miércoles, 17 de diciembre de 2025

Mirarse de frente (1996), de Vivian Gornick

Vivian Gornick es periodista, escritora y activista feminista estadounidense. Nació en el Bronx, Nueva York, en 1935, hija de migrantes judíos. Para Gornick, la ciudad de Nueva York no es solo el telón de fondo de su obra, sino el escenario vital donde se construye su conciencia política, su mirada feminista y su modo de estar en el mundo. Mirarse de frente, publicado por primera vez en español el año 2019 (y con mucho éxito), es una recopilación de siete ensayos que dialogan entre sí con una coherencia notable. No son ensayos dispersos: es un sistema.

Este es el tercer libro que leo de Gornick. El primero, que ya reseñé aquí, Apegos Feroces, es un libro enorme —en el sentido emocional e intelectual— en donde la autora narra el vínculo feroz y enredado con su madre. Ahí aparece con fuerza una pregunta que atraviesa toda su obra (la que al menos yo he leído): ¿cómo las mujeres llegan a ser quienes son? ¿cuánto es heredado? ¿cuánto es posible cambiar?

En Mirarse de frente, esas preguntas no se dirigen solo a ella, sino también al mundo que la rodea: el feminismo, la soledad y la ciudad, los que, a mi juicio, son los tres grandes ejes del libro. Tres formas —complementarias y tensas a la vez— de pensar lo mismo:  la construcción de una identidad autónoma en un mundo que no ha sido diseñado para que una mujer viva como sujeto independiente.

Feminismo y trabajo: el mito fundacional

Para Gornick, el feminismo de la segunda ola fue un hogar. El feminismo se vivía como una comunidad intensa, vital, electrizante. Desplazó el amor romántico del centro: “La emoción de la realidad feminista me hizo renunciar de buen grado al sentimentalismo y encontrar placer en la perseverancia. Lo único importante, me decía, era el trabajo.”

Ser feminista a comienzos de los setenta fue una revelación total: “¡Qué bendición que te toque vivir ese despertar! Ningún “te quiero” del mundo le llegaba a la altura. No había otro sitio donde estar, salvo con las demás. Todas vivimos entonces dentro del abrazo holgado del feminismo. Creí que pasaría allí el resto de mi vida”.

La comunidad feminista le prometía algo radical: no volver a estar sola. Pero ese hogar se disolvió. Y con su desaparición, volvió la soledad. Ahí emerge el núcleo duro del libro: cuando la comunidad cae, queda el trabajo: “Trabaja, me decía, trabaja duro. Es lo único que tienes.” El trabajo intelectual aparece como la única forma de soberanía real. Gornick entiende algo brutal y verdadero, y es que el poder sobre la propia vida solo llega con el control del pensamiento propio (uff). Fácil de decir, sin embargo, una tarea que toma toda una vida.

La independencia me permitió pensar. Cuando pensaba, me sentía menos sola. Me tenía a mí de compañía. Me tenía a mí, y punto. Sentí el poder de la sabiduría renovada [...] Todo el que se ha molestado alguna vez en indagar en la naturaleza de la soledad humana ha entendido que solo la mente trabajadora de uno mismo quiebra la soledad del ser”.

Por eso el feminismo funciona casi como el mito fundacional de la independencia; mientras que el trabajo intelectual es la forma encarnada de esa independencia: 

pensar = existir por cuenta propia.


Vivir sola: cuando la épica se termina

Pese a vivir en Nueva York, Gornick vive sola, como gran parte de sus amigos y círculo de conocidos. Para ella, vivir sola no es solamente un hecho material, es un estado emocional, casi filosófico: “Un buen día me di cuenta de que estaba sola, y no solamente en casa sino en el mundo.”

La independencia que en el feminismo era épica y colectiva, en la vida cotidiana es, por el contrario, silenciosa, insistente, llena de huecos. Aquí el feminismo baja a tierra y se pone incómodo: ¿qué significa ser autónoma cuando ya no hay consignas, ni abrazos colectivos? La respuesta de Gornick es clara y nada romántica: la independencia se trabaja. Y va más allá aun: la soledad no es el precio de la independencia, sino su condición de posibilidad. Pensar —y escribir— solo es posible en soledad.

