viernes, 4 de marzo de 2022

Anagramas (1986), de Lorrie Moore

Este es el segundo libro de Lorrie Moore que leo (el primero fue ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, link aquí) y creo que seguiré buscando más títulos. Lo vi hace algún tiempo en una librería en Santiago, y no lo pude comprar en ese momento. Luego se convirtió en mi autorregalo de Navidad. Lo leí recién en febrero, y la verdad: me gustó mucho.

Anagramas fue publicado en 1986 y es la primera novela de Moore. Ya en estas páginas se advierte su agudo sentido del humor y su capacidad para explorar la psicología personajes solitarios, asalariados y vulnerables, tan comunes y tan corrientes. En esta novela experimental, Moore ensaya distintas vidas posibles para los mismos personajes —Benna, Gerard, Eleanor—, alterando vínculos y contextos como si fuesen versiones alternativas de una misma historia. Al principio puede confundir, pero rápidamente se vuelve una experiencia fascinante. Al pasar las páginas, Lorrie Moore nos va diciendo que la vida no es más que intentar buscar posibles formas de sobrevivir y acompañarnos.

Benna Carpenter, la protagonista, es una mujer de treinta y tres años, sensible, insatisfecha con su vida, enredada en conflictos laborales, amorosos y existenciales: “Rebusco en mi vida y en todas partes, lo único que hay soy yo, siempre yo, el mismo bulto inofensivo, la misma tipa densa y rara, el mismo bollo que duerme y respira”. La conocemos en distintas versiones: Benna cantante de bar, Benna profesora de aeróbica para ancianos, Benna docente en una universidad comunitaria, madre de Georgie.


En todas ellas, persiste una identidad reconocible: una mujer esquiva, torpe, nostálgica, marcada por el miedo a la soledad y el anhelo de compañía: “No es que quisiera estar casada. Lo que yo quería era algo equivalente al matrimonio, aunque nunca había sabido exactamente qué podía ser eso y sospechaba que quizás no existiera nada de esa naturaleza. A pesar de todo, estaba convencida de que tenía que haber algo mejor que esa farsa solitaria de vivir al otro lado de la ciudad o del pasillo”. Lorrie Moore trata la angustia de Benna con un humor exquisito, de manera irónica, pero también con mucha ternura, lo que genera cercanía con estos personajes tan inestables y contradictorios.


¿Cuántas vidas se pueden vivir? Como en un anagrama, Moore reordena y transpone las piezas vitales de sus personajes, mostrando lo que podría haber sido. Los amores vacíos, las crisis existenciales y los vínculos desvaídos son los pilares de esta obra.


Anagramas es un libro triste, con escenarios domésticos y urbanos, y con una protagonista dolida, echada a su propia suerte y abandonada, aun cuando está rodeada de gente. “Ese ha sido mi problema en la vida: no sé avanzar bien. No sé jugar bien al dulce o truco. No entiendo. Me siento en el fango de mi vida y me quedo allí”. Es también un relato coral atravesado por una búsqueda: el amor —siempre el amor— como posible salvación frente a alguna tragedia, o quizá como tragedia en sí misma. Recomiendo leer a Lorrie Moore por su mirada lúcida, su humor melancólico y su singular forma de narrar vidas fracturadas; leerla es como mirarse en un espejo lleno de grietas.









lunes, 14 de febrero de 2022

El invencible verano de Liliana (2021), de Cristina Rivera Garza

“Veintinueve años, tres meses, dos días. Una hermana mayor que busca justicia para Liliana, su adorada hermana”

 

Cristina Rivera Garza decide emprender esta investigación sobre el feminicidio de su hermana, casi treinta años después de su asesinato, y lo hace con una fuerza y obstinación fascinantes. Este es otro de los libros que leímos en @sobremesa_talleres, en el club de verano de este año, y fue el que más disfruté. Lo tomé un viernes y lo terminé un domingo, no podía dejar de leerlo. 

