domingo, 13 de septiembre de 2020

Space invaders (2013), de Nona Fernández

Si bien es su segundo libro que leo, Nona Fernández ya ocupa un lugar especial en mi corazón. Me gusta cómo piensa (a punta de ver sus entrevistas), me gusta lo que cuenta, y cómo lo cuenta: cómo adorna con sutileza y gracia frases simples y poderosas. Me gusta su forma de abrir su mundo y sus recuerdos en letras mediante un estilo tan singular como experimental.

Space invaders es una corta historia (77 páginas) sobre niñas, niños y misterios. También sobre la dictadura, la escuela y las familias. Nona Fernández se centra en un grupo de compañeros de curso, y los vuelve protagonistas, dando voz no solo a uno, sino a varios personajes que van entretejiendo esta historia en donde la verdad se confunde con las cosas nunca dichas, porque para los adultos todo lo importante era "cosa de grandes".


Ciertamente, “dar voz” a niños y niñas, sujetos históricamente silenciados en la Historia, siempre rezagados y nunca comprendidos, es un acto conmovedor, más aún si se trata de “los sin apellido, estudiantes de un liceo de mierda, sin tradición ni vista a la cordillera; todos cabecitas negras”. Estos niños y niñas del liceo son los personajes protagonistas, que si bien no son afectados directamente por la dictadura, están ahí, viendo y escuchando. Son testigos -aparentemente pasivos-, pero también sujetos protagonistas que recuerdan, rememoran y sueñan, intentando comprender lo que están viviendo, anhelando una respuesta. Tal como dice G. Salazar en Ser niño huacho,  “los niños, demasiado pequeños aún para hacerse cargo de los problemas de la vida, de la guerra, de la política, de la historia mundial ¡Pobrecitos! No pueden ser todavía, ni sujetos históricos, ni ciudadanos [...] Pueden comprender, sin ser comprendidos”.


Nona Fernández (1971-)


Nona Fernández intenta visibilizar infancias marcadas por la represión y el adultocentrismo, componiendo historias de dictadura a través de las miradas y experiencias de estos niños y niñas, en plena edad camino hacia la adolescencia (“ni tan chicos, ni tan grandes”), compleja bisagra en donde van construyendo su propia identidad. 


Pero también está la escuela. La autora la relata como centro de disciplinamiento, lugar en donde la militarización de la enseñanza y los comportamientos permitidos y no permitidos están grabados a fuego. Nona detalla cómo, a través de pequeñas estrategias cotidianas, el disciplinamiento era parte fundamental de la enseñanza: acciones como formarse en escuadrones a un brazo de distancia, llamarse por los apellidos, cantar el himno nacional, izar la bandera, los actos del 21 de mayo, refuerzan ideales de “nacionalismo banal” o la reproducción de la identidad nacional, sin cuestionamientos. La idea del “panóptico” de Foucault también está muy presente en este relato: el liceo, a través de sus figuras de autoridad (la estatua de la Virgen, el inspector; o incluso el “tío Claudio” desde su Chevy rojo), aparece como el guardián omnipresente que puede observar a todos sus estudiantes, y además, tal como lo dice un profesor “aquí se viene a estudiar, y no a hablar leseras”. Esto último parece un lugar muy común de los ochenta y noventa, en donde la desconexión con la política es enorme.


El libro contiene un poderoso relato, tan bien estructurado en tan pocas palabras. Su éxito va más allá de Chile y Latinoamérica, con su nominación al National Book Award, de Estados Unidos, el año pasado en la categoría Literatura Traducida. Space invaders cautiva, es un relato poético y rítmico sobre la memoria colectiva. Me recordó la narración de Lina Meruane, en su novela Sangre en el ojo, en donde lo que se cuenta se cuenta sin pausas, ni maquillaje, porque se cuenta “desde la guata”, desde la empatía, con mucho movimiento y encanto. Este estilo tan característico de Nona Fernández atrae a muchos/as lectores y a la crítica, porque es un estilo que experimenta y utiliza distintos recursos para atraernos: es una narración no cronológica, hay varias voces y personajes protagonistas, aportando distintos registros y estructuras, en forma de cartas, poemas, conversaciones y sueños, un poco al estilo Detectives salvajes de Bolaño, en donde distintos personajes se refieren sobre los mismos hechos, aportando detalles para armar un rompecabezas.