La ciudad, las amistades, el deseo de ser vista

Nueva York no es un decorado; es un laboratorio urbano. Gornick es una flâneuse: camina, observa, escucha. Una frase al pasar, una pose o una escena mínima se vuelven materia pensante. “Fue también el día que comprendí por qué paseaba, por qué soy una caminante de ciudad.”

Las amistades ocupan aquí un lugar central. Son el espacio donde Gornick es y quiere ser vista. Algo que ni el amor romántico ni la militancia le garantizaron siempre. “[A mis amigos] los quiero por la conversación que compartimos. En respuesta a la forma de sus frases, las mías crecen y se liberan”. Con sus amigos, Gornick se sentía en confianza: “Sentía entonces que llevaba desde que tenía uso de razón luchando por tener la atención total de alguien en la conversación. Ya la tenía, podía respirar tranquila. No tenía que ser ágil, podría pensar antes de hablar.

La ciudad cumple, en este sentido, tres funciones clave: es una fuente de constante estímulo, es una importante red afectiva y, al mismo tiempo, es el espejo que le devuelve reflejada su imagen de mujer sola, trabajadora, feminista, pensante.

Me gustó muchísimo este libro, pese a que lo leí en muy fragmentadamente. A lo largo de toda la obra, los tres grandes ejes del libro —feminismo, soledad y ciudad— se presentan como capas de una misma idea que es, pienso, la necesidad de construir una vida interior suficiente para sostenerse sola, pero sin renunciar nunca al mundo/la ciudad.

El trabajo es una herramienta central para hacer frente a la fragmentación del feminismo, al silencio del departamente, a la saturación y aislamiento emocional en la ciudad. Gornick es una escritora profundamente lúcida —a ratos desordenada—, pero me obligó a pensar, a subrayar, a llenar los márgenes de notas hasta poder traducir todo eso en este relato. Y en tiempos como estos, no olvidarse ya es bastante.




Portada del libro
151 páginas
Editorial Sexto Piso



lunes, 24 de noviembre de 2025

Mano de obra (2005), de Diamela Eltit


"Me impulsa a pensar que el trabajo, al que le dedico toda mi energía, no vale la pena"

 

Diamela Eltit es una escritora y académica chilena, nacida en Santiago en 1947. Su trayectoria está atravesada por la escritura y la acción política. En los setenta fue una de las fundadoras del Colectivo de Acciones de Arte (CADA), un grupo de resistencia estética y política contra la dictadura que intervino la ciudad como espacio de disputa, usando calles, edificios y espacios públicos para cuestionar el control, la vigilancia y la violencia estatal. Mientras esas intervenciones desafiaban el orden impuesto, Eltit escribía —sola, con rigor— y en 1983 publica Lumpérica, su primera novela, centrada en una mujer que deambula por la Plaza de Armas en plena dictadura. Ahí ya se asoma su agenda: lo político, lo urbano, el cuerpo, la literatura como fricción.

En Mano de Obra, publicada en 2005, lleva esa preocupación al extremo. La novela trata de un grupo de trabajadores de un supermercado, precarizados y vigilados, que intenta sobrevivir entre turnos extenuantes y una vida comunitaria igual de agobiante. En esta novela corta, Eltit traza un retrato crudo sobre la alienación laboral y la violencia estructural que sostiene la vida cotidiana en el Chile neoliberal del nuevo milenio.

La obra se divide en dos partes: primero, la relación con las cosas la mercancía, la compra, la experiencia del consumidor y los tipos de clientes, y luego, la segunda, la vida comunitaria de un grupo de trabajadores del supermercado que sobre-viven en una casa arrendada. Los sueldos son bajos, los cuerpos están cansados y la convivencia es un pacto frágil: repartirse las tareas, organizar los turnos, resistir como se pueda. No hay conciencia de clase, no hay épica: cada uno pelea solo por un destino que nunca mejora.

A mi modo de ver, el corazón de la obra está en las escenas laborales. Eltit escarba en algo que todos conocemos: la experiencia de comprar en un supermercado, ese espacio higienizado que parece tan neutro y, sin embargo, es el backstage del trabajo más repetitivo y vulnerable. En este microcosmos aparece la figura del supervisor, una especie de dictador doméstico: vigila, castiga, humilla. También está el obrero más viejo, aquel que hace que su antigüedad en el cargo funcione como jerarquía. Por otro lado, hay jóvenes, mujeres embarazadas,y otros tantos trabajadores agotados, y lo que todos tienen en común: cuerpos sometidos, con labores intercambiables y una falsa sensación de ascenso, poseídos por la maquinaria que los usa y los bota. 


