lunes, 8 de agosto de 2016

Las Cosas (1965), Georges Perec

Nacido en 1936, Georges Perec vivió una infancia marcada por la ocupación nazi en Francia. Sus padres –ambos judíos– murieron en un campo de concentración cuando él tenía cinco años, por esta razón su familia adoptiva le ocultó su origen, como forma de mantenerlo a salvo. De este modo, aparece el olvido como herramienta imprescindible para la sobrevivencia del joven Perec.

Desde pequeño se mostró muy interesado por el mundo de las letras y el arte. Ingresó a sociología y luego la abandona para dedicarse de lleno a sus intereses. En los años 60 Perec se unió al Taller de Literatura Exponencial, OuLiPo, el cual estaba conformado por matemáticos, pintores y escritores en un intento por unir estas disciplinas a través de la creación de novedosas formas de escritura. Este interés se vio reflejado en sus posteriores obras, entre las que destacan muy especialmente La vida: instrucciones de uso, en donde la trama de la historia se desarrolla de acuerdo a los movimientos en un tablero de ajedrez, y El Secuestro, obra en la cual prescinde de la letra “e”. Asimismo, en la obra de Perec la autobiografía y los escritos sobre la cotidianeidad cobran particular importancia, destacando textos como Notas sobre lo que busco, Me acuerdo y Tentativa de agotamiento de un lugar parisino. Se dice que la obra de Perec es inclasificable, pues, deambula desde la novela hasta diversas formas de expresión narrativa: conjugando su interés por la poesía, los juegos de palabras, los crucigramas, los rompecabezas y los números. Lamentablemente, en Chile poco se conoce de él y su obra  (Merci beaucoup, Marine!).

Las Cosas es la primera novela de Perec, publicada en 1965 bajo el contexto convulsionado de la Francia pre mayo del 68. En esta historia, narrada en tercera persona, el autor ahonda en la vida y miseria de Jérôme y Silvie, una joven pareja pequeñoburguesa parisina atrapada en la agitada carrera por obtener las cosas, ambos sumergidos en la ansiedad consumista que ya se instalaba por aquella época. Jérôme y Sylvie trabajaban como sociólogos realizando encuestas para agencias de publicidad. Vivían constantemente soñando con vidas llenas de lujos, abundancia y excentricidades, deseos que se encontraban lejos de sus posibilidades reales, puesto que apenas tenían dinero para lo básico. 

El autor se pasea por la inagotable descripción de las cosas que mueven y fascinan a los protagonistas y su grupo de amigos. Retrata la juventud parisina como deseosa de obtener más de lo que puede pagar. De este modo, la felicidad para ellos aparece en la simplicidad de las cosas: “Así vivían, ellos y sus amigos, en sus pisitos simpáticos abarrotados de cosas, con sus salidas y sus películas, sus grandes comidas fraternales, sus proyectos maravillosos. No eran desgraciados. Cierta dicha de vivir, furtiva, evanescente, iluminaba sus días”. Este retrato de juventud se repite constantemente a lo largo de la novela y nos hace deambular entre callecitas, bares, plazas y pasillos de viejos apartamentos parisinos, en donde las cosas se transforman en verdaderas protagonistas de la historia. Perec logra describir con tal detalle los objetivos y rituales sociales  de Jérôme y Silvie que nos permite imaginar perfectamente el mundo en el cual se desenvuelven. La descripción constante y bien pincelada, la numeración de las cosas y las acciones se transforman, a mi modo de ver, en el verdadero centro de la novela. Los diálogos entre los personajes escasean, más bien la atención se centra en la descripción continua.

Pero, también, Perec nos habla de la juventud, de sus bondades y su lado amargo. La juventud, divino tesoro, “el mundo iba hacia ellos, ellos salían al encuentro”. Sin embargo, experimentaban angustia, vacío y asfixia. El dinero aparece como la felicidad, y el trabajo como un medio –odioso– de alcanzarla. Perec relata el lado amargo de la juventud, de los momentos difíciles que trae la independencia y las consecuencias de las decisiones que se toman. ¿Qué tan distinto es ser joven en París en los 60, que en Santiago en el 2016? El trabajo, las amistades, los tiempos, pagar las cuentas, pensar en una vida digna y el disfrute eran los principales desvelos de los protagonistas. “Por desgracia, pensaban a menudo y se decían a veces Jérôme y Silvie, quien no trabaja no come, es cierto, pero quien trabaja deja de vivir”. 


¿Qué significaba vivir, entonces? El goce de la vida, disfrutar de las cosas simples y las no tanto: un buen vino, ir al cine, tener tiempo libre para tomar un café con amigos, ir de vacaciones al mediterráneo eran opciones que podían tantear, pero sin dinero, difícilmente conseguibles. Jérôme y Silvie soñaban con días vacíos, levantarse tarde, gozar los días caminando o comiendo bien. En cambio, el trabajo agotaba sus sueños. “¡Cómo!, se dice el joven licenciado, ¿voy a tener que pasarme los días detrás de esos despachos acristalados en vez de ir a pasear por los prados floridos? ¿Voy a descubrirme lleno de esperanzas en vísperas de ascensos? ¿Voy a calcular, intrigar, tascar el freno, yo que soñaba con poesía, con trenes nocturnos, con arenas cálidas?”.

