“Mamá era un tesoro. Muchas personas lo son. Era nuestro tesoro. ¿Se nota algo de eso en este texto?”
La cuestión sobre qué es un buen libro es algo que siempre está implícito en las lecturas. Al menos, y más, últimamente como cuando F. me lanza esta pregunta. ¿Qué significa que un libro sea bueno? Para algunos, un buen libro está en su construcción literaria, para otros, en lo que hace sentir. Para mí, en ese cruce incómodo entre ambas cosas.
¿Por qué son tan lindos los caballos? Es el primer libro de la escritora argentina Julieta Correa (1989), publicado en Buenos Aires el 2024, y en Chile el 2025 por la Editorial Montacerdos. Es un libro que a ratos me apretaba el corazón, en otros me sonreía un poco, pero también me llevaba a mis propias experiencias, y eso hace también una buena historia, ¿no? Es una especie de memoria familiar, y trata sobre una hija -Julieta-, narradora en primera persona, que cuida a su madre durante un doloroso proceso de enfermedad degenerativa. La madre es Sari, personaje absoluto e inesperado, quien sufre un tipo de demencia que la va alejando irremediablemente de todo lo que alguna vez fue.
Julieta retrata a su madre como un ser complejo, una mujer culta, sensible y adelantada a su época. Antes, Sari era "graciosa, ocurrente, filosa, mordaz", jugaba con las palabras y escribía obsesivamente en su diario. Pronto, y más rápido de lo esperado, inicia un camino sin retorno hacia la oscuridad. La autora no trata de salvar a su madre, ni recomponerse de esta pérdida, sino más bien conocerla y, de alguna manera, honrarla, a través de sus apuntes. Es un relato -a modo de entradas de diario de vida, desordenado- acerca del desprendimiento de una madre que sigue viva, pero que ha cambiado. ¿Qué es lo que queda de una hija cuando pierde a su madre?: “Con mamá así, sin posibilidad de recordar o incorporar recuerdos, yo soy también, lógicamente, otra persona”. Julieta construye pequeños fragmentos: son escenas, recuerdos y momentos suspendidos. En este sentido, el libro funciona más como colección de piezas breves que como relato continuo.
“Si no hay pasado ni futuro, ¿hay un ahora? Me mira con ojos grandes y profundos. No quiere decir nada. Hay una parte de mí que me empezó a interesar menos porque no se la puedo contar a ella.”
| Julieta Correa |
Si bien la lectura da para muchos temas, quisiera detenerme en dos principales: el duelo, por un lado, y la reconfiguración de una familia, por otro.
El duelo: perder a una madre viva. Una pregunta implícita en el libro es cuándo empieza a morir realmente una persona. La autora afirma “el duelo se actualiza todo el tiempo”, y es porque en este caso nunca hay desenlace, nunca hay una pérdida total. La muerte es esquiva, la paciencia lo es todo. Y por ello, el duelo tiene que ver con aquellas cosas que dejan de ser: se trata del dolor agudo sobre cómo empezar a dejar las cosas de la nueva Sari que le gustaban, y a las que se había acostumbrado: transcribir sus frases graciosas, salir a tomar un cafecito, dormir agarradas de la mano, los pasitos lentos.
Todo duelo trae una ruptura, hay algo que se quiebra para siempre, o que queda medio sostenido con alfileres. En este duelo continuo y sin muerte, los roles se invierten, y la autora nos cuenta cómo ella y sus dos hermanos gemelos se las ingenian para cuidar a su madre enferma.
“¿Cómo se reinventa una familia cuando cambia el centro? No. El centro sigue siendo el centro. Los que no seguimos siendo los mismos somos nosotros”. Esta cita es potente. Todos quienes hemos vivido -y atravesamos en presente- el duelo de un ser amado podemos en cierta forma vernos interpelados en esta pregunta. ¿Qué es lo que se rompe? ¿qué se reordena? En este sentido, el duelo no es solo pérdida, es desplazamiento. La familia continúa siendo una, pero pasa algo más raro aún: una ya no encaja igual, y esto puede ser más potente que el quiebre total.
Algo que deja esta lectura es que el duelo no solo afecta a una persona, sino que reorganiza todo el sistema, y nos obliga a actos a los cuales no estamos siempre preparados: “Me da bronca porque esto me obliga a perdonarla. No se le puede reclamar nada a una persona que se está muriendo. Distintas formas de duelo. Por ejemplo: perdonar.” Intentar conocer a nuestros padres es una decisión que es consciente, y por eso muchas veces preferimos mirar al costado. Creo que muchas veces no queremos, porque implica mirar algún lado doloroso, oscuro, vergonzoso. Y creo que ahí está, en parte, el valor de esta obra.
Es un libro que está escrito desde el más profundo amor, y eso se nota. El título evoca mucha poesía y la ternura que transmite el libro es infinita. Sin embargo, siento que ha quedado un poco cojo: me parece que los personajes no se desarrollan del todo, y la protagonista narradora, Julieta, nunca se rompe, nunca estalla, está siempre contenida. ¿Requiere acaso hacerlo? No necesariamente, pero siento que algo se me escapa, comparándolo con otros libros sobre duelo y familia, en clave memorias, como Patrimonio de Philip Roth o Lo que no tiene nombre de Piedad Bonnett, que son mucho más complejo. En el fondo, es cómo y cuánto te expones: qué decides mostrar, qué esconder y qué tanto estás dispuesta a arriesgar. Una escritura demasiado correcta y pulida, pero que sí nos abre un mar de preguntas en torno a los lazos que nos sostienen.
Vuelvo entonces a la pregunta inicial: ¿qué hace que un libro sea bueno? No sé si éste lo es en todos los sentidos. No es una obra demoledora ni especialmente arriesgada en su forma, pero sí logra algo que no es menor: sostener una experiencia emocional con honestidad, sin exagerarla del todo, pero que abre discusiones. Y quizás esa podría ser otra respuesta posible: un buen libro no solo necesita estar bien construido, sino que necesita también sobrevivir a otras experiencias, las propias de los lectores, encontrando una resonancia. Este libro lo leí con amigas, compartimos lecturas, experiencias, y eso nutrió y amplió aún más mi perspectiva sobre esta historia.
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