Diamela Eltit fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura el año 2018.

Una idea que persiste en el libro y deja pensando es que el trabajo del supermercado —ese trabajo repetitivo, alienante, casi coreográfico— no solo organiza la vida de los personajes, sino que los desgasta mental y moralmente. La autora expone cómo la xplotación se filtra en los cuerpos, en las formas de hablar y hasta en la intimidad. En este sentido, la casa compartida aparece como extensión del supermercado: el mismo régimen, la misma fatiga, el mismo "no hay salida". Y lo brutal es que nadie elige estar ahí, simplemente no hay otra forma posible. Esta forma de miseria contemporánea nos muestra que la precariedad laboral no es un accidente, sino un sistema. Tener trabajo no garantiza una vida mejor.

La narración es vertiginosa, a ratos irónica, llena de voces que se superponen. Es una novela con un lenguaje profundamente chileno, con garabatos y modismos que no buscan costumbrismo, sino decir una verdad. Decir “conchesumadre” en la calle o en una conversación es fácil, pero leerlo impreso en un libro es otra cosa. Ese choque es deliberado. Para Eltit, la literatura no es tibia ni decorativa; su fuerza está justamente en mostrar la aberración tal cual es.

Mano de Obra es un texto duro y, por lo mismo, profundamente político. Escribir desde los márgenes —como lo han hecho tantas autoras y autores— exige lectores atentos, curiosos y dispuestos a mirar más allá de la forma. Eltit vuelve a interesarse en espacios de alta supervivencia: el supermercado como periferia vigilada, donde la opresión es constante y sobrevivir requiere estrategias casi animales. La novela nos obliga a mirar ahí donde normalmente pasamos de largo. Es breve y oscura: no ofrece salidas, solo muestra la maquinaria funcionando.

Este libro me lo regaló mi cuñado el día de mi cumpleaños. Es muy especial porque es mi primera vez leyendo a Eltit y, además, cayó justo cuando estaba buscando lecturas cortas (y sigo en lo mismo, he sido una pésima lectora, acepto recomendaciones). Fue, digamos, el empujón perfecto para volver a leer.


Portada del libro
Editorial Seix Barral
140 páginas


domingo, 1 de junio de 2025

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), de Oliver Sacks

Uno de mis últimos libros leídos. Llegué a él gracias a un podcast sobre libros (Primer Párrafo en Spotify) que me tiene completamente enganchada, así que en cuanto lo vi en una librería lo compré, lo empecé y no lo solté más. El hombre que confundió a su mujer con un sombrero es una obra única: un conjunto de 24 relatos que mezclan ciencia, psicología y literatura, y en donde se exponen diversos casos clínicos —todos reales— que, más allá de describir enfermedades neurológicas, son verdaderas entradas a las complejidades de la mente humana. A través de una prosa original, el autor analiza cómo los seres humanos desarrollamos múltiples maneras de percibir, interpretar y habitar el mundo, es decir, cómo, pese a las dificultades, buscamos mantener a flote nuestra identidad y nuestra memoria.

Oliver Sacks fue un neurólogo británico-estadounidense, muy reconocido no solo por su labor médica sino también por su capacidad para narrar las experiencias clínicas desde un enfoque profundamente humanista. Sacks fue un médico curioso y con un talento increíble para explorar hasta las capas más profundas de la mente humana, combinando la observación científica con una capacidad literaria conmovedora.

La propuesta de Sacks se divide en cuatro apartados: (i) Pérdidas, que reúne casos de pacientes que han perdido funciones cognitivas, como la percepción visual o la memoria; (ii) Excesos, en donde el autor describe situaciones en las que se intensifican ciertas funciones del cerebro como los tics o el síndrome de Tourette; (iii) Arrebatos, que aborda alteraciones profundas en la conducta la percepción; y (iv) El mundo de los simples, último apartado dedicado a personas con agudas discapacidades cognitivas, pero con formas singulares de experimentar el mundo. En esta recopilación hay 24 pacientes cuyas enfermedades son narradas desde una perspectiva médica, pero con una atención especial a su experiencia subjetiva. Aunque muchos de éstos aparecen como “sujetos fragmentados”, desconectados de la realidad, cada uno lucha por preservar su sentido del ser, en una tensión constante entre lo consciente y lo inconsciente, lo exterior y lo interior.


