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| Oscar Contardo. |
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| Portada del libro Editorial Paidós 82 páginas |
Proyecto personal de escritura y archivo de lecturas, con reseñas y reflexiones sobre literatura contemporánea, memoria, vínculos y vida cotidiana.
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| Oscar Contardo. |
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| Portada del libro Editorial Paidós 82 páginas |
Este es el segundo libro de Lorrie Moore que leo (el primero fue ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas?, link aquí) y creo que seguiré buscando más títulos. Lo vi hace algún tiempo en una librería en Santiago, y no lo pude comprar en ese momento. Luego se convirtió en mi autorregalo de Navidad. Lo leí recién en febrero, y la verdad: me gustó mucho.
Anagramas fue publicado en 1986 y es la primera novela de Moore. Ya en estas páginas se advierte su agudo sentido del humor y su capacidad para explorar la psicología personajes solitarios, asalariados y vulnerables, tan comunes y tan corrientes. En esta novela experimental, Moore ensaya distintas vidas posibles para los mismos personajes —Benna, Gerard, Eleanor—, alterando vínculos y contextos como si fuesen versiones alternativas de una misma historia. Al principio puede confundir, pero rápidamente se vuelve una experiencia fascinante. Al pasar las páginas, Lorrie Moore nos va diciendo que la vida no es más que intentar buscar posibles formas de sobrevivir y acompañarnos.
Benna Carpenter, la protagonista, es una mujer de treinta y tres años, sensible, insatisfecha con su vida, enredada en conflictos laborales, amorosos y existenciales: “Rebusco en mi vida y en todas partes, lo único que hay soy yo, siempre yo, el mismo bulto inofensivo, la misma tipa densa y rara, el mismo bollo que duerme y respira”. La conocemos en distintas versiones: Benna cantante de bar, Benna profesora de aeróbica para ancianos, Benna docente en una universidad comunitaria, madre de Georgie.
En todas ellas, persiste una identidad reconocible: una mujer esquiva, torpe, nostálgica, marcada por el miedo a la soledad y el anhelo de compañía: “No es que quisiera estar casada. Lo que yo quería era algo equivalente al matrimonio, aunque nunca había sabido exactamente qué podía ser eso y sospechaba que quizás no existiera nada de esa naturaleza. A pesar de todo, estaba convencida de que tenía que haber algo mejor que esa farsa solitaria de vivir al otro lado de la ciudad o del pasillo”. Lorrie Moore trata la angustia de Benna con un humor exquisito, de manera irónica, pero también con mucha ternura, lo que genera cercanía con estos personajes tan inestables y contradictorios.
¿Cuántas vidas se pueden vivir? Como en un anagrama, Moore reordena y transpone las piezas vitales de sus personajes, mostrando lo que podría haber sido. Los amores vacíos, las crisis existenciales y los vínculos desvaídos son los pilares de esta obra.
Anagramas es un libro triste, con escenarios domésticos y urbanos, y con una protagonista dolida, echada a su propia suerte y abandonada, aun cuando está rodeada de gente. “Ese ha sido mi problema en la vida: no sé avanzar bien. No sé jugar bien al dulce o truco. No entiendo. Me siento en el fango de mi vida y me quedo allí”. Es también un relato coral atravesado por una búsqueda: el amor —siempre el amor— como posible salvación frente a alguna tragedia, o quizá como tragedia en sí misma. Recomiendo leer a Lorrie Moore por su mirada lúcida, su humor melancólico y su singular forma de narrar vidas fracturadas; leerla es como mirarse en un espejo lleno de grietas.