Rivera Garza, reconocida escritora mexicana, se aproxima a lo más doloroso que ha vivido: la muerte de su hermana menor a los veinte años de edad, en manos de Ángel González Ramos, una ex pareja. Parece difícil leer una historia así, sin embargo, la genialidad de Cristina hace que la lectura sea un paréntesis y te ubique en otro marco temporal y espacial. Aquí mezcla distintos elementos para dar forma al libro: sus expediciones a la Ciudad de México, buscando los expedientes judiciales de la muerte de Liliana, los relatos de sus amigos de la UAM en donde estudiaba arquitectura, los recortes de diarios y noticias de la época, sus impresiones y también las de sus padres. Esta mezcla de voces va recorriendo la vida de Liliana: una chica especial, inteligente, de comentarios irónicos, con gran sentido del humor y, por sobre todo, luminosa; capaz de generar toda una comunidad de amigos, y de crear un mundo interior tan apasionante como orgánico y estructurado.

Cristina Rivera Garza (1964). Galardonada con diversos reconocimientos: el Premio Anna Seghers, Premio Sor Juana Inés de la Cruz y Premio Roger Caillois, entre otros. 
Pero también están los diarios y las agendas de Liliana, todo el material autobiográfico que ella dejó, y que la autora decide mostrar como una voz en sí misma: la voz de Liliana. “¿Qué se hace con los objetos de los muertos?”. Las cajas que guardaban la historia de Liliana fueron abiertas por primera vez después de treinta años. En ellas había cuadernos, notas, recortes, planos, cartas y tantas cosas más, en donde la joven anotaba sus días, deseos y temores. En sus diarios es posible advertir la increíble capacidad de su lenguaje para decir y omitir, al mismo tiempo, sin dejar evidencias sobre lo que ocurría. En sus diarios se muestra como una joven enamorada de su libertad, como una mujer que confiaba en que otras formas de amor y de mundo eran posibles, pero jamás habló abiertamente de la violencia de género que sufría. 

Cristina Rivera Garza nombra lo que solo hace unos pocos años tiene nombre: el feminicidio, y es que “llamar las cosas por su nombre requiere a veces inventar nuevos nombres”. ¿Estaría en 1990 una mujer de veinte años capacitada para reconocer las conductas de un depredador? Se pregunta la autora. Seguramente no. “Liliana decidió no hablar, o no pudo hablar, o no tenía lenguaje para hablar de eso”. Y es esto lo que el feminismo ha traído a nuestras vidas: nuevas perspectivas para las luchas de siempre, y la búsqueda de justicia allí donde se nos ha negado. Debido al feminismo hemos sido capaces de crear un lenguaje lo suficientemente concreto para describir y nombrar el feminicidio. 

Pero en 1990, la falta de lenguaje hizo que la autora y sus padres debieran guardar silencio ante la muerte de Liliana, tanto como una forma de protegerla como también como forma de protegerse a sí mismos; tuvieron que refugiarse en la familia, para no exponerse al morbo, a las acusaciones, a las miradas de los vecinos, “porque estábamos muy solos. Porque nunca estuvimos tan huérfanos, tan desasidos, tan lejos de la humanidad. Más solos que nunca en una ciudad feroz que se nos vino encima con las mandíbulas poderosas del machismo”.

Las hermanas Rivera Garza
Un feminicidio es también un duelo. ¿Podemos ser felices mientras vivimos en duelo? “Es mentira que el tiempo pasa. El tiempo se atora”. El relato de Cristina es desolador: la pena, el miedo, la rabia contenida, todo explota después de tantos años. Pero también lo hace desde la minuciosidad, desde su posición de investigadora. Y lo hace como un “festejo a su vida, una conmemoración de su paso por la tierra”, como lo dice en una entrevista reciente. Lo notable de este libro es que hay mucha admiración y respeto hacia las múltiples facetas de su hermana, por eso intenta completar su vida desde distintas aristas: “yo creo profundamente en esa Liliana. Yo amo profundamente a esa y a todas las Lilianas”. Y esta decisión metodológica es crucial para salir de los esencialismos. Ante todo, Liliana era una joven que podría equivocarse, que podría ser contradictoria. Y entre ellas, eran hermanas, eran amigas, eran cómplices, y también polos opuestos. 

Cristina se observa a sí misma en la labor de archivista de la vida de su hermana y de todo lo que sus ojos y manos captaron alguna vez: memorias, pensamientos y poemas, pero también actividades comunes y corrientes, como listados de canciones y notas sueltas. Conocer la historia de Liliana a través de la reconstrucción amorosa que hace la autora es también un recorrido ante los cambios societales: lo que hace treinta años era ocultado y menospreciado, hoy busca salir a la luz, porque la sanación y nuestras muertas por la violencia de género exigen y merecen justicia.