Oliver Sacks (1933-2015)

Estos relatos se construyen a partir de conversaciones entre Sacks y sus pacientes, así como de anotaciones médicas sobre las enfermedades a las que se enfrenta. Muchos de estos casos llegan a Sacks a través de sus compañeros médicos y enfermeras, quienes solicitan su opinión y observación. En algunos pasajes, se cuestiona su rol médico: “Vacilé, con miedo a estar yendo demasiado lejos, a estar desnudando a un hombre hasta dejar al descubierto alguna desesperación oculta, inadmisibible, insoportable”. La resignación y la tristeza que percibe en algunos de sus pacientes lo inquietan, no solo por el proceso personal que implica cada enfermedad, sino también al reflexionar sobre la falta de comprensión y de apoyo social que les rodea: “Él quería, clara y apasionadamente, tener algo que hacer: quería hacer, ser, sentir… y no podía; quería sentido, quería una finalidad", en palabras de Freud: “trabajo y amor”.

A partir de esta lectura, vuelvo a una pregunta que siempre ronda mi cabeza y que la literatura me ayuda mucho a explorar: la identidad. Aquí, el autor se plantea una y otra vez qué es lo que queda cuando ya no podemos narrarnos a nosotros mismos. La literatura de no ficción como las memorias, los ensayos autobiográficos o los diarios parte precisamente de la premisa de que narrarnos es una forma de afirmar quiénes somos. Ya lo dicen tantas y tantos autores, como Rosa Montero, Susan Sontag y Natalia Ginzburg: a través de la escritura podemos expresarnos libremente y, además, nos creamos a nosotras mismas. Pero ¿qué ocurre cuando esa capacidad de narración y, por tanto, de construir una identidad se ve entorpecida por nuestro propio cuerpo, por nuestro cerebro, específicamente?

Es precisamente esta pregunta la que atraviesa todos los relatos del libro. Uno de los aportes más valiosos es cómo el autor logra entretejer los aspectos biológicos y psicológicos de las enfermedades: las distintas alteraciones neurológicas descritas afectan no solo funciones cerebrales específicas, sino también la manera en que los pacientes construyen su subjetividad, sus recuerdos y sus emociones. Estas afecciones modifican drásticamente la manera en que una persona se autopercibe y se relaciona con el mundo. Cuando este proceso se ve interrumpido, pareciera que algo esencialmente humano se rompe.

Sin embargo, Sacks afirma que sí, incluso en las pérdidas, en los incrementos y en las alteraciones de nuestras capacidades queda algo humano. Y busca, en cierta forma, romper con los modelos clásicos de la medicina, y encontrar respuestas en lo relacional. La pregunta filosófica por excelencia —¿qué nos hace humanos?— no se limita al cuerpo biológico, pues, también somos emociones, vínculos y significados. Lo humano está en la emoción, en lo sensorial, es decir, en los momentos significativos del presente, como cuando un músico con Alzheimer se conmueve intensamente al oír su obra favorita; pero también está en el vínculo y en los afectos, en la mirada del otro, en la dignidad y en el respeto, como cuando alguien que ya no puede comunicarse ni ser plenamente consciente de sí mismo, es igualmente cuidado, amado y respetado por sus seres queridos.

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero trasciende el enfoque meramente médico. La obra es una visión conjunta de cuerpo y alma, lo que, a mi modo de ver, consiste en un homenaje a la complejidad de la mente humana y a la dignidad de quienes viven realidades mentales distintas a las normalizadas. Ojalá todo el mundo pudiera conocer este libro.

Portada del libro
Editorial Anagrama
328 páginas



martes, 20 de mayo de 2025

Yoga (2015), de Emmanuel Carrère

"Ayer, ademas de inquietarme me odiaba, lo cual es concederse demasiada importancia, pero eso es lo que pienso hoy. Soy cambiante, todos lo somos, el mundo es cambiante."