“Veintinueve años, tres meses, dos días. Una hermana mayor que busca justicia para Liliana, su adorada hermana”
| Cristina Rivera Garza (1964). Galardonada con diversos reconocimientos: el Premio Anna Seghers, Premio Sor Juana Inés de la Cruz y Premio Roger Caillois, entre otros. |
| Las hermanas Rivera Garza |
| Portada del libro Editorial Random House |
“La señora Parkinson me enseñó a hablar con una confianza y alegría que yo no conocía [...] Ella me mostró el potencial de mi propia voz, sostenida en destreza y sustancia por encima de inseguridades y dudas. Me convertí en una amante de las palabras”
“Te voy a dejar todos mis cuadernos. Pero prométeme que no vas a verlos hasta que me haya ido”. La madre de Terry Tempest Williams agonizaba, y este fue su último mensaje. Tan enigmáticas como esperanzadoras, estas palabras retumbaron con fuerza en la escritora. Sin embargo, dos semanas después de su muerte, al momento de buscar esos diarios, Terry solo se encontró con un montón de cuadernos en blanco, lo que significó una segunda muerte: “mi madre me dejó sus diarios, y todos sus diarios estaban en blanco”. Así abre la autora este libro, y luego avanza, en 54 capítulos, hacia la búsqueda de su propia voz.
Terry Tempest Williams es una reconocida escritora, naturalista y activista medioambiental estadounidense. Fue una de las pioneras en defender el ecologismo en Utah y denunciar los efectos de las empresas en dicho Estado. Antes de leer este libro no conocía nada de su autora, y todo lo que leí aquí fue una hermosa sorpresa. (Gracias, @sobremesa_talleres).
| La escritora Terry Tempest Williams, 1955. Creció en Salt Lake City, Utah, su territorio amado. |
¿De qué habla el libro? A grandes rasgos, son las memorias de la autora, quien a través de las páginas va entrelazando su vida pública y su vida privada; nos habla de su familia, de su madre y su abuela, de su proceso de escritura y de la necesidad de encontrar su propia voz. Terry es una escritora empedernida: lleva un registro, tiene cientos de diarios, llenos de plumas, flores, fotografías y notas de viaje. Todo es motivo de asombro y admiración.
La autora se pregunta “¿Qué se toma en cuenta para tener una voz? Valor. Ira. Amor. Algo que decir; alguien a quien decírselo; alguien que escuche”. Cada persona tiene una voz y cada voz es distinta y tiene algo que decir. Para ella, todas las voces merecen ser escuchadas. Y claro que sí practica el hermoso arte de la escucha. El libro es un manifiesto a la escucha y a estar atentos a lo que otrxs tienen para decir-nos, ya sea ese otrx la naturaleza, los niñxs o nuestras sombras.
Nos movemos en un mundo de locos. ¿Cómo encontramos la belleza ante tantos cambios e incertidumbres? ¿Cómo nos encontramos a nosotros mismos? Terry afirma: “Camino con mi sombra detrás de mí, a veces delante de mí y a menudo a mi lado. Es mi compañera caprichosa: visible, luego oculta, amorfa. Una sombra no se crea en la oscuridad. Nace de la luz. Podemos ser ciegos ante ella o cegarnos por ella”. Lo que rechazamos de nosotros mismos es tan importante como lo que aceptamos.
El libro tiene mucho puntos sobresalientes, de hecho, marqué decenas de frases bonitas y/o poderosas. Me encantó la sencillez y bondad con que la autora expresa sus ideas y su amor por la naturaleza, entidad que va cobrando más fuerza a medida que pasan las páginas. “El mundo ya está abierto en dos y es nuestro destino sanarlo, cada uno a su modo, cada uno a su tiempo, con los dones que tenemos”. En su voz hay preocupación, pero también mucho optimismo y sabiduría. Su voz es un refuerzo y un llamado de atención a escuchar lo que está a nuestro alrededor. Re-recomiendo esta obra y espero pronto leer más de Terry Tempest Williams.
| Portada del libro Jámpster Libros 163 páginas |
“La igualdad de oportunidades es un factor corrector de la injusticia necesario desde el punto de vista moral. Pero es un principio reparador, no un ideal adecuado para una sociedad buena”
Michael Sandel, filósofo político y profesor estadounidense, comienza su ensayo con una radiografía del sistema universitario estadounidense, verdadero emblema de la ideología meritocrática, y cómo en las últimas décadas se ha reformulado el significado del mérito. En sociedades en donde se cree que las credenciales educativas resuelven los problemas de las aspiraciones individuales y la justicia social, ampliar/masificar el acceso a la educación superior fue la respuesta a la hora de diseñar y aplicar políticas para corregir la desigualdad. Pero, a juicio del autor, el primer problema de la meritocracia es que las oportunidades, en realidad, no alcanzan —o no se reparten— para todos por igual.