Portada del libro
Editorial Random House


martes, 1 de febrero de 2022

Cuando las mujeres fueron pájaros (2012), de Terry Tempest Williams

“La señora Parkinson me enseñó a hablar con una confianza y alegría que yo no conocía [...] Ella me mostró el potencial de mi propia voz, sostenida en destreza y sustancia por encima de inseguridades y dudas. Me convertí en una amante de las palabras”


“Te voy a dejar todos mis cuadernos. Pero prométeme que no vas a verlos hasta que me haya ido”. La madre de Terry Tempest Williams agonizaba, y este fue su último mensaje. Tan enigmáticas como esperanzadoras, estas palabras retumbaron con fuerza en la escritora. Sin embargo, dos semanas después de su muerte, al momento de buscar esos diarios, Terry solo se encontró con un montón de cuadernos en blanco, lo que significó una segunda muerte: “mi madre me dejó sus diarios, y todos sus diarios estaban en blanco”. Así abre la autora este libro, y luego avanza, en 54 capítulos, hacia la búsqueda de su propia voz.


Terry Tempest Williams es una reconocida escritora, naturalista y activista medioambiental estadounidense. Fue una de las pioneras en defender el ecologismo en Utah y denunciar los efectos de las empresas en dicho Estado. Antes de leer este libro no conocía nada de su autora, y todo lo que leí aquí fue una hermosa sorpresa. (Gracias, @sobremesa_talleres).


La escritora Terry Tempest Williams, 1955. Creció en Salt Lake City, Utah, su territorio amado.

¿De qué habla el libro? A grandes rasgos, son las memorias de la autora, quien a través de las páginas va entrelazando su vida pública y su vida privada; nos habla de su familia, de su madre y su abuela, de su proceso de escritura y de la necesidad de encontrar su propia voz. Terry es una escritora empedernida: lleva un registro, tiene cientos de diarios, llenos de plumas, flores, fotografías y notas de viaje. Todo es motivo de asombro y admiración.


La autora se pregunta “¿Qué se toma en cuenta para tener una voz? Valor. Ira. Amor. Algo que decir; alguien a quien decírselo; alguien que escuche”. Cada persona tiene una voz y cada voz es distinta y tiene algo que decir. Para ella, todas las voces merecen ser escuchadas. Y claro que sí practica el hermoso arte de la escucha. El libro es un manifiesto a la escucha y a estar atentos a lo que otrxs tienen para decir-nos, ya sea ese otrx la naturaleza, los niñxs o nuestras sombras.


Nos movemos en un mundo de locos. ¿Cómo encontramos la belleza ante tantos cambios e incertidumbres? ¿Cómo nos encontramos a nosotros mismos? Terry afirma: “Camino con mi sombra detrás de mí, a veces delante de mí y a menudo a mi lado. Es mi compañera caprichosa: visible, luego oculta, amorfa. Una sombra no se crea en la oscuridad. Nace de la luz. Podemos ser ciegos ante ella o cegarnos por ella”. Lo que rechazamos de nosotros mismos es tan importante como lo que aceptamos.


El libro tiene mucho puntos sobresalientes, de hecho, marqué decenas de frases bonitas y/o poderosas. Me encantó la sencillez y bondad con que la autora expresa sus ideas y su amor por la naturaleza, entidad que va cobrando más fuerza a medida que pasan las páginas. “El mundo ya está abierto en dos y es nuestro destino sanarlo, cada uno a su modo, cada uno a su tiempo, con los dones que tenemos”. En su voz hay preocupación, pero también mucho optimismo y sabiduría. Su voz es un refuerzo y un llamado de atención a escuchar lo que está a nuestro alrededor. Re-recomiendo esta obra y espero pronto leer más de Terry Tempest Williams.



