domingo, 19 de abril de 2026

¿Por qué son tan lindos los caballos? (2024), de Julieta Correa

 “Mamá era un tesoro. Muchas personas lo son. Era nuestro tesoro. ¿Se nota algo de eso en este texto?”

 

La cuestión sobre qué es un buen libro es algo que siempre está implícito en las lecturas. Al menos, y más, últimamente como cuando F. me lanza esta pregunta. ¿Qué significa que un libro sea bueno? Para algunos, un buen libro está en su construcción literaria, para otros, en lo que hace sentir. Para mí, en ese cruce incómodo entre ambas cosas.


¿Por qué son tan lindos los caballos? Es el primer libro de la escritora argentina Julieta Correa (1989), publicado en Buenos Aires el 2024, y en Chile el 2025 por la Editorial Montacerdos. Es un libro que a ratos me apretaba el corazón, en otros me sonreía un poco, pero también me llevaba a mis propias experiencias, y eso hace también una buena historia, ¿no? Es una especie de memoria familiar, y trata sobre una hija -Julieta-, narradora en primera persona, que cuida a su madre durante un doloroso proceso de enfermedad degenerativa. La madre es Sari, personaje absoluto e inesperado, quien sufre un tipo de demencia que la va alejando irremediablemente de todo lo que alguna vez fue.


Julieta retrata a su madre como un ser complejo, una mujer culta, sensible y adelantada a su época. Antes, Sari era "graciosa, ocurrente, filosa, mordaz", jugaba con las palabras y escribía obsesivamente en su diario. Pronto, y más rápido de lo esperado, inicia un camino sin retorno hacia la oscuridad. La autora no trata de salvar a su madre, ni recomponerse de esta pérdida, sino más bien conocerla y, de alguna manera, honrarla, a través de sus apuntes. Es un relato -a modo de entradas de diario de vida, desordenado- acerca del desprendimiento de una madre que sigue viva, pero que ha cambiado. ¿Qué es lo que queda de una hija cuando pierde a su madre?: “Con mamá así, sin posibilidad de recordar o incorporar recuerdos, yo soy también, lógicamente, otra persona”. Julieta construye pequeños fragmentos: son escenas, recuerdos y momentos suspendidos. En este sentido, el libro funciona más como colección de piezas breves que como relato continuo.


“Si no hay pasado ni futuro, ¿hay un ahora? Me mira con ojos grandes y profundos. No quiere decir nada. Hay una parte de mí que  me empezó a interesar menos porque no se la puedo contar a ella.”



Julieta Correa

Si bien la lectura da para muchos temas, quisiera detenerme en dos principales: el duelo, por un lado, y la reconfiguración de una familia, por otro.


El duelo: perder a una madre viva. Una pregunta implícita en el libro es cuándo empieza a morir realmente una persona. La autora afirma “el duelo se actualiza todo el tiempo”, y es porque en este caso nunca hay desenlace, nunca hay una pérdida total. La muerte es esquiva, la paciencia lo es todo. Y por ello, el duelo tiene que ver con aquellas cosas que dejan de ser: se trata del dolor agudo sobre cómo empezar a dejar las cosas de la nueva Sari que le gustaban, y a las que se había acostumbrado: transcribir sus frases graciosas, salir a tomar un cafecito, dormir agarradas de la mano, los pasitos lentos.


Todo duelo trae una ruptura, hay algo que se quiebra para siempre, o que queda medio sostenido con alfileres. En este duelo continuo y sin muerte, los roles se invierten, y la autora nos cuenta cómo ella y sus dos hermanos gemelos se las ingenian para cuidar a su madre enferma.


“¿Cómo se reinventa una familia cuando cambia el centro? No. El centro sigue siendo el centro. Los que no seguimos siendo los mismos somos nosotros”. Esta cita es potente. Todos quienes hemos vivido -y atravesamos en presente- el duelo de un ser amado podemos en cierta forma vernos interpelados en esta pregunta. ¿Qué es lo que se rompe? ¿qué se reordena? En este sentido, el duelo no es solo pérdida, es desplazamiento. La familia continúa siendo una, pero pasa algo más raro aún: una ya no encaja igual, y esto puede ser más potente que el quiebre total.