Una de las cosas más interesantes de este libro, desde mi punto de vista, es la descripción exhaustiva de los espacios y las posesiones, en suma, son las cosas que Silvie y Jérôme anhelan, pero que no alcanzan. Es este deseo por las cosas, y las cosas en sí mismas, lo que mueve esta historia, sus relaciones y acciones. De hecho, poco y casi nada sabemos de los protagonistas, salvo este deseo por obtener más y más. Jamás se describen sus personalidades o apariencias físicas, esto queda a imaginación de quien lee. En el libro podemos apreciar la reiteración obsesiva de las descripciones y enumeraciones de objetos como una especie de perfecto catálogo parisino.

¿Qué puede aportarnos esta novela a la discusión política actual? Jérôme y Silvie son un fiel reflejo de la sociedad de consumo. Esta modernidad de la historia hace de Las Cosas un libro siempre, y cada vez más, contemporáneo. Perec supo observar problemas básicos de la cotidianidad: cómo el tener se confunde con el ser: tener para ser, ser respetado, en definitiva, “ser alguien”. Tal como lo indica el autor: “Les habría gustado ser ricos. Creían que habrían sabido serlo. Habrían sabido vestir, mirar, sonreír como la gente rica. Habrían tenido el tacto, la discreción necesarios. Habrían olvidado su riqueza, habrían sabido no exhibirla”. Con fino sarcasmo y detallismo, éste es un libro que trata la cosificación de la sociedad occidental, en donde las personas nos volvemos esclavos del trabajo y de las cosas. Me gustó este libro, se lee de manera rápida y está en un lenguaje muy sencillo. 

¡A buscar más libros de Perec!


Portada del libro
Editorial: Anagrama
 158 páginas



sábado, 26 de marzo de 2016

Capítulo 93, Rayuela -Julio Cortázar


Pero el amor, esa palabra… Moralista Horacio, temeroso de pasiones sin una razón de aguas hondas, desconcertado y arisco en la ciudad donde el amor se llama con todos los nombres de todas las calles, de todas las casas, de todos los pisos, de todas las habitaciones, de todas las camas, de todos los sueños, de todos los olvidos o los recuerdos. Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (cómo te gusta usar el verbo amar, con qué cursilería lo vas dejando caer sobre los platos y las sábanas y los autobuses), me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado, jamás Wright ni Le Corbusier van a hacer un puente sostenido de un solo lado, y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños. Tan triste oyendo al cínico Horacio que quiere un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname. Me estás alcanzando una manzana y yo he dejado los dientes en la mesa de luz. Stop, ya está bien así. También puedo ser grosero, fijate. Pero fijate bien, porque no es gratuito.

¿Por qué stop? Por miedo de empezar las fabricaciones, son tan fáciles. Sacás una idea de ahí, un sentimiento del otro estante, los atás con ayuda de palabras, perras negras, y resulta que te quiero. Total parcial: te quiero. Total general: te amo. Así viven muchos amigos míos, sin hablar de un tío y dos primos, convencidos del amor-que-sienten-por-sus-esposas. De la palabra a los actos, che; en general sin verba no hay res. Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al verse. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto. Pero estoy solo en mi pieza, caigo en artilugios de escriba, las perras negras se vengan cómo pueden, me mordisquean desde abajo de la mesa. ¿Se dice abajo o debajo? Lo mismo te muerden. ¿Por qué, por qué, pourquoi, why, warum, perchè este horror a las perras negras? Miralas ahí en ese poema de Nashe, convertidas en abejas. Y ahí, en dos versos de Octavio Paz, muslos del sol, recintos del verano. Pero un mismo cuerpo de mujer es María y la Brinvilliers, los ojos que se nublan mirando un bello ocaso son la misma óptica que se regala con los retorcimientos de un ahorcado. Tengo miedo de ese proxenetismo, de tinta y de voces, mar de lenguas lamiendo el culo del mundo. Miel y leche hay debajo de tu lengua… Sí, pero también está dicho que las moscas muertas hacen heder el perfume del perfumista. En guerra con la palabra, en guerra, todo lo que sea necesario aunque haya que renunciar a la inteligencia, quedarse en el mero pedido de papas fritas y los telegramas Reuter, en las cartas de mi noble hermano y los diálogos del cine. Curioso, muy curioso que Puttenham sintiera las palabras 
como si fueran objetos, y hasta criaturas con vida propia. También a mí, a veces, me parece estar engendrando ríos de hormigas feroces que se comerán el mundo. Ah, si en el silencio empollara el Roc… Logos, faute éclatante. Concebir una raza que se expresara por el dibujo, la danza, el macramé o una mímica abstracta. ¿Evitarían las connotaciones, raíz del engaño? Honneur des hommes, etc. Sí, pero un honor que se deshonra a cada frase, como un burdel de vírgenes si la cosa fuera posible.