Portada del libro
Jámpster Libros
163 páginas

 

miércoles, 22 de diciembre de 2021

La tiranía del mérito (2021), de Michael Sandel

 “La igualdad de oportunidades es un factor corrector de la injusticia necesario desde el punto de vista moral. Pero es un principio reparador, no un ideal adecuado para una sociedad buena”

 

Michael Sandel, filósofo político y profesor estadounidense, comienza su ensayo con una radiografía del sistema universitario estadounidense, verdadero emblema de la ideología meritocrática, y cómo en las últimas décadas se ha reformulado el significado del mérito. En sociedades en donde se cree que las credenciales educativas resuelven los problemas de las aspiraciones individuales y la justicia social, ampliar/masificar el acceso a la educación superior fue la respuesta a la hora de diseñar y aplicar políticas para corregir la desigualdad. Pero, a juicio del autor, el primer problema de la meritocracia es que las oportunidades, en realidad, no alcanzan —o no se reparten— para todos por igual.

Durante décadas, la educación y el “trabajo duro” han sido promovidos como caminos legítimos hacia la movilidad social y la dignidad. En las décadas de los 80 y 90, irrumpió con fuerza la idea del mérito como factor de movilidad social. Esta idea se basa en dos premisas claves: (i) que la movilidad -en estricto rigor, el ascenso social- depende del esfuerzo y capacidades personales de cada uno/a, y (ii) que los estudios y, en consecuencia, el trabajo remunerado son premiados a través de acceso a mejores oportunidades y calidad de vida. Lo que parecía ser una promesa justa —una sociedad donde cada quien llega tan lejos como su talento lo permite— termina siendo una trampa para legitimar la desigualdad. La meritocracia, lejos de nivelar, disfraza las ventajas heredadas como mérito individual.

La idea de que nuestro destino está en nuestras manos es peligrosa para la construcción del bien común; en palabras de Sandel, felicita a los “ganadores” y denigra a los “perdedores”. Esta lógica de que el sistema premia a los ganadores, les lleva a considerar que su éxito ha sido fruto de su esfuerzo y talento, olvidando todas las ventajas y facilidades que han recibido, incluso desde antes de nacer, y, además, “cuanto más nos vemos como seres hechos a sí mismos y autosuficientes, menos probable es que nos preocupemos por la suerte de quienes son menos afortunados que nosotros”. En definitiva, el éxito, como señal de virtud o riqueza, que nos hemos ganado merecidamente, esconde una falsa idea de igualdad.


 Michael Sandel, 1953, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2018. 

Además, esta hiperagencia, tan presente en los discursos políticos y publicitarios, del tipo “tu educación te llevará tan lejos como seas capaz”, contribuye a erosionar la dignidad del trabajo y, con ello, la estima social que hasta entonces han tenido las personas que no habían estudiado en la universidad, haciendo recaer sobre ellos la culpa, diciéndoles que la razón de sus problemas radica en su inadecuada formación académica. Desde este análisis, la meritocracia -basada en la educación- como fuente de movilidad social contribuye a profundizar las diferencias y desigualdades entre los individuos, generando malestar, frustración y desesperanza, esta última como una forma de descontento más desmoralizadora.

Cuando se utiliza la educación superior como única vía de acceso a una “vida mejor” y superar las aflicciones económicas, se omite la desigualdad estructural, y es que el acceso a la educación superior no puede ser la única solución a la desigualdad o a salir de la pobreza. Tal como dice el autor, “una sociedad buena no puede tener tan solo como premisa la promesa de escapar”, esto contribuye a diluir la construcción de una sociedad más inclusiva y respetuosa con la dignidad de las personas.

¿Cómo construir una sociedad en donde todas y todos tengamos y ocupemos un lugar? La reducción de la desigualdad tiene importancia normativa, pues, no solo perjudica el progreso económico, sino también amenaza la cohesión social, y con ello, el sentido colectivo y la gobernabilidad de los países. Gobernar no es solo administrar un Estado con personas capacitadas para ello.

Gobernar es un ejercicio que "requiere de sabiduría práctica y virtud cívica, es decir, de las aptitudes necesarias para deliberar, con empatía, sobre el bien común, y tratar de hacerlo realidad [...] Por eso, la idea de que los mejores y los más brillantes son preferibles como gobernantes es un mito nacido de la soberbia meritocrática", y que no ha servido para que el gobierno de los países sea más eficaz: solo lo ha vuelto menos representativo, aumentando la distancia entre elite gobernante y ciudadanía. De esto tenemos que aprender y, posterior a las elecciones de este domingo, tengo esperanzas en la construcción de una sociedad más digna, justa y cariñosa.



