi medio de transporte asequible, mi método para aprender a entender los lugares, mi manera de estar en el mundo, de reflexionar detenidamente sobre mi vida y mi literatura, de orientarme”
Debo confesar que pasé mucho tiempo releyendo las citas y páginas marcadas en este libro (que leí hace tres años), pero fui postergando el momento de escribir sobre él. Recuerdos de mi inexistencia son las memorias de Rebecca Solnit, destacada escritora estadounidense que ha reflexionado sobre temas tan diversos como el feminismo, la política, el arte y el medioambiente. Es, además, conocida por haber acuñado el ya popularizado concepto “mansplaining”, a partir de su elemental ensayo Los hombres me explican cosas, publicado el año 2014, y que hoy circula ampliamente en los discursos feministas contemporáneos.
En estas memorias, escritas con una estructura más libre que permite el ensayo, Solnit no solo reconstruye momentos clave su vida desde su infancia y juventud, sino que entremezcla experiencias muy personales con agudas reflexiones sobre distintos temas, como, por ejemplo, el lugar que ocupamos las mujeres en las sociedades contemporáneas, la otredad, la gentrificación y también el rol de la literatura. Solnit los teje con una prosa de gran belleza y claridad.
Lo que hace de este libro una lectura tan inspiradora es la manera en que la autora narra su camino hacia la independencia y la búsqueda de la propia voz durante las décadas de los setenta y ochenta. Su relato busca tender puentes: inspirar a otras mujeres, en sus procesos de autodefinición y resistencia. Su valor, a mi modo de ver, es su capacidad de nombrar —con precisión y sensibilidad— situaciones de conflicto, injusticia, alegría o dolor, y transformarlas en un relato poderoso y conmovedor.
Solnit, vehemente feminista, cuestiona cómo la sociedad patriarcal desestima y silencia a las mujeres. Denuncia, entre otras cosas, el hábito del mansplaining; en una sociedad que reiteradamente nos silencia mediante la violencia, el desprecio y la indiferencia, la autora recuerda cómo a lo largo de su vida tuvo que aprender diversas estrategias para volverse invisible y así no incomodar ni tampoco exponerse a los peligros que veía a diario: “Me convertí en una experta en evaporarme, deslizarme y escabullirme, en retroceder y zafarme de situaciones difíciles, en esquivar abrazos, besos y manos indeseados, en ocupar cada vez menos espacio en el autobús, en desligarme poco a poco o en desaparecer de golpe: en el arte de la inexistencia, ya que la existencia era muy peligrosa”. Estas estrategias de “no-existencia” hablan por sí mismas del acoso y las amenazas cotidianas a las que muchas mujeres estamos expuestas. Me resulta imposible no pensar en las tantas conversaciones que he tenido con amigas, tías y mujeres queridas sobre lo que significa vivir con miedo, con rabia, ideando estrategias de supervivencia.
| Rebecca Solnit, escritora estadounidense (1961 - ) |
Tiempo atrás también leí Una guía sobre el arte de perderse, otro imperdible de Solnit, donde la autora nos invita a repensar la sociedad occidental a través de la idea de la otredad. De manera similar, en Recuerdos de mi inexistencia la narrativa se mueve por los márgenes y se detiene en los desplazamientos —físicos, sociales y simbólicos— que configuran la exclusión. En uno de sus pasajes más memorables, describe a sus vecinos negros, habitantes marginados, empujados a los bordes de la ciudad: "Existen muchas maneras de obligar a las personas a desaparecer, de desarraigarlas, de arrumbarlas, de decirles que ese no es su relato ni su lugar. La gente se amontona en capas, como estratos geológicos".
La autora también reflexiona sobre el peso de la raza y la clase social en la vida cotidiana: “¿Qué es lo mío? ¿Dónde soy bien recibida, dónde se me permite estar? ¿Cuánto espacio se me concede? ¿Dónde me cortan el paso, en la calle, en mi profesión o en las conversaciones?” Muchas de las respuestas a estas preguntas no dependen tanto de nuestras capacidades y voluntades, sino de factores estructurales, es decir, de nuestra posición en la sociedad, determinada por variables como la raza, la clase social, el género o la orientación sexual, entre otros. En este sentido, Solnit nos recuerda que lo que sí marca la diferencia —y aquí está una de los ejes más potentes de su reflexión— es la confianza con que ciertas personas se mueven por el mundo: “Fe en sus versiones y su verdad, en sus respuestas y necesidades. Fe en que encuentran su sitio. Fe en que importan”. Estas observaciones no solo atraviesan su obra, sino que resultan relevantes para comprender cómo la desigualdad se encarna y se reproduce.
Recuerdos de mi inexistencia es, de este modo, una exploración sensible y crítica sobre lo que significa ser mujer en una sociedad patriarcal, pero también sobre las diferencias y desigualdades que nos atraviesan. Es un libro que me regaló un antiguo amigo, justo en un momento muy difícil, y me sigue llamando la atención cómo ciertos libros llegan cuando más los necesitamos. Tengo un montón de frases subrayadas, a las que recurro de vez en cuando. La voz narrativa de Solnit es envolvente, precisa y profundamente empática: nos recuerda que leer y escribir puede ser un acto de cuidado y un modo de encontrarnos con nosotras mismas y con otras, comprendiendo que nuestras historias, aunque íntimas, sí merecen ser contadas.
Es un libro que recomiendo absolutamente.
| Portada del libro Editorial Lumen 250 páginas |