Del amor a la filología, estás lucido, Horacio. La culpa la tiene Morelli que te obsesiona, su insensata tentativa te hace entrever una vuelta al paraíso perdido, pobre preadamita de snack-bar, de edad de oro envuelta en celofán. This is a plastic’s age, man, a plastic’s age. Olvidate de la perras. Rajá, jauría, tenemos que pensar, lo que se llama pensar, es decir sentir, situarse y confrontarse antes de permitir el paso de la más pequeña oración principal o subordinada. París es un centro, entendés, un mandala que hay que recorrer sin dialéctica, un laberinto donde las fórmulas pragmáticas no sirven más que para perderse. Entonces un cogito que sea como respirar París, entrar en él dejándolo entrar, neuma y no logos. Argentino compadrón, desembarcando con la suficiencia de una cultura de tres por cinco, entendido en todo, al día en todo, con un buen gusto aceptable, la historia de la raza humana bien sabida, los períodos artísticos, el románico y el gótico, las corrientes filosóficas, las tensiones políticas, la Shell Mex, la acción y la reflexión, el compromiso y la libertad, Piero della Francesca y Anton Weber, la tecnología bien catalogada, Lettera 22, Fiat 1600, Juan XXIII. Qué bien, qué bien. Era una pequeña librería de la rue du Cherche-Midi, era un aire suave de pausados giros, era la tarde y la hora, era del año la estación florida, era el Verbo (en el principio), era un hombre que se creía un hombre. Qué burrada infinita, madre mía. Y ella salió de la librería (recién ahora me doy cuenta de que era como una metáfora, ella saliendo nada menos que de una librería) y cambiamos dos palabras y nos fuimos a tomar una copa de pelure d’oignon a un café de Sèvres-Babylone (hablando de metáforas, yo delicada porcelana recién desembarcada, HANDLE WITH CARE, y ella Babilonia, raíz de tiempo, cosa anterior, primeval being, terror y delicia de los comienzos, romanticismo de Atala pero con un tigre auténtico esperando detrás del árbol). Y así Sèvres se fue con Babylone a tomar un vaso de pelure d’oignon, nos mirábamos y yo creo que ya empezábamos a deseamos (pero eso fue más tarde, en la rue Réaumur) y sobrevino un diálogo memorable, absolutamente recubierto de malentendidos, de desajustes que se resolvían en vagos silencios, hasta que las manos empezaron a tallar, era dulce acariciarse las manos mirándose y sonriendo, encendíamos los Gauloises el uno en el pucho del otro, nos frotábamos con los ojos, estábamos tan de acuerdo en todo que era una vergüenza, París danzaba afuera esperándonos, apenas habíamos desembarcado, apenas vivíamos, todo estaba ahí sin nombre y sin historia (sobre todo para Babylone, y el pobre Sèvres hacía un enorme esfuerzo, fascinado por esa manera Babylone de mirar lo gótico sin ponerle etiquetas, de andar por las orillas del río sin ver remontar los drakens normandos). Al despedirnos éramos como dos chicos que se han hecho estrepitosamente amigos en una fiesta de cumpleaños y se siguen mirando mientras los padres los tiran de la mano y los arrastran, y es un dolor dulce y una esperanza, y se sabe que uno se llama Tony y la otra Lulú, y basta para que el corazón sea como una frutilla, y…

Horacio, Horacio.

Merde, alors. ¿Por qué no? Hablo de entonces, de Sèvres-Babylone, no de este 
balance elegíaco en que ya sabemos que el juego está jugado.


lunes, 11 de enero de 2016

Tengo miedo torero (2001), Pedro Lemebel

Tengo miedo torero trata la historia de amistad entre La Loca del Frente y Carlos. La Loca del Frente, un transexual cuarentón, arrienda una casa en un barrio pobre de Santiago, allí conoce a Carlos, un cautivante joven universitario perteneciente al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, con quien entabla una peculiar relación de amistad: Carlos necesita a La Loca para organizar sus  reuniones secretas, mientras que ésta se muere de amor por él. Todo esto enmarcado en un convulsionado escenario político: el Chile dictatorial de 1986, álgido año de la dictadura, en donde las protestas, marchas y la violencia se tomaban las principales calles del país, en un intento por derrocar la dictadura de Pinochet.

Estamos frente a una novela muy especial. La trama, su escritura, su autor, en sincronía máxima. Antes leí Háblame de amores, también de Lemebel, y ya su forma de escribir llamó mucho mi atención: irónica, libre, potente y muy chilena; fui buscando nuevos títulos para leer, pero la mayoría de sus obras son crónicas o relatos cortos –género que hoy me cuesta más, hasta que caché que Tengo Miedo Torero es su única novela. La idea de leer este libro se me cruzó justo un poco antes de la muerte de Lemebel, por tanto, cuando quise comprarlo estaba agotado en todos lados. Para mi suerte, mis lindxs hermanitxs me lo regalaron (¡ J !).

Este libro es la historia de una amistad, específicamente, de un amor truncado, incompleto, en donde la protagonista indiscutida es la adorable Loca del Frente, quien, con sus melodías, risa fácil e ingenuidad, se roba todos los aplausos. Lemebel nos relata minuciosamente la compleja psicología de La Loca, su triste pasado y su difícil presente como transexual en un país todavía muy cartucho, y cómo sobrevive el día a día ya muy alejada de “las pistas”, pues, intenta forjar un presente honesto lejos de su anterior forma de vida. El pasado de La Loca marca toda la novela, de familia humilde y padre abusador, Lemebel nos cuenta sus años de miseria, alcoholismo y prostitución. Sin embargo, La Loca logra conmovernos con su espontánea alegría, ternura y música del recuerdo: en este libro son comunes las baladas, los tangos y los boleros, lo cual nos hace imaginar algún boliche perdido.

