“Y me atrevería incluso a decir, que quien en presencia de grandes obras de arte no se haya planteado esta pregunta, quien no se haya conmovido por ese misterio, nunca tuvo ni tendrá una verdadera relación con el arte”
Stefan Zweig nació en Viena en 1881, en el seno de una acaudalada familia judía. Desde pequeño fue más bien reservado e independiente, mostrando gran interés por la historia y el conocimiento, una pasión que atravesaría toda su obra. Creció en una Viena vibrante y magnética: a comienzos del siglo XX ya se movía en círculos intelectuales cosmopolitas, en constante diálogo con figuras como Freud, Mahler, Nietzsche, entre otros. En El misterio de la creación artística, evoca precisamente cómo el ambiente humanista lo marcó: una ciudad en donde el arte y las ideas no eran adorno sino su sino.
Zweig fue un escritor inagotable. Entre sus obras más relevantes está El mundo de ayer: Memorias de un europeo, publicada en 1942, considerada uno de los testimonios más lúcidos del período de entreguerras. Allí reconstruye con nostalgia y dolor la Europa cosmopolita que vio desmoronarse bajo el avance del nacionalismo y la barbarie. Y esta tensión —entre la fe en el espíritu humano y la conciencia de su fragilidad— es la que atraviesa también todo su pensamiento.
El misterio de la creación artística toma su nombre de una conferencia que Stefan Zweig dictó en 1940 en Buenos Aires. Allí se pregunta qué ocurre cuando una obra logra algo excepcional: sobrevivir a su autor, atravesar generaciones y tocar a personas de tiempos y lugares tan distintos. ¿Qué es lo que permite a una persona crear algo tan especial, que lo vuelve tan verdadero, casi inevitable?
El prólogo del libro gira en torno a esta pregunta, que es más filosófica que técnica. No se trata solo de cómo y cuándo se escribe, se compone o se pinta, sino de qué fuerzas —visibles y/o invisibles— se activan en el acto creativo. Para este autor, en el proceso de la creación se mezclan distintos elementos: inconsciencia y conciencia, inspiración y técnica, embriaguez y lucidez. Esta tensión constante permite al artista realizar, esto es, poner fuera algo que estaba adentro, o dicho de otro modo, bajar lo invisible a lo terrenal.
En el prólogo, Zweig afirma: “Para sentir de verdad, necesitamos reproducir en nosotros lo que sintió el artista. Para entender bien sus intenciones, debemos entender qué resistencia buscaba combatir. Debemos reproducir su alma en la nuestra”. No propone una lectura fría ni distante, sino una identificación profunda: comprender una obra implica intentar hacer en una misma la experiencia que la originó. De ahí nos lleva a una inevitable pregunta: ¿podemos separar la obra de su autor?
Un punto interesante es que Zweig cree en el genio individual, en esa singularidad irrepetible. Pero, contrariamente, el genio no flota en el aire, no se auto-financia: tiene contextos, recursos, épocas, contradicciones. Separar obra y autor, aquí, podría significar despolitizar la escritura, neutralizar la experiencia social que la hace necesaria. Y la cuestión no es tan simple. Los discursos subalternos, por ejemplo, necesitan autoría para existir, reclamar, denunciar. Claro, esto abre otra discusión fuera de esta humilde reseña.
Stefan Zweig se suicidó en 1942, junto a su esposa, en Petrópolis, Brasil, en el exilio, cuando Europa ya ardía bajo la sombra del nazismo.
Ahora sí: los relatos que le dan cuerpo al libro.
El misterio de la creación artística reúne una serie de perfiles escritos por Zweig entre 1902 y 1937. Son retratos de figuras de las letras, la música y las artes plásticas —en su mayoría contemporáneos suyos, todos europeos y, cómo no, casi todos hombres (con la excepción de Anna Golubkina, escultora que desentona en ese canon masculino). Lo interesante es que en estos textos Zweig deja en segundo plano la especulación teórica del prólogo. Ya no insiste en definir el misterio; lo encarna. Abandona la tesis abstracta —probablemente porque el prólogo fue redactado después— y se dedica a narrar, observar, comparar, reconstruir escenas. Se acerca a sus personajes con una mezcla de admiración y agudeza psicológica. Nos acerca, a su vez, a las condiciones materiales en que trabajaban, a las obsesiones que los dominaban, a las tensiones que los desgarraban. El genio deja de ser una categoría ideal, se torna concreta: Balzac escribiendo como una fábrica humana de café y noches sin dormir no parece un ser tocado por los dioses, sino más bien un exhausto trabajador.
Por eso, más allá del prólogo, lo mejor del libro son los retratos, y aquí se estrella una contradicción constante: Zweig habla de misterio, pero escribe sobre rutina; habla de alma, pero muestra trabajo y dedicación. Zweig como buen historiador y excelso humanista, construye verdaderos retratos de procesos creativos de grandes artistas: desde Balzac a Proust, pasando por Dickens y Lord Byron. Se trata, en definitiva, de apreciar este libro como archivo cultural de una época. En el fondo, este libro más que una discusión sobre la necesidad, o no, de separar el autor de la obra, o como teoría estética —algo que parecía ser en un comienzo— es un exquisito archivo de obsesiones con gran valor cultural para comprender cómo se miraba el arte en determinado periodo histórico.
Gracias, a los bacanes de Primer Párrafo, por recordarme la existencia de este gran autor. Y gracias a aquellas mini vacaciones en Valparaíso, en donde encontré este librito.