Nona Fernández se basa en la memoria colectiva, en los sueños y las pequeñas conversaciones para desarrollar esta potente trama. Las interrogantes y los secretos a voces eran la lucha cotidiana de toda una generación marcada por el ocultamiento de los crudos años ochenta.  Se trata de sueños de ñiños y niñas, marcados por recuerdos imaginarios, o reales, de los que no pueden escapar -como se menciona en el prólogo con la cita de Georges Perec-, y es que los sueños son recuerdos, y viceversa.



Portada del libro

Portada del libro 
77 páginas
Editorial Alquimia


martes, 18 de agosto de 2020

¿Quién se hará cargo del hospital de ranas" (1994), de Lorrie Moore

 “En comparación con lo que encontré allí, yo me había vuelto amarga, mala, sofisticada. Ya no conocía la amabilidad, no tenía una relación cotidiana con ella. No me topaba con personas agradables. Me encontraba con personas ingeniosas, endurecidas, capaces, exitosas, dramáticas. Algunas vulnerables. Algunas inseguras. Pero no agradables, no agradables como Sils”


¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? se centra muy principalmente en la amistad adolescente de Berie y Sils, y cómo ésta se convierte en un refugio tan importante en la vida de Berie, la protagonista: “El verano de mis quince años trabajé en un lugar que se llamaba Storyland con mi amiga Silsby Chaussée, de ella se trata todo esto”. Esta historia principal se ambienta en un pequeño pueblo llamado Horsehearts, en Estados Unidos de los años setenta. Barrios tradicionales, trabajos part-time, romances intermitentes, relaciones familiares y mucha música son algunos de los elementos de esta novela que nos invita a mirar de cerca la amistad entre mujeres -tan decisiva en la construcción de nuestras identidades-, y también cómo nos vamos alejando de todo aquello que parecía tan claro. 


Berie, ya adulta, comienza a recordar y reconstruir su adolescencia, centrándose en sus aventuras con Sils, su mejor amiga y confidente, con quien solía compartir tardes enteras buscando discos en tiendas, tomando helados, escuchando música, riendo y hablando de la gente del pueblo. Esta amistad a prueba de todo contrasta notoriamente con la relación que Berie mantenía con su familia, especialmente con sus padres, quienes parecían más preocupados de sus visitas y deberes: “Nuestros padres no sabían mucho de nosotros, creíamos, no se preocupaban mucho por hacerlo, como era frecuente en las grandes familias de aquellos tiempos. Mi padre ni siquiera podía reconocerme en un grupo, no podía encontrarme en la foto anual de toda la clase”.


Lorrie Moore (Nueva York, 1957)
Lorrie Moore (Nueva York, 1957)

 

Con canciones de Neil Young, Billie Holliday, Stills and Nash y Geordie, la protagonista se adentra en su vida adolescente de provincia, tan alejada de todo lo que ocurría en ese entonces, en donde todo les llegaba de manera tangencial, obligándolas a crear sus propias reglas y pequeños mundos. Dos chicas tranquilas que no tenían idea lo que la vida les deparaba: “Conspiradoras. Socias emocionales. Eso es lo que éramos”. Pero Berie era distinta, ansiaba una vida diferente a lo que ofrecía el pueblo, y tenía paciencia y fe.


Pintado así, Horsehearts aparece como el típico pueblo gringo de clase media, en donde las posibilidades eran mínimas y, sobre todo, predecibles: “Quizás en Horsehearts las únicas cosas posibles eran la postergación y la fantasía. Mi infancia no tuvo narrativa; todo era apenas una combinación de aire y falta de aire: esperar que la vida empezara, que el cuerpo creciera, que la mente se volviera temeraria”. Por eso la amistad con Sils era tan importante, por eso Berie busca un escape a su vida a los nueve años de edad, y ahí estaba Sils, en su sala de clases.


Lorrie Moore, famosa escritora estadounidense, autora de numerosas novelas, cuentos y ensayos, tiene 63 años y es considerada una de las escritoras más brillantes de su generación. Debo decir que hasta ahora no la conocía (¡gracias, club de lectura!) y este libro realmente me gustó mucho. Me vi subrayando muchas frases, tanto por lo bellas que me parecían o por el reflejo que veía en ellas, de mí, de alguna yo. Me gusta pensar en las novelas como un refugio, tal como lo menciona Lorrie en una entrevista, un lugar en donde podemos mirar el mundo, mirarnos a nosotros mismos y que la lectura nos provoque algo: ya sea risa, reflexión, nostalgia, querer compartirla, imaginar vidas posibles; lo que sea, pero que algo nos pase: se trata de ese click entre lector/a y escritor/a, y de descubrir una luz en donde solo hay palabras.