Escrita en tercera persona, Tengo miedo Torero, hila dos relatos paralelos. Por un lado, la ya mencionada historia entre La Loca y Carlos, y sus respectivos amigos, y, por otro, un burlón relato sobre Pinochet y su señora, Lucía Hiriat como protagonista. En este última, Lemebel apuesta por mostrar a una primera dama de gustos refinados pero vulgares, poco tino y mucha ignorancia. Lo particular de este relato –que, por cierto, es mucho más breve que el principal– es que Lemebel nos muestra a un Pinochet sumido por sus miedos con base en una infancia infeliz y solitaria y, por el contrario, la mala y frívola es Lucía, quien no para de cotorrear sobre el acontecer nacional desde su particular punto de vista. De este modo, estas dos historias ambientadas en el mismo año 1986, el año de las primeras protestas organizadas por la oposición en contra de la dictadura, van desarrollando dos polos opuestos: el del poder y el del mundo popular.

Tengo miedo torero es una historia que intenta provocarnos a través de la narración de la subversión política y la marginalidad sexual. Lemebel desafía lo políticamente correcto y se sumerge en el relato y visibilización de la homosexualidad abyecta y su cotidianeidad, porque La Loca, sin poder autodenominarse mujer ni tampoco hombre, nos abre todo un mundo hasta el momento oculto –su sexualidad, sus pudores, los encajes y el sudor.

A mi modo de ver, una de las claves de este libro es que no es una historia de amor común y corriente, sino que contiene muchos elementos especiales que la convierten en todo un hito de la narrativa chilena. La homosexualidad, el travestismo, la marginalidad y la ternura, todo unido bajo la pluma cursi –en el romántico sentido del término– de Lemebel. Tengo miedo torero es una historia que busca provocar nuestra moral tradicionalista, que nos habla de política, del mundo popular y de hijos huachos nacidos en cuerpos equivocados, de fluidos corporales y amoríos, siendo La Loca del Frente la protagonista indiscutida de la novela, quien viene a encarnar el desarme de un país, torturado abandonado y prostituido.

Es cierto que Lemebel logra exponer los sentimientos de La loca del Frente de una manera tan pasional y tierna que es imposible no caer ante sus encantos. Sin embargo, el autor nos muestra a La Loca bajo el perfecto estereotipo de la mujer enamorada: sumisa, atenta, servicial, con gustos muy ‘femeninos’, en suma, como una mujer dispuesta a todo por amor. Claro, sin dudas, se trata de mostrarla de la manera más ‘femenina’ posible, llegando incluso al borde de la reproducción de los estereotipos de género, ¿habrá sido necesario?

Hay quienes hablan de esta novela como un espejo de la vida del propio Lemebel. En muchos sentidos, se puede leer esta historia como la de su propio autor, artista homosexual de origen pobre. Lemebel, nacido en 1952 en Zanjón de la Aguada, vivió una infancia burlada por el hambre y la violencia física y psicológica, aristas que queda de manifiesto en muchas de sus obras, las cuales relatan la precariedad y marginalidad social, la mayoría de la veces, oculta en el quehacer literario chileno.


Maquillado y de taco alto, Lemebel fue un artista icónico de la escena artística de los años 80. Junto a su colectivo cultural, Las Yeguas del Apocalipsis, el autor desde ya, intentaba desafiar el conservadurismo social de la clase política chilena, a través de llamativas presentaciones en vivo, las que incluían el travestismo y la provocación. Cabe destacar que su homosexualidad fue siempre un tema en los círculos en los cuales se desenvolvía: por un lado, Lemebel, titulado de profesor de Artes Plásticas, fue excluido de la enseñanza en las escuelas, posiblemente  debido a su apariencia feminizada (por aquella época, las aprensiones eran aún mayores que ahora), y, por otro lado, su ingreso a la política, a través de la militancia en la izquierda chilena, también se vio rodeada de prejuicios, pues, su condición de homosexual le significó muchas barreras. Sin embargo, desde muy temprano contó con el generoso apoyo de diversas mujeres pertenecientes a la clase intelectual: Nelly Richard y Diamela Eltit fueron algunas de sus amigas más cercanas, lo cual demuestra la estrecha relación que el autor logró forjar con la elite intelectual chilena, lo que sin dudas contribuyó a abrirle muchas puertas –y sí, en Chile somos muy clasistas.

En suma, Pedro Lemebel se consagra indiscutiblemente como parte importante de la narrativa chilena contemporánea: su afán por querer retratar la sociedad criolla a través de una aguda mirada sociopolítica y un riquísimo humor le confieren tan preciada posición. Con la total irreverencia, osadía y originalidad de su escritura, Lemebel desafió toda norma literaria en nuestro país, hasta entonces muy conservador en su arte. Sin dudas, es un autor indispensable en la narrativa chilena, y uno de mis favoritos.

Portada del libro
Editorial: Seix Barral
217 páginas




lunes, 30 de noviembre de 2015

Travesuras de la niña mala (2006), Mario Vargas Llosa

Hace rato que tenía ganas de leer alguna novela de Mario Vargas Llosa. Siempre me ha llamado la atención la gran cantidad de libros suyos en cada librería; montones de títulos. Leí La ciudad y los perros pero hace tanto tiempo atrás. Travesuras de la niña mala me la recomendó un vendedor en una QuéLeo y dio en el clavo.

Vargas Llosa nació en 1936 en Arequipa, Perú, y es reconocido como uno de los grandes escritores hispanoamericanos de todos los tiempos. Fiel representante del llamado Boom Latinoamericano, Vargas Llosa desafió los convencionalismos de la escritura incursionando en temas como la política, la crítica y el erotismo a través de nuevas técnicas narrativas. Es necesario señalar que ha ganado numerosos e importantes premios a lo largo de su carrera, entre los cuales destacan el Premio Nobel de Literatura concedido el 2010 y el Premio Príncipe de Asturias, en 1986. En marzo próximo cumplirá 80 años (¡!) y publicará su reciente Cinco Esquinas. 