Algo que deja esta lectura es que el  duelo no solo afecta a una persona, sino que reorganiza todo el sistema, y nos obliga a actos a los cuales no estamos siempre preparados: “Me da bronca porque esto me obliga a perdonarla. No se le puede reclamar nada a una persona que se está muriendo. Distintas formas de duelo. Por ejemplo: perdonar.” Intentar conocer a nuestros padres es una decisión que es consciente, y por eso muchas veces preferimos mirar al costado. Creo que muchas veces no queremos, porque implica mirar algún lado doloroso, oscuro, vergonzoso. Y creo que ahí está, en parte, el valor de esta obra.


Es un libro que está escrito desde el más profundo amor, y eso se nota. El título evoca mucha poesía y la ternura que transmite el libro es infinita. Sin embargo, siento que ha quedado un poco cojo: me parece que los personajes no se desarrollan del todo, y la protagonista narradora, Julieta, nunca se rompe, nunca estalla, está siempre contenida. ¿Requiere acaso hacerlo? No necesariamente, pero siento que algo se me escapa, comparándolo con otros libros sobre duelo y familia, en clave memorias, como Patrimonio de Philip Roth o Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett, que son mucho más complejo. En el fondo, es cómo y cuánto te expones: qué decides mostrar, qué esconder y qué tanto estás dispuesta a arriesgar. Una escritura demasiado correcta y pulida, pero que sí nos abre un mar de preguntas en torno a los lazos que nos sostienen.  


Vuelvo entonces a la pregunta inicial: ¿qué hace que un libro sea bueno? No sé si éste lo es en todos los sentidos. No es una obra demoledora ni especialmente arriesgada en su forma, pero sí logra algo que no es menor: sostener una experiencia emocional con honestidad, sin exagerarla del todo, pero que abre discusiones. Y quizás esa podría ser otra respuesta posible: un buen libro no solo necesita estar bien construido, sino que necesita también sobrevivir a otras experiencias, las propias de los lectores, encontrando una resonancia. Este libro lo leí con amigas, compartimos lecturas, experiencias, y eso nutrió y amplió aún más mi perspectiva sobre esta historia.



Portada del libro
Editorial Montacerdos
222 páginas


lunes, 23 de febrero de 2026

El misterio de la creación artística, de Stefan Zweig

“Y me atrevería incluso a decir, que quien en presencia de grandes obras de arte no se haya planteado esta pregunta, quien no se haya conmovido por ese misterio, nunca tuvo ni tendrá una verdadera relación con el arte


Stefan Zweig nació en Viena en 1881, en el seno de una acaudalada familia judía. Desde pequeño fue más bien reservado e independiente, mostrando gran interés por la historia y el conocimiento, una pasión que atravesaría toda su obra. Creció en una Viena vibrante y magnética: a comienzos del siglo XX ya se movía en círculos intelectuales cosmopolitas, en constante diálogo con figuras como Freud, Mahler, Nietzsche, entre otros. En El misterio de la creación artística, evoca precisamente cómo el ambiente humanista lo marcó: una ciudad en donde el arte y las ideas no eran adorno sino su sino.

Zweig fue un escritor inagotable. Entre sus obras más relevantes está El mundo de ayer: Memorias de un europeo, publicada en 1942, considerada uno de los testimonios más lúcidos del período de entreguerras. Allí reconstruye con nostalgia y dolor la Europa cosmopolita que vio desmoronarse bajo el avance del nacionalismo y la barbarie. Y esta tensión —entre la fe en el espíritu humano y la conciencia de su fragilidad— es la que atraviesa también todo su pensamiento.

El misterio de la creación artística toma su nombre de una conferencia que Stefan Zweig dictó en 1940 en Buenos Aires. Allí se pregunta qué ocurre cuando una obra logra algo excepcional: sobrevivir a su autor, atravesar generaciones y tocar a personas de tiempos y lugares tan distintos. ¿Qué es lo que permite a una persona crear algo tan especial, que lo vuelve tan verdadero, casi inevitable?