Portada del libro

Editorial Debate

364 páginas 


jueves, 1 de julio de 2021

El verano sin hombres (2014), de Siri Hustvedt

Cuando el marido de Mia le pide una «pausa», luego de más de 30 años de matrimonio, ella entra en colapso. Esta inesperada situación le provoca una crisis y decide dejar Nueva York e instalarse durante un verano en su pueblo natal en donde convive con diversas mujeres:  «Las Cisnes», un divertido grupo de amigas -entre ellas su madre-, un grupo de complejas preadolescentes en un taller de poesía, y una joven madre sobrepasada por un matrimonio inestable, pero también están Daisy, su querida hija, y, Beatrice, su hermana, quienes a la distancia se hacen presente. 

La trama parece ser un poco predecible: una mujer de 55 años es abandonada por su marido, quien se va con una mujer más joven. Pero lo interesante es cómo, en compañía de estas mujeres, la protagonista reflexiona sobre distintas temáticas, paseándose por distintas disciplinas, mezclando con maestría la psicología, la historia, la literatura, la biología y la filosofía, y refiriéndose a nosotros, sus lectorxe, de modo directo y coloquial. Este es el primer libro que leo de Siri Hustvedt, reconocida escritora estadounidense, ganadora de diversos premios internacionales, y al parecer sigue su lógica en donde lo literario y lo intelectual se funden.


Siri Hustvedt (1955 - )

Este libro lo leímos en el Club de Lectura Sobremesa y hubo opiniones y experiencias lectoras muy dispares, muy interesantes. por mi parte, debo reconocer que la historia no me atrajo tanto (¡hasta la próxima, Siri!), sin embargo, destaco algunos temas que llamaron mi atención.

La ruptura
El punto de inflexión aparece al comienzo, cuando Boris deja a Mia, y la protagonista narra su ruptura amorosa, en donde los signos de locura aparecen constantemente. Siri trata la ruptura desde la crisis nerviosa: “trastorno psicótico transitorio” fue el diagnóstico. Pero luego, el libro avanza hacia su reconstrucción: «desmoronarse para encontrarse». ¿Es posible perdonar una traición de este tipo? ¿Es posible volver todo a como era antes? Son algunas de las cuestiones que se plantea Mia, mirando al pasado con cariño, pero también desde la rabia. “También estaba la historia misma, la historia que Boris y yo habíamos escrito juntos, y en esa historia nuestros cuerpos, pensamientos y recuerdos están entretejidos de tal forma que es difícil discernir dónde termina una persona y empieza la otra”.

La vejez
Las múltiples mujeres que aparecen a lo largo del libro, representan distintas edades y condiciones, sin embargo me parece que la trama con las ancianas es la mejor lograda. «Las Cisnes» son un grupo de amigas, todas muy diferentes entre sí, que viven lo que les queda de vida en un asilo: “Mi madre y sus amigas eran viudas. Sus maridos llevaban años muertos, pero ellas siguieron con sus vidas sin olvidar a sus hombres ausentes, aunque sin aferrarse tampoco al recuerdo de quienes estaban bajo tierra”. Siri nos muestra una vejez diversa, en donde se cuestiona: “qué sabemos de la gente en realidad”. 

La sororidad
El título de la novela lo dice y, en cierta forma, la historia se trata de la alianza y soporte entre mujeres, el compañerismo y solidaridad que existe en tanto se entienden ciertos sufrimientos y situaciones como comunes en su condición de mujeres. Destaca la relación entre Mia y Lola, la joven madre sobrepasada, muy tierna y maternal: “Lo importante era que se había establecido una alianza entre nosotras, sentí una camaradería que ambas esperábamos que continuara”.

Los hombres de su vida
El padre y el marido de Mia aparecen recurrentemente en la trama, a través del pensamiento y recuerdo de la protagonista, quien ha intentado decodificarlos durante toda su vida, ¿qué ocurre con ellos y por qué no pueden exteriorizar sus emociones? Esta pregunta, muy común, es consecuencia de esta idea de diferenciación de los sexos. Diferencia que es biológica, psicológica, cultural, y que Mia, o Siri, razonan muy bien: “no es que no haya diferencia entre hombres y mujeres; de lo que se trata es de qué diferencia supone esa diferencia y cómo elegimos formularla”.