El tema manifiesto de Travesuras de la niña mala es el de una historia de amor. Se trata de la relación tormentosa y enfermiza entre dos amantes que dura más de cuarenta años. Durante estos cuarenta años, el autor nos hace viajar por diversos escenarios geográficos y sociopolíticos: desde la conservadora Lima de los años 50, por el París turbulento y artístico de los 60, pasando por Londres de los 70, para llegar a la moderna Tokio y la desinhibida Madrid en los 80. Estas ciudades se transforman, a su vez, en verdaderas protagonistas de la historia, pues, Vargas Llosa se encarga de describir de manera muy prolija cada uno de los barrios en los cuales se desenvuelven los protagonistas, rescatando la esencia propia de cada uno de ellos, a través de las aventuras de los protagonistas, autoexiliados de Perú.

Ricardo Somocurcio es el narrador protagonista de esta historia que comienza en Lima cuando él era sólo un adolescente. Ricardo, después de la muerte de sus padres, vive con su vieja y querida tía en el barrio de Miraflores, el cual se ve sorprendido por la llegada de dos encantadoras hermanas, “las chilenitas”, que causan gran simpatía y admiración entre los jóvenes del barrio, debido a la picardía de sus bailes y sus cándidas sonrisas. Una de las chilenitas es Lily, quien se roba el corazón de todos, incluido el de Ricardo. Aquí comienzan las travesuras de la niña mala.

Mario Vargas Llosa

En su narración Ricardo nos detalla con lujo de detalles sus encuentros y desencuentros con Lily, quien se enreda en su vida para siempre. La complejidad psicológica de Lily queda de manifiesto en las diversas caras que exhibe a lo largo de la historia, pues, en cada escenario la niña mala aparece y desaparece bajo múltiples máscaras: bien puede ser la tierna chilenita de la juventud o la inquieta camarada Arlette que llega arrancando a Paris, pero también es capaz de lucir con su elegancia como Madame Aurnox y la distante Mrs. Richardson, o desafiar a Ricardo como la excéntrica Kuriko, hasta llegar a conmoverlo como la pobre Otilita. Las constantes transformaciones de la chilenita dejan abatido a Ricardo, sin embargo, su amor hacia ella crece aún más, pues, se esfuerza por comprender el confuso mundo que rodea a su amada  para, de este modo, protegerla y justificar sus mentiras. La identidad de Lily es un completo misterio hasta casi el final de la historia. Es este viaje en el tiempo y en el espacio lo que llena de energía a la novela.

El amor, tópico popular por excelencia, se viste con los trajes de la decepción, la compasión y el erotismo. Ricardo y la niña mala cultivan una relación, quizás, de amor nada romántica, pero sí muy típica: la de los polos opuestos. Él, ya adulto, un traductor de la Unesco sin mayores aspiraciones que el día a día –“un pichiruchi”–, y ella, una mujer calculadora y ambiciosa dispuesta a todo, parecen el ejemplo perfecto de una pareja destinada al fracaso amoroso. La ambición de la niña mala y su intento por ascender socialmente son el motor que estimula esta historia. “Ya no era aquella muchachita vulnerable que, pasando mil pellejerías, había salido adelante gracias a una audacia y una determinación poco comunes; ahora era una mujer hecha y derecha, convencida de que la vida era una jungla donde sólo triunfaban los peores, dispuesta a todo para no ser vencida y seguir escalando posiciones”.

Mucho podemos discutir sobre el amor en literatura, sobre su grandeza, su perversidad, su ingenuidad, pero siempre tropezaremos con las mismas imágenes estereotipadas: el amor como sufrimiento y, a la vez, como felicidad. En esta historia el amor adquiere ambos rostros. Ricardo no sabe vivir sin la niña mala, es un amor morboso e inevitable que le causa mucho daño: “Porque, para qué negarlo, la amaba cada día más. Y la amaría siempre, aunque me engañara con mil fukudas, porque ella era la mujercita más delicada y bella de la creación: mi reina, mi princesita, mi torturadora, mi mentirosita, mi japonesita, mi único amor”. Amor enfermizo como amor incondicional. Dicho de este modo, puede que la trama cause cierto rechazo debido a lo aparentemente obvio de sus argumentos, pero no lo creo, pues, pese a lo irracional, es una historia compleja llena de símbolos que conmueven. A través de los personajes de Lily y Ricardo exploramos distintos ángulos de las relaciones humanas –la envidia, la decepción, la indulgencia, el desengaño, la alegría y lo ético en un ir y venir emocional.

Por último, respecto a la forma en que está escrita la novela, debo admitir que me gustó muchísimo. Aunque un capítulo se me hizo especialmente largo y un poco fatigoso (no diré cuál), puedo decir que quedé bastante complacida, y quiero seguir leyendo más de sus novelas. Travesuras de la niña mala es una narración rápida, ligera y muy cercana, con diálogos intensos, pero también divertidos. En definitiva, Vargas Llosa se la juega con esta suculenta historia de amor poco convencional, la de un hombre sometido a los antojos de una  decidida y valiente mujer. ¿Qué si recomiendo su lectura? Absolutamente sí.