Portada del libro
175 páginas
Editorial Eterna Cadencia

jueves, 2 de julio de 2020

Okasan (2019), de Mori Ponsowy

Me gustaría saber qué piensa en este momento. Qué siente. Dónde está su corazón


Okasan es un libro muy bonito, lo disfruté mucho y me hizo ver nuevas perspectivas sobre las relaciones madre-hijxs. En general, he leído sobre estas relaciones, pero siempre desde el testimonio de los/as hijas/os, y nunca desde la vereda de una madre. ¿Qué se siente ver a los hijxs partir e iniciar sus propias vidas? ¿Cómo se re-inventa una mujer, que ha sido madre, y que siente que ya no juega ese rol?

Pero llegué a Okasan -gracias al Club de Lectura en el que estoy participando-, que es una especie de diario sobre el viaje de Mori, la autora siempre en primera persona, quien visita a su hijo Mati en Japón, país que éste escoge para seguir sus estudios de pre-grado. El libro se estructura en mini capítulos relatados en forma de diario-crónica, en donde la escritora va contando desde el día uno su llegada a tierras niponas. Okasan es un viaje que dura 14 días y nos muestra un poco sobre la cultura oriental y sus paisajes sobrecogedores, la fabulosa mezcla entre lo moderno y lo natural, lo cual me gustó mucho porque nos hace viajar junto a ella; pero también y, sobre todo, este libro nos habla de la experiencia de visitar a un hijo que crece y nos comparte las reflexiones y deseos entrampados de una madre que sufre, pero, al mismo tiempo, abraza su nuevo camino.


En este viaje, Mori nos abre su corazón, mostrándose frágil y vulnerable, aunque ante su hijo prefiere mostrarse políticamente correcta: una madre que entiende el camino hacia la adultez que éste va iniciando y, racionalmente, toma distancia, aunque le duele: “Me gustaría hablar con él más seguido”, “Tengo miedo, pero no sé a qué exactamente. Quisiera tomarle la mano pero no me atrevo”. Qué increíble pensar lo que algunas madres pueden sentir al vernos crecer y emprender una vida propia, un camino fuera de casa y sus reglas, totalmente fuera de su alcance. Su hijo crece, se hace adulto, se mueve por ciudades y pueblos lejanos con total seguridad; ella, en cambio, desconoce el idioma y se mueve torpemente, con estupor, y no entiende nada. De pronto, Mati es el adulto de la relación, le da órdenes, consejos y sigue su camino. 

Mori Ponsowy

La autora expone sus sentimientos con mucha delicadeza, no intenta ser neutra, ni tampoco lo consigue; el escenario cambió y entiende que ella debe cambiar también. Un nuevo rol le espera: “Tal vez estoy tratando de encontrarme en esta nueva mujer que, aunque tiene un hijo, ha dejado atrás su rol de madre. No soy del todo segura de quién soy, ahora. Tampoco sé con claridad hacia dónde voy, ni cuáles son las razones para seguir”. Siempre he pensado en aquellas mujeres que dedican toda su vida y energías a ser madres, digo, a ser en su opinión “madres perfectas 24/7”. Pero qué ocurre cuando los hijxs ya no las necesitan como antes, ¿en qué se transforma toda esa energía y ese amor? 

Okasan me pareció un libro bellísimo. Me encanta utilizar este adjetivo cuando algo me eriza la piel (es como: leí tal párrafo y ¿qué pasó? La belleza). La forma en que la autora se hace cargo de sus actos y la forma en que enfrenta su nuevo papel es sincera y apabullante. Mori reconoce en su hijo una persona singular, única, y ya no más una extensión de sí misma; reconoce “la vida que se está inventando, tan distinta, tan lejos de todo lo que conoció”, porque ahora es una madre que sabe que ya no puede cuidar o ayudar a este hijo que una vez fue suyo, y ahora es del mundo, como lo dice en algún capítulo. “Miro a mi hijo y veo a un joven que inventa su propia vida. Que se inventa a sí mismo. Saca de sí lo que no quiere y da forma y pule lo que le parece valioso”. Gracias, Mori, por construir este hermoso relato que me deja tanto en qué pensar.