El prólogo del libro gira en torno a esta pregunta, que es más filosófica que técnica. No se trata solo de cómo y cuándo se escribe, se compone o se pinta, sino de qué fuerzas —visibles y/o invisibles— se activan en el acto creativo. Para este autor, en el proceso de la creación se mezclan distintos elementos: inconsciencia y conciencia, inspiración y técnica, embriaguez y lucidez. Esta tensión constante permite al artista realizar, esto es, poner fuera algo que estaba adentro, o dicho de otro modo, bajar lo invisible a lo terrenal.

En el prólogo, Zweig afirma: “Para sentir de verdad, necesitamos reproducir en nosotros lo que sintió el artista. Para entender bien sus intenciones, debemos entender qué resistencia buscaba combatir. Debemos reproducir su alma en la nuestra”. No propone una lectura fría ni distante, sino una identificación profunda: comprender una obra implica intentar hacer en una misma la experiencia que la originó. De ahí nos lleva a otra inevitable pregunta: ¿podemos separar la obra de su autor?

Stefan Zweig se suicidó en 1942, junto a su esposa, en Petrópolis, Brasil, en el exilio, cuando Europa ya ardía bajo la sombra del nazismo.

Ahora sí: los relatos que le dan cuerpo al libro.

El misterio de la creación artística reúne una serie de perfiles escritos por Zweig entre 1902 y 1937. Son retratos de figuras de las letras, la música y las artes plásticas —en su mayoría contemporáneos suyos, todos europeos y, cómo no, casi todos hombres (con la excepción de Anna Golubkina, escultora que desentona en ese canon masculino). Lo interesante es que en estos textos Zweig, o su editor, deja en segundo plano la especulación teórica/filosófica del prólogo. No insiste en definir el misterio; lo encarna. No se relaciona con la tesis abstracta —probablemente porque el prólogo fue redactado después, y quizás, obviamente, nunca pensado en ser un solo libro todo— y se dedica a narrar, observar, comparar y reconstruir escenas. Se acerca a sus personajes con una mezcla de admiración y agudeza psicológica. Nos acerca, a su vez, a las condiciones materiales en que trabajaban los artistas, a las obsesiones que los dominaban, a las tensiones que los desgarraban. 
El genio deja de ser una categoría ideal, se torna concreto: Balzac escribiendo como una fábrica humana de café y noches sin dormir no parece un ser tocado por los dioses, sino más bien un exhausto trabajador.


Por eso, más allá del prólogo, lo mejor del libro son los retratos, y aquí se estrella una contradicción constante: Zweig habla de misterio, pero escribe sobre rutina; habla de alma, pero muestra trabajo y dedicación. Zweig como buen historiador y excelso humanista, construye verdaderos retratos de procesos creativos de grandes artistas: desde Balzac a Proust, pasando por Dickens y Lord Byron. Se trata, en definitiva, de apreciar este libro como archivo cultural de una época. En el fondo, este libro más que una discusión sobre la necesidad, o no, de separar el autor de la obra, o como teoría estética —algo que parecía ser en un comienzo— es un exquisito archivo de obsesiones con gran valor cultural para comprender cómo se miraba el arte en determinado periodo histórico. 

Disfruté profundamente todos sus relatos. Gracias, a los bacanes de Primer Párrafo, por recordarme la existencia de este gran autor. Y gracias a aquellas mini vacaciones en Valparaíso, en donde encontré este librito y que, claro, leí meses después.





 

martes, 27 de enero de 2026

2015-2025: diez años de escritura

Mi blog de reseñas de libros, una especie de mapa de cómo leo el mundo. 

No solo escribí sobre libros, sino sobre las preguntas que éstos me hicieron a mí: una necesidad de devolverle al libro algo a cambio. Sin afán académico ni de crítica literaria. 

Estas reseñas, dispersas en el tiempo y en los temas, tienen algo en común: la necesidad de decir "esto me pasó al leer". Un pequeño tesoro que he ido construyendo desde hace 10 años.

Escribir desde el 2015, con pausas y retornos, sin abandonarlo del todo. 

 Y menos mal.