Portada del libro
Editorial: De Bolsillo
418 páginas




lunes, 12 de octubre de 2015

Formas de volver a casa (2011), Alejandro Zambra

Formas de volver a casa (2011) es la tercera novela del chileno Alejandro Zambra. Las predecesoras Bonsái (2006) y La vida privada de los árboles (2007) le significaron al autor gran reconocimiento, tanto a nivel nacional como internacional, situándolo como uno de los escritores jóvenes más talentosos de habla hispana. Zambra, además de ser novelista, es poeta; después de salir del colegio estudió Literatura Hispánica en la Universidad de Chile y actualmente se desempeña como profesor de literatura en la Universidad Diego Portales. A Zambra, como él mismo ha señalado en diversas entrevistas, le interesa mucho ampliar la forma en que se entiende la escritura literaria, y en Formas de volver a casa podemos apreciar esta intención.

El autor
El libro es una historia de recuerdos y melancolía, es una reflexión sobre el pasado y el presente desde la perspectiva del protagonista; pero es también la historia de un país, de una familia, de un niño que crece. Es preciso advertir que la lectura de Formas de volver a casa puede no agradar a todos –a mí me costó agarrarle el ritmo-, porque se trata de un juego metaliterario, en el cual el autor da a entender a sus lectores que el narrador de la historia puede ser él, o bien no. Así es como Zambra se refleja, se incluye en la historia y nos cuenta sobre el proceso de escribir esta novela, pues tal como él dice: “aunque queramos contar historias ajenas terminamos siempre contando la historia propia”, y yo no puedo estar más de acuerdo (de hecho, es un poco lo que hago en estas reseñas).

La historia está dividida en cuatro capítulos, separados en dos grandes relatos aparentemente paralelos pero que se entrecruzan continuamente. El primer relato es la historia de un niño que vive con su familia en la comuna de Maipú en la década de los ochenta; este niño tiene nueve años y nos cuenta que una niña un poco más grande que él le encarga una misión secreta, la cual  le trae grandes aventuras y descubrimientos. El segundo relato nos sorprende, porque el niño –ya adulto– nos cuenta que lo que acabamos de leer es ficción, porque esa historia es la novela que él está intentando escribir a partir de sus recuerdos. En este relato el narrador/autor es un escritor medianamente conocido, vive en La Reina y nos detalla sobre el angustiante proceso de escribir sobre sus memorias de infancia: “Avanzo poco en la novela. Me paso el tiempo pensando en Claudia como si existiera”. Al mismo tiempo, el narrador –en una especie de soliloquio– va contando detalles cada vez más íntimos y más oscuros, deshaciéndose de todo pudor y conservadurismos.

Ambos relatos van fundiéndose a medida que pasamos las páginas. Lo interesante es que al recordar su infancia, Zambra pone de manifiesto la historia desde la perspectiva de un niño, la mayoría de las veces ignorada por las fuentes oficiales. De este modo, al igual que Gabriel Salazar en Ser niño huacho en la historia de Chile, propone situar a los niños –“eternos personajes secundarios”– como personajes importantes de la historia, reivindicando su derecho a voz: “Los niños entendíamos, súbitamente, que no éramos tan importantes. Que había cosas insondables y serias que no podíamos saber ni comprender. La novela es la novela de los padres, pensé entonces. Crecimos creyendo eso, que la novela era de los padres”.

Formas de volver a casa es una novela breve, con una edición generosa en espacios y márgenes, que se lee con rapidez. No hay frases enredadas sino economía en su escritura; lo cual agradezco enormemente. Por otro lado, hubo muchas frases o ideas que llamaron poderosamente mi atención, y es que tengo la costumbre de rayar en los libros ciertas frases o pasajes con los que, de alguna u otra manera, me siento identificada, y este libro me dio muchas oportunidades para hacerlo, porque se trata de una novela que nos hace sentir. Es de esas que te gustan o no te gustan, pero no quedas indiferentes frente a ella.

Los años ochenta, Maipú, los padres, son, a mi modo de ver, los principales componentes de Formas de volver a casa. El protagonista recuerda con cierta ternura y nostalgia su pasado en su casa familiar y cómo fue su infancia alejada de los acontecimientos políticos de ese entonces. Es así como Zambra reconstruye la imagen de una típica familia chilena de clase media de los ochenta: sin pasado, sin historia, ni ricos ni pobres, sin muertos, sin heridos. Este punto es importante porque para reconstruir nuestro pasado es inevitable hurgar en las historias de nuestros padres, y reflexionar sobre cómo construimos nuestras vidas a partir de las de ellos: ¿nos gusta cómo ven la realidad nuestros padres?, ¿quisiéramos parecernos a ellos? Son algunas de las preguntas que plantea el narrador, preguntas que todos y todas nos hacemos alguna vez. “No puedo creer lo que acaba de ocurrir. Me molesta ser el hijo que vuelve a recriminar, una y otra vez, a sus padres. Pero no puedo evitarlo”. Se trata de buscar los orígenes, de rastrear nuestra identidad, de la necesidad o no de volver a casa. Me gustó esta novela, no tanto su trama, pero sí la honestidad de sus líneas.