El verano sin hombres es, a mi modo de ver, un libro sobre la diferencia entre los sexos, pero que entreteje distintos temas, y en distintos escenarios: vemos a Mia en un hospital psiquiátrico, la vemos enseñando poesía a un grupo de preadolescentes, visitando a su madre y a sus amigas, la vemos cuidando a los hijos de su vecina. Y también la vemos en su casa de verano arrendada, solitaria, en un relato inteligente con tintes irónicos en donde mezcla poemas, dibujos, e-mails, cartas, y se ríe de sí misma, de Boris y de su situación: “Piensan que ya he regresado a mi antiguo ser: una neurótica común y corriente, nada más”.


Portada del libro
Editorial Seix Barral



miércoles, 9 de junio de 2021

Patrimonio (1991), de Philip Roth

 "Tengo que recordarlo todo con precisión, para poder recrear en mi mente el padre que me creó, cuando él ya no esté. No hay que olvidar nada."


Patrimonio es la narración, en primera persona, sobre la enfermedad y muerte del padre del escritor Philip Roth. A un mes de la muerte de mi papá, leer esta versión tan honesta de Roth me conmocionó profundamente. Siempre me pregunto a quiénes les interesaría leer una historia tan personal como ésta. Me imagino que muchas veces ese lector o lectora está ligado a una pérdida a la cual intenta encontrar palabras que logren establecer cierto sentido: identificar ciertas sensaciones y reconocerse en otras experiencias similares. Un poco lo que sentí yo.

Herman Roth y su vida son el argumento de esta trama. Herman, de 86 años, acaba de ser diagnosticado con un tumor cerebral, que probablemente llevaba años formándose en su cabeza, y que solo a causa de algunos incidentes cotidianos los médicos logran descubrir. El mismo Roth reflexiona: “El resultado puede ser horrible lo miremos desde el lado que lo miremos. La operación puede poner en marcha un tipo de desastre y la no operación, otro tipo de desastre”. Esto abre una gran interrogante sobre las posibilidades de la medicina a esa edad, y desata un drama en la vida del escritor, quien cambia su rutina y se muda desde Londres a Nueva York para cuidar de su anciano padre, en un proceso colmado de incertidumbres frente a una enfermedad tan devastadora.

A lo largo de la historia, el autor admira y honra la vida de Herman: un inmigrante judío en Nueva Jersey, trabajador compulsivo y muy leal a su familia y amistades. Philip Roth convierte a su padre en un personaje entrañable y lleno de encanto, pese a sus constantes contradicciones. Me encanta la forma en que el autor arma este retrato tan complejo y de manera tan respetuosa, porque "la suya era una personalidad imperiosa, y porque muy en lo hondo de su ser había también una prehistórica veta de ignorancia total, y ni siquiera se daba cuenta de lo inútiles e incluso, en ocasiones, crueles que podían ser sus admoniciones". 

En esta relación padre-hijo, tan rugosa como delicada, el autor nos acerca con mucha sutileza a los más diversos detalles de lo que fue la vida de Herman, sus anécdotas, sus pasiones y la enfermedad que lo mató. Si bien es un relato rudo, entre líneas hay un humor exquisito que se mezcla con una vulnerabilidad hermosa y valiente: “Podría aducírseme que no es gran cosa, en un hijo, proteger con ternura al padre cuando éste ha perdido todo su poder y está casi destruido. [...] Mi padre no era un padre cualquiera, era el padre, con todo lo detestable y todo lo digno de amar que hay siempre en un padre”.


Philip Roth (1933-2018)


Sé que cada lectura es distinta y que estamos influidos por nuestros contextos y experiencias, y, pese a que no es justo para los libros, no puedo —ni quiero— ser nunca una lectora imparcial. Puede que para algunos sea una historia más, pero para otros, como yo, que hemos sentido la muerte de un padre tan querido, este libro es un tesoro y un regalo muy especial.