Portada del libro
140 páginas
Editorial Reservoir Books

domingo, 14 de junio de 2020

Apegos feroces (1987), de Vivian Gornick

"Mi madre es una campesina urbana y yo soy la hija de mi madre"


Apegos feroces fue escrito por Vivian Gornick en 1987, y solo recién se editó al español el 2017. Estos treinta años marcan la distancia que el público hispano-parlante había tenido con esta escritora, hasta ahora. Y de pronto mucha gente lo estaba leyendo, hablando maravillas del libro. De tanto verlo, también me entró la curiosidad, y la excusa perfecta era que formaba parte de la lista de libros para leer en el Club de Lectura en el que estoy participando.

Apegos feroces es un libro en donde la autora reconstruye su infancia y juventud en el Bronx, lugar en donde vivió junto a su familia, inmigrantes judíos comunistas y de clase obrera, hasta los 21 años. La infancia de Vivian se debate entre dos principales figuras femeninas que, son un marco de referencia para la construcción de su identidad: por un lado, su madre, cuya pérdida de su esposo la deja en un agotado estado de depresión y, por otro lado, Nettie, la joven vecina del edificio, quien en su viudez encuentra en el sexo su camino hacia la liberación. Tal como dice Gornick: “Todas nos entregábamos a nuestros placeres: Nettie quería seducir, mamá quería sufrir y yo quería leer. Ninguna de nosotras sabía cómo imponerse una disciplina que condujece a la consecución de una vida femenina ideal y corriente. Y, de hecho, ninguna de nosotras lo logró”. 

La relación madre-hija es, por cierto, el eje protagónico del libro. Vivian Gornick es muy valiente al retratar su relación con su madre, y convierte todo el padecimiento y disputa en arte: porque se trata de un vínculo frágil y agotador, que empuja a la autora a hablar desde su propia herida. ¿Cómo es crecer luchando contra la madre? La vida de su madre gira en torno al amor de su fallecido esposo, en cambio, la vida Vivian es completamente diferente, pues, para ella el amor ocupa un segundo o tercer lugar. La autora reconoce que le costó años comprenderla. No la odiaba, pero luchaba contra ella, y ahí recae este apego: la madre que asfixia a su hija, pero al mismo tiempo le ofrece estabilidad. Una vez viuda, su madre comenzó a llenar todos los espacios, hasta el hastío. “Liberarme de mi madre. Me ponía la piel de gallina. Estaba en todas partes, encima, dentro y fuera de mí [...] no podía escapar de la naturaleza apabullante y claustrofóbica de su presencia, de su ser, de su asfixiante y sufriente calidad de mujer”.


 Periodista, escritora y activista feminista estadounidense, considerada una de las voces más destacadas en los años 70 de la segunda ola feminista de Estados Unidos.


El tema madre-hija me resulta completamente alucinante: conflictos, orgullo, admiración, competencia, sueños frustrados, manipulación, etc. Se trata de una relación que, precisamente, escapa de toda caricatura romantizada. Sin embargo, más que la relación con su madre, Vivian narra su propia vida a través de esta relación: Apegos feroces es su accidentado e interminable camino hacia su madurez como mujer, en donde se reconstruye por oposición a su madre, quien -entre otras cosas- la recriminaba porque no tenía marido. De hecho, otro libro de Gornick se titula La mujer singular, que en inglés sería The odd woman, y tal como lo dice en el libro: “Aquellos fueron los años en los que a las mujeres como yo las llamaban “Nueva”, “Liberada”, “Singular” (yo prefería “Singular”, y sigo haciéndolo”. Es esta reivindicación a su soledad (no loneliness, sino solitude) lo que fortalece a Vivian, pues, se trata de una postura política que apuesta por la libre elección de la vida de las mujeres, y esto la lleva a pensar y resignificar su condición de mujer en un escenario sumamente complejo: los años setenta y ochenta, como buena representante de la Segunda Ola del Feminismo gringo.