Portada del libro
Editorial: Anagrama
168 páginas

lunes, 31 de agosto de 2015

Mala onda (1991), Alberto Fuguet

Ahora bien, sobre literatura chilena les comentaré sobre Mala onda, novela escrita por Alberto Fuguet y publicada el año 1991 en Buenos Aires. Fuguet es frecuentemente categorizado dentro de la nueva narrativa chilena, movimiento que agrupa a diversos autores que, con la vuelta de la democracia en los noventa, comienzan a alcanzar gran notoriedad en la escena pública, destacando autores como Gonzalo Contreras y Marco Antonio de la Parra, entre otros. Pero, ciertamente, es Fuguet con su Mala onda quien se convierte en el gran símbolo de aquel movimiento, distinguiéndose por sus agudos comentarios sobre la literatura y cultura chilenas. Mucho se ha dicho sobre esta novela: que es buena, que es mala, que es aburrida, que es un cliché; pero quise descubrirla por mí misma.

Mala onda es la historia contada en primera persona de Matías Vicuña, un indisciplinado adolescente de 17 años proveniente de una acomodada familia del barrio alto santiaguino. La novela está escrita en forma de diario de vida, pues va desde el 3 de septiembre de 1980 hasta el 14 de septiembre del mismo año, periodo en el que se realizó un referéndum con el objetivo de aprobar la Constitución Política de 1980. Mala onda comienza en Rio, en un viaje de estudios que realiza el protagonista con su curso. El viaje resulta muy estimulante para Matías, pues le proporciona placer, libertad y un sinfín de aventuras en compañía de sus nuevos amigos brasileños; todo esto en contraste con lo gris que le parece Chile: Santiago sitiado por la dictadura, el conservadurismo y la mala onda de la cotidianidad.

A lo largo de la historia, Matías nos cuenta cómo pasa sus días en la ciudad, nos habla de su familia, sus amigos, su colegio, las fiestas, las películas, los lugares de moda que frecuentan… Todo pareciera ir bien –o al menos no tan mal–, sin embargo, el protagonista expresa constantemente una excesiva angustia y soledad, pues a pesar de estar rodeado de gente, se siente vacío, ahogado. “Era como si no pudiera estar acá. Había algo de miedo, un ruido ausente, como cuando uno de estos milicos dispara un arma vacía; algo de asco, de cansancio, una desconfianza que me estaba haciendo daño, que no me dejaba tranquilo. Pero no era sólo eso: era mi familia, quizás; los amigos, la ausencia de minas, la onda, la falta de onda, la mala onda que lo está dominando todo de una manera tan sutil que los hace a todos creer que nada puede estar mejor, sin darse cuenta, sin darnos ni cuenta aunque tratemos. La mala onda, el agobio”. 

Como consecuencia, a medida que pasan los días, Matías se ve cada vez más solo y rodeado de apatía. Muy aburrido de su entorno social, no tiene mayores motivaciones en el día a día, es por eso que necesita escapar, encontrarse consigo mismo. Un día, su amigo El Gran Alejandro Paz de Chile –así le llamaba Matías– le recomienda y le presta The Catcher in the Rye (El guardían entre el centeno, de J. D. Salinger) y este encuentro fortuito con aquella lectura cambia la perspectiva de Matías, quien se siente plenamente identificado con los problemas de Holden (el protagonista de aquel libro).

Alberto Fuguet.
La juventud chilena de clase media-alta es un lugar recurrente en los cuentos y novelas de Fuguet, razón por la cual muchas veces ha sido criticado de snob. En Mala onda lo que hace es retratar a la clase alta de los años ochenta, impregnada por la cultura pop norteamericana, lo cual se refleja en la idea de una sociedad chilena en pleno auge, mediatizada, exitista, consumista: “Providencia con Lyon, Paseo Las Palmas, el epicentro mismo, está repletísimo, como tiene que ser. Es uno de los pocos lugares que salva. Puros edificios nuevos y locos y cantidad de gente conocida comprando ropa o dando vueltas”. Pero también nos cuenta sobre los problemas personales de una clase social y el insistente arribismo propio de nuestra cultura: «el qué dirán» y las apariencias de una familia armónica y feliz que intentan salvar los Vicuña; pues como nos cuenta Matías, su familia está rota y la relación con sus padres destrozada: “Pensé que mi viejo me iba a venir a recoger -le dije al taxista. -¿Perdón? -No, nada. Nada nuevo. No se preocupe. Nada que no pueda soportar”. A juicio de algunos críticos literarios, al centrarse básicamente en los  problemas de un joven de clase alta, la novela descuida el contexto histórico en el cual está inmersa, razón por la cual Mala onda es tildada de light o poco profunda, pues no se hace cargo de los conflictos políticos y sociales de los ochenta. Por mi parte, no comparto esta opinión. No creo que la responsabilidad de una novela –o cualquier otra creación artística– deba ser denunciar injusticias sociales. Si la novela da para eso: genial, pero si no: genial también.

Ahora bien, sobre mi experiencia leyendo este libro puedo decir que es bien ambigua. Por un lado, me gusta la forma en que escribe Fuguet: bien chilena, bien simple, divertida; es un libro que se lee de forma ligera porque está llena de frases cortas y rápidas, lo cual hace de Mala onda un libro muy amigable. Pero, por otro lado, hay algunos puntos que me hacen dudar sobre la legitimidad del relato, esta imagen algo excesiva de la juventud como una generación completamente desbordada: fiestas, drogas, sexo… ¿realista? Tal vez. Pero personalmente, me resultó poco convincente. En fin, a mi modo de ver, Mala onda que sí recomendaría.