Patrimonio es una obra honesta y maravillosa, y Roth utiliza sus mejores herramientas y una sintaxis de lujo para narrar el viaje final de su padre. Patrimonio trata sobre cómo el protagonista se enfrenta a ese proceso, y puedo relacionarme con esta historia de manera tan personal para entender, finalmente, que el patrimonio es la forma en que el amor y los cuidados que un padre brinda a sus hijos a lo largo de toda su vida son su mejor legado: su compromiso con la vida misma y su continuidad. En la muerte existe algo bello, porque dejamos de existir en este plano físico, al que tanto nos aferramos, para transitar hacia nuevas formas y espacios, y en ese tránsito debemos aprender a soltar y creer. Esto es lo que hoy me hace sentido. Mientras mi cerebro-racional entiende la muerte de mi papá, mi corazón-emocional no la logra aceptar, pero mi alma —o ese lado más espiritual— la abraza sin reservas.

Sé que Patrimonio es uno de los pocos libros que volveré a leer.


Portada del libro
Portada del libro
Editorial de Bolsillo
237 páginas



domingo, 2 de mayo de 2021

Relatos de una ciudad trizada (2017), de Francisca Márquez

Francisca Márquez comienza este libro explicando cómo es que surge su fascinación por la ciudad de Santiago. Nos cuenta que desde niña su mundo se reducía a Ñuñoa y Providencia, y a veces Santiago Centro, sin referentes que evocaran la otredad. Sin embargo, a medida que crece comienza a conocer otras comunas: primero, visitando a sus compañeros de la universidad en San Bernardo y, luego, estudiando distintos fenómenos urbanos.

Relatos de una ciudad trizada se basa en el trabajo etnográfico realizado por la académica entre los años 1995 y 2005, preguntándose por los imaginarios y formas de habitar la urbe. La pregunta principal que plantea este libro es “¿cómo es posible que, existiendo trizaduras y fronteras, la ciudad archipiélago logre mantener sus islotes reunidos?” Santiago es un enigma, pues, “fragmentada y segregada, y sin puentes evidentes entre un islote y otro, permanece y sobrevive”. A lo largo del libro, Márquez reconoce un hilo conductor: el deseo de una comunidad que se añora, pero nunca se alcanza. Santiago es una diversidad de fragmentos que intenta mantenerse como un todo. 

Francisca Márquez es una reconocida antropóloga, doctora en sociología y académica chilena.


La autora recorre Santiago desde su fundación con la llegada de los españoles y, posteriormente, el desarrollo de la Colonia, hasta llegar a los años 80, época en donde, señala, se evidencia un quiebre en el relato común de ciudad. La dictadura militar y las posteriores transformaciones económicas e institucionales trajeron profundas consecuencias para la ciudad, los movimientos sociales y los pobladores, quienes fueron relocalizados y expulsados a los extramuros. En pocos años, los “pobres” fueron reubicados en los márgenes de la ciudad, en viviendas para pobres y en comunas para pobres, marcando así el inicio de una nueva etapa en la historia y construcción de Santiago. Este hecho afectaría, sin distinción, a todos los ciudadanos: “después del 73, Santiago no vuelve a ser lo mismo, las trizaduras no solo se redibujan, sino también se profundizan”.

El tema central del libro es la segregación territorial. Francisca Márquez explica que los distintos actores tomadores de decisiones no han sido explícitos en pensar -y diseñar- Santiago desde la condición urbana de su territorio, y más bien se han obstinado en la protección y resguardo de sus pequeñas islas, lo que es evidente en las políticas y programas que buscan mejorar la calidad de vida de sus habitantes, pero sin mirar -o muy escasamente- la interacción entre los distintos fenómenos y variables. En consecuencia, la arquitectura institucional, desde la cual se abordan estos problemas públicos, cuenta con escasos mecanismos de coordinación intersectorial que permitan mirar el problema de manera integral.

Todas estas ideas se relacionan estrechamente con la noción de dignidad, tan exigida durante las manifestaciones del 2019 en el denominado estallido social. Y lo interesante es que este libro se lanza un año antes, contribuyendo a la comprensión de algunos de los orígenes de ese malestar.

Finalmente, la autora reflexiona sobre la construcción de la condición urbana, y cómo ésta exige la afirmación de la autonomía individual y su traducción en el colectivo, dentro del cual los individuos se reconocen en valores comunes y en diversas visiones de mundo: eso es la vida urbana, dice Márquez, en el sentido más profundo de la palabra. Éste es un libro que me parece muy interesante a la luz de los debates actuales sobre la ciudad y el territorio, aportando distintas reflexiones desde la antropología, la etnografía y la historia.


Portada del libro
Editorial Ocho Libros
255 páginas