Durante décadas, la educación y el “trabajo duro” han sido promovidos como caminos legítimos hacia la movilidad social y la dignidad. En las décadas de los 80 y 90, irrumpió con fuerza la idea del mérito como factor de movilidad social. Esta idea se basa en dos premisas claves: (i) que la movilidad -en estricto rigor, el ascenso social- depende del esfuerzo y capacidades personales de cada uno/a, y (ii) que los estudios y, en consecuencia, el trabajo remunerado son premiados a través de acceso a mejores oportunidades y calidad de vida. Lo que parecía ser una promesa justa —una sociedad donde cada quien llega tan lejos como su talento lo permite— termina siendo una trampa para legitimar la desigualdad. La meritocracia, lejos de nivelar, disfraza las ventajas heredadas como mérito individual.
La idea de que nuestro destino está en nuestras manos es peligrosa para la construcción del bien común; en palabras de Sandel, felicita a los “ganadores” y denigra a los “perdedores”. Esta lógica de que el sistema premia a los ganadores, les lleva a considerar que su éxito ha sido fruto de su esfuerzo y talento, olvidando todas las ventajas y facilidades que han recibido, incluso desde antes de nacer, y, además, “cuanto más nos vemos como seres hechos a sí mismos y autosuficientes, menos probable es que nos preocupemos por la suerte de quienes son menos afortunados que nosotros”. En definitiva, el éxito, como señal de virtud o riqueza, que nos hemos ganado merecidamente, esconde una falsa idea de igualdad.
| Michael Sandel, 1953, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2018. |
Además, esta hiperagencia, tan presente en los discursos políticos y publicitarios, del tipo “tu educación te llevará tan lejos como seas capaz”, contribuye a erosionar la dignidad del trabajo y, con ello, la estima social que hasta entonces han tenido las personas que no habían estudiado en la universidad, haciendo recaer sobre ellos la culpa, diciéndoles que la razón de sus problemas radica en su inadecuada formación académica. Desde este análisis, la meritocracia -basada en la educación- como fuente de movilidad social contribuye a profundizar las diferencias y desigualdades entre los individuos, generando malestar, frustración y desesperanza, esta última como una forma de descontento más desmoralizadora.
Cuando se utiliza la educación superior como única vía de acceso a una “vida mejor” y superar las aflicciones económicas, se omite la desigualdad estructural, y es que el acceso a la educación superior no puede ser la única solución a la desigualdad o a salir de la pobreza. Tal como dice el autor, “una sociedad buena no puede tener tan solo como premisa la promesa de escapar”, esto contribuye a diluir la construcción de una sociedad más inclusiva y respetuosa con la dignidad de las personas.
¿Cómo construir una sociedad en donde todas y todos tengamos y ocupemos un lugar? La reducción de la desigualdad tiene importancia normativa, pues, no solo perjudica el progreso económico, sino también amenaza la cohesión social, y con ello, el sentido colectivo y la gobernabilidad de los países. Gobernar no es solo administrar un Estado con personas capacitadas para ello.
Gobernar es un ejercicio que "requiere de sabiduría práctica y virtud cívica, es decir, de las aptitudes necesarias para deliberar, con empatía, sobre el bien común, y tratar de hacerlo realidad [...] Por eso, la idea de que los mejores y los más brillantes son preferibles como gobernantes es un mito nacido de la soberbia meritocrática", y que no ha servido para que el gobierno de los países sea más eficaz: solo lo ha vuelto menos representativo, aumentando la distancia entre elite gobernante y ciudadanía. De esto tenemos que aprender y, posterior a las elecciones de este domingo, tengo esperanzas en la construcción de una sociedad más digna, justa y cariñosa.
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| Siri Hustvedt (1955 - ) |
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| Portada del libro Editorial Seix Barral |