Portada del libro
Editorial: Punto de Lectura
323 páginas

domingo, 26 de julio de 2015

Éramos unos niños (2010), Patti Smith

Quizás más de alguno habrá oído hablar de Patti Smith, sin embargo, yo la conocí recién este año y todo gracias a una revista de papel cuché, en donde una escritora chilena señalaba que éste era un gran libro, y vaya que no se equivocaba. Lo busqué en librerías de Santiago y Valparaíso sin éxito, lo encargué a The book depository y estaba agotado, pero afortunadamente lo encontré en una librería en Temuco y fue una tarde muy feliz.

Primero, decir que Patti es una genia en el amplio sentido de la palabra: no sólo es escritora, sino también poeta, cantante, actriz, pintora, activista. Y en este libro es capaz de cristalizar todo su potencial en sinceras y sencillas prosas. Amé leer este libro, no sólo por la emotividad de sus líneas, sino también porque me recordó mucho a una amiga muy querida y vi su  historia de amor plasmada en esta obra.

Éramos unos niños (Just kids) no es una novela, sino un libro de memorias, y sus protagonistas son Patti y el célebre fotógrafo Robert Mapplethorpe, pero también lo protagoniza la encendida sociedad neoyorkina de los locos años sesenta y setenta. 

Patti y Robert <3

Este libro retrata la hermosísima historia entre Patti y Robert. Patti, una joven de 19 años proveniente de una familia pobre de un pequeño pueblo de Nueva Jersey, llegó a Nueva York con el sueño de ser artista; por su parte, Robert, hijo de la clase media conservadora norteamericana, ansiaba lo mismo. Ambos se conocieron de manera accidental en la gran ciudad, hecho que cambió para siempre el curso de sus vidas.  Sus personalidades, casi opuestas, se complementan de manera tal que ambos inciden permanentemente en sus posteriores obras; mientras Robert era más extrovertido y sociable, ella era más bien tímida y callada. 

A medida que transcurre el tiempo, Robert comienza a frecuentar personas y ambientes cada vez más glamorosos y sofisticados, sectores sociales que incomodaban a Patti, pues ella era una chica común y de modales poco refinados. Me encanta la sinceridad con la cual expresa: “Mis modales en la mesa horrorizaban a Robert. Yo lo percibía en su modo de apartar la mirada y volver la cabeza. Cuando comía con las manos, le parecía que llamaba demasiado la atención, aunque él llevara sobre el torso desnudo varios collares de cuentas y un chaleco de piel de carnero bordado. Nuestros reproches solían dar paso a las risas, sobre todo cuando yo señalaba aquellas discrepancias. Mis modales no mejoraron nunca, pero su indumentaria atravesó algunas etapas extremadamente estrafalarias”.

Éramos unos niños relata el enrevesado peregrinaje de estos personajes, juntos y separados, pasando por todo tipo de dificultades: problemas económicos, prostitución y crisis existenciales, pero siempre unidos por el amor al arte. En un comienzo fueron pareja, luego amigos y compañeros de trabajo, por eso es difícil categorizar la relación entre ambos, ya que escapa a todo convencionalismo rompiendo las normas preestablecidas para el amor. Creo que ésta es la historia de un amor sin prejuicios, sin rencores ni rivalidades, en donde la comprensión y la complicidad eran lo fundamental. En definitiva, se trata de un amor para admirar pese a que ambos tuvieron posteriores parejas y terminaron por caminos separados.

Sin embargo, lo atractivo es que no estamos únicamente ante un libro que retrata esta entrañable historia de amor de sus protagonistas, sino también es un libro dedicado al arte. Éramos unos niños es una aproximación a lo que fue su camino hacia la fama y el éxito; en donde Patti nos cuenta lo que sucede antes de convertirse en las estrellas que fueron después. 

A punta de esfuerzo y perseverancia, Patti y Robert se fueron integrando al círculo artístico underground de Nueva York, aquel en donde imperaban las aventuras, las drogas duras y, sobre todo, el rock and roll. Lo interesante es comprender cómo estos dos jóvenes, procedentes de entornos alejados del mundo artístico, logran ingresar, con talento y creatividad, a ese selecto grupo social. Janis Joplin, Jimi Hendrix, Allen Ginsberg y Andy Warhol son algunos de los artistas que solían frecuentar los protagonistas durante los agitados días en el mítico Hotel Chelsea; la autora narra diversas anécdotas vividas junto a ellos, en donde la imaginación era la invitada primordial. De este modo, el arte aparece como un refugio recurrente ante la soledad, pero también como modo de conocerse a sí mismos. Fuera de la academia y los tecnicismos, intentaron ser artistas: Robert en la fotografía, Patti en la poesía y la música. 

A lo largo de los años intercambiaron los roles de artista y musa, apoyándose mutuamente en el proceso creativo; siempre cómplices, no se separaron hasta alcanzar sus objetivos. “El muchacho que yo había conocido era tímido y tenía dificultad para expresarse. Le gustaba dejarse llevar, que lo cogieran de la mano para entrar sin reservas en un mundo distinto. Era masculino y protector, pese a ser femenino y sumiso. Meticuloso en su vestuario y modales, también era capaz de un desorden atemorizante en su obra. Sus mundos eran solitarios y peligrosos, y vaticinaban libertad, éxtasis y liberación”.

Este libro de Patti Smith nos hace reflexionar sobre el amor y el arte, ¡qué perfecta combinación! Estoy demasiado feliz de haberme cruzado con este pequeño tesoro. Éramos unos niños es definitivamente un libro que quiero volver a leer.


Portada del libro
Editorial: Lumen
304 páginas