Este libro llegó a mí como regalo de Navidad hace unos años (aunque, siendo sincera, yo di algunas pistas para que me lo regalaran :p). Me costó enganchar: lo empecé y lo dejé, y recién lo retomé el otoño pasado. Pese a eso, Emmanuel Carrère sigue siendo uno de mis escritores preferidos, lo que tiene mucho que ver con mi afición por la no-ficción, ya sea en forma de memorias, diarios, crónicas o lo que sea. Carrère es un autor reconocido por sus biografías, reportajes y novelas, que suelen partir de un eje común: la autoficción. Y ahora que reviso mi blog, esta es la cuarta reseña que le dedico, y aún no he comentado los que han sido mis favoritos: De vidas ajenas y Limonov este último me parece, francamente, una obra maestra; me encanta la manera en que mezcla géneros para descubrir personajes tan inusuales como auténticos.

En Yoga vuelve a hacer algo similar, pero esta vez centrándose en distintos episodios de su vida. El relato comienza con una descripción detallada de su experiencia en un centro de meditación vipassana, en silencio absoluto durante 10 días. Al inicio, señala que buscaba escribir un libro ligero y sencillo sobre el yoga, pero el relato gira rápidamente: la depresión profunda, la hospitalización, los atentados al Charlie Hebdo, la crisis migratoria y una vida sentimental que se derrumba se intercalan con el detalle de las prácticas de yoga.

Casi todo lo que he leído de Carrère está escrito en primera persona, y este tono tan distintivo irónico, observador, a veces tan prejuicioso y narcisista lo hace extremadamente humano y revelador de pasiones que todos, en mayor o menor medida, intentamos mantener bajo control. Como él mismo declara: “Me gustaría ser un hombre bueno, ser un hombre volcado en los demás, me gustaría ser un hombre fiable. Soy un hombre narcisista, inestable, lastrado por la obsesión de ser un gran escritor. Pero es mi destino, es mi equipaje, hay que trabajar con el material existente y tengo que hacer la travesía dentro de la piel de ese individuo. Si al menos pudiese, sencillamente, mantener relaciones un poco más distendidas con él”.

El autor confiesa ser una persona egocéntrica, pero al mismo tiempo se expone vulnerable y, consciente de su posición de privilegio hombre blanco y burgués—, busca responder a la acusación de narcisismo que pesa sobre él como figura pública de interés. En Yoga se enfrenta a ese espejo, convirtiendo el narcisismo en materia literaria, cuyo tono atraviesa todo el relato. Puede ser incómodo de leer, pero la tensión es necesaria, a mi modo de ver, y puede llevarnos a la pregunta ¿es un testimonio o es una performance? Esta imprecisión incómoda y lúcida a la vez hace que valga la pena leerlo y discutirlo.

Emmanuel Carrère (París, 1957)


Carrère entrelaza su relato personal con enseñanzas y meditaciones orientales. Una cita que me impactó, por su fuerza y capacidad de síntesis, dice:

Según la tradición tibetana, los días que siguen a la muerte son mucho más cruciales que los que la preceden. El que acaba de morir penetra en un territorio intermedio, tenebroso, un laberinto psíquico cuya salida puede ser la liberación del samsara, también conocido con el nombre de la condición humana, es decir, una nueva encarnación, más o menos favorable, o sea, directamente el infierno. Esta twilight zone que todos debemos atravesar cuando muramos se llama el bardo”.

Considero que esta cita resume el núcleo del libro: la forma en que el autor transita esa caída a las tinieblas. Yoga se lee justamente como una travesía por un bardo contemporáneo, un viaje interno sobre la transformación y la pérdida de sentido. La narración está llena de momentos iluminados, pero también zonas densas y oscuras que parecen perder la forma narrativa errores, ironías, confusiones. Comprender la obra desde esta óptica, es decir, como un estado de transición, ayuda a entender lo que a primera vista parece una autobiografía errática y sin forma, en contraposición a la narrativa biográfica clásica.

El autor señala: “Escribir todo lo que se te ocurre sin desnaturalizarlo es exactamente lo mismo que observar tu respiración sin modificarla. En suma, es imposible. Sin embargo, vale la pena intentarlo”. Y es lo que ocurre: el yo narrador se disuelve, pasando de una narración introspectiva a una narración caótica, pero con aguda conciencia del sufrimiento, el deseo de sentido y también de las apariencias y la vanidad. Finalmente, en este caso, la escritura es lo único que ancla al sujeto y lo que le permite seguir siendo, combinando así el relato biográfico con una suerte de reportaje subjetivo, sin reglas fijas, cruzando las fronteras entre uno y otro género.



Portada del libro
Editorial Anagrama
320 páginas