Vivian Gornick es periodista, escritora y activista feminista estadounidense. Nació en el Bronx, Nueva York, en 1935, hija de migrantes judíos. Para Gornick, la ciudad de Nueva York no es solo el telón de fondo de su obra, sino el escenario vital donde se construye su conciencia política, su mirada feminista y su modo de estar en el mundo. Mirarse de frente, publicado por primera vez en español el año 2019 (y con mucho éxito), es una recopilación de siete ensayos que dialogan entre sí con una coherencia notable. No son ensayos dispersos: es un sistema.
Este es el tercer libro que leo de Gornick. El primero, que ya reseñé aquí, Apegos Feroces, es un libro enorme —en el sentido emocional e intelectual— en donde la autora narra el vínculo feroz y enredado con su madre. Ahí aparece con fuerza una pregunta que atraviesa toda su obra (la que al menos yo he leído): ¿cómo las mujeres llegan a ser quienes son? ¿cuánto es heredado? ¿cuánto es posible cambiar?
En Mirarse de frente, esas preguntas no se dirigen solo a ella, sino también al mundo que la rodea: el feminismo, la soledad y la ciudad, los que, a mi juicio, son los tres grandes ejes del libro. Tres formas —complementarias y tensas a la vez— de pensar lo mismo: la construcción de una identidad autónoma en un mundo que no ha sido diseñado para que una mujer viva como sujeto independiente.
Feminismo y trabajo: el mito fundacional
Para Gornick, el feminismo de la segunda ola fue un hogar. El feminismo se vivía como una comunidad intensa, vital, electrizante. Desplazó el amor romántico del centro: “La emoción de la realidad feminista me hizo renunciar de buen grado al sentimentalismo y encontrar placer en la perseverancia. Lo único importante, me decía, era el trabajo.”
Ser feminista a comienzos de los setenta fue una revelación total: “¡Qué bendición que te toque vivir ese despertar! Ningún “te quiero” del mundo le llegaba a la altura. No había otro sitio donde estar, salvo con las demás. Todas vivimos entonces dentro del abrazo holgado del feminismo. Creí que pasaría allí el resto de mi vida”.
La comunidad feminista le prometía algo radical: no volver a estar sola. Pero ese hogar se disolvió. Y con su desaparición, volvió la soledad. Ahí emerge el núcleo duro del libro: cuando la comunidad cae, queda el trabajo: “Trabaja, me decía, trabaja duro. Es lo único que tienes.” El trabajo intelectual aparece como la única forma de soberanía real. Gornick entiende algo brutal y verdadero, y es que el poder sobre la propia vida solo llega con el control del pensamiento propio (uff). Fácil de decir, sin embargo, una tarea que toma toda una vida.
“La independencia me permitió pensar. Cuando pensaba, me sentía menos sola. Me tenía a mí de compañía. Me tenía a mí, y punto. Sentí el poder de la sabiduría renovada [...] Todo el que se ha molestado alguna vez en indagar en la naturaleza de la soledad humana ha entendido que solo la mente trabajadora de uno mismo quiebra la soledad del ser”.
Por eso el feminismo funciona casi como el mito fundacional de la independencia; mientras que el trabajo intelectual es la forma encarnada de esa independencia:
pensar = existir por cuenta propia.
Vivir sola: cuando la épica se termina
Pese a vivir en Nueva York, Gornick vive sola, como gran parte de sus amigos y círculo de conocidos. Para ella, vivir sola no es solamente un hecho material, es un estado emocional, casi filosófico: “Un buen día me di cuenta de que estaba sola, y no solamente en casa sino en el mundo.”
La independencia que en el feminismo era épica y colectiva, en la vida cotidiana es, por el contrario, silenciosa, insistente, llena de huecos. Aquí el feminismo baja a tierra y se pone incómodo: ¿qué significa ser autónoma cuando ya no hay consignas, ni abrazos colectivos? La respuesta de Gornick es clara y nada romántica: la independencia se trabaja. Y va más allá aun: la soledad no es el precio de la independencia, sino su condición de posibilidad. Pensar —y escribir— solo es posible en soledad.
La ciudad, las amistades, el deseo de ser vista
Nueva York no es un decorado; es un laboratorio urbano. Gornick es una flâneuse: camina, observa, escucha. Una frase al pasar, una pose o una escena mínima se vuelven materia pensante. “Fue también el día que comprendí por qué paseaba, por qué soy una caminante de ciudad.”
Las amistades ocupan aquí un lugar central. Son el espacio donde Gornick es y quiere ser vista. Algo que ni el amor romántico ni la militancia le garantizaron siempre. “[A mis amigos] los quiero por la conversación que compartimos. En respuesta a la forma de sus frases, las mías crecen y se liberan”. Con sus amigos, Gornick se sentía en confianza: “Sentía entonces que llevaba desde que tenía uso de razón luchando por tener la atención total de alguien en la conversación. Ya la tenía, podía respirar tranquila. No tenía que ser ágil, podría pensar antes de hablar.”
La ciudad cumple, en este sentido, tres funciones clave: es una fuente de constante estímulo, es una importante red afectiva y, al mismo tiempo, es el espejo que le devuelve reflejada su imagen de mujer sola, trabajadora, feminista, pensante.
Me gustó muchísimo este libro, pese a que lo leí en muy fragmentadamente. A lo largo de toda la obra, los tres grandes ejes del libro —feminismo, soledad y ciudad— se presentan como capas de una misma idea que es, pienso, la necesidad de construir una vida interior suficiente para sostenerse sola, pero sin renunciar nunca al mundo/la ciudad.
El trabajo es una herramienta central para hacer frente a la fragmentación del feminismo, al silencio del departamente, a la saturación y aislamiento emocional en la ciudad. Gornick es una escritora profundamente lúcida —a ratos desordenada—, pero me obligó a pensar, a subrayar, a llenar los márgenes de notas hasta poder traducir todo eso en este relato. Y en tiempos como estos, no olvidarse ya es bastante.
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