Me gustó mucho la forma en que escribe Gornick. Logra describir muy bien a sus personajes y las sensaciones que éstos estimulan en ella. Además, el principal escenario es la ciudad, lo que demuestra la increíble capacidad de Gornick para mezclar la gran urbe multicultural con sus sentimientos enrevesados. Por un lado, en el relato del presente, Vivian y su madre ya mayor pasean por Manhattan, y por otro lado, están sus recuerdos en el Bronx, mosaico de territorios étnicos, en donde conviven irlandeses, italianos y judíos. Nueva York es el lugar idóneo para el cruce de ideas y sentimientos. Pese a que me costó mucho enganchar con la trama en un comienzo, subrayé muchas frases (creo que es uno de mis libros más rayados), y es porque al final no todos tenemos el don de Vivian de poder expresarnos con palabras, y ella lo hace prodigiosamente.



Portada del libro
Editorial Sexto Piso
193 páginas


viernes, 29 de mayo de 2020

También esto pasará (2015), de Milena Busquets

Siempre he pensado que los que dicen «te quiero mucho», en realidad te quieren poco, o tal vez añaden el «mucho», que en este caso significa «poco», por timidez o por miedo a la contundencia de «te quiero», que es la única manera verdadera de decir «te quiero». El «mucho» hace que el «te quiero» se convierta en algo apto para todos los públicos, cuando, en realidad, casi nunca lo es. «Te quiero», las palabras mágicas que te pueden convertir en un perro, en un dios, en un chiflado, en una sombra

Antes que todo: realmente me encantó esta historia. Muy rápida de leer, de engancharse y de sentir junto a su protagonista, Blanca, quien narra en primera persona su vida y los días que suceden a la muerte de su madre: su ídola y su deidad. Por esta razón, la narración, contraria a ser lógica y lineal, es toda una experiencia de hacer conciencia, de enfrentarse ante esta madre muerta que la abandona a sus cuarenta años, tal como ella le dice, en donde “todo el amor de mis amigos y de mis hijos no es suficiente para resistir la embestida de tu ausencia”. El relato es ligero y chispeante, sin ambiciones novelescas, y abunda la ironía y la desfachatez de Blanca de creerse con el derecho de hacer y decir, solo por haber quedado “huérfana”, como ella se autodefine.

El tema principal del libro consiste, claramente, en saber cómo gestionar ese dolor que nos abruma tras la muerte de un ser amado. Se trata de la historia de una hija desorientada que anhela volver a acurrucarse en los brazos de su madre, figura que la oprime y, al mismo tiempo, la levanta. ¿Qué viene ahora que ya todo ha cambiado para siempre? El libro comienza con el entierro de la madre de Blanca, en Cadaqués, idílico balneario lleno de recuerdos y juventud, en donde solían pasar los veranos familiares junto a multitudes de amigos y conocidos. A partir de ahí, Blanca se pasea por diversos recuerdos y anécdotas junto a su madre, los que va alternando con los acontecimientos que va viviendo durante ese verano, junto a sus dos hijos, sus mejores amigos y sus dos ex maridos, con quienes mantiene una fraterna relación. Todos ellos aparecen descritos con admirable precisión, desde sus rasgos físicos y formas de vestir, hasta elementos psicológicos que llaman la atención de la protagonista. 

Pero en el libro también hay tiempo para el amor, el sexo, y la coquetería; las ganas de volver a sentirse viva son enormes y así también el deseo de sentirse nuevamente amada, tal como dice: “Una de las cosas más sorprendentes del amor es su milagrosa capacidad de regeneración”. Y bien lo sabe Blanca, quien se sumerge en un trampolín de emociones en donde no siempre obtiene lo que desea.

Milena Busquets (Barcelona, 1972)

El libro es como una larga conversación entre la madre y la hija, o mejor dicho, un monólogo en donde Blanca se dirige a su muda madre, en donde la encara y le reprocha cosas del pasado, pero más que cualquier cosa, le dice cuánto la extraña y cómo es que nunca volverá a amar a nadie como a ella, pese a que no fueran tan cercanas ni, menos aún, tuvieran una idílica relación madre-hija: “Nunca fuimos una madre e hija confidentes que se lo contaran todo. Nunca fuimos amigas. Nunca compartimos intimidades, creo que siempre intentamos ser la versión más presentable de nosotras mismas frente a la otra”. Blanca recuerda a su madre como una mujer fuerte, valiente, poco cariñosa, pero muy culta y rodeada siempre de amistades y de amor. La recuerda como un personaje capaz de llenar cada espacio a donde fuese, logrando iluminar todo en su vida y en la de los demás: “Y te quedaste con nuestra perra. Y la hiciste tuya, como hacías con todo lo que amabas, con todos, les robabas una vida, les regalabas una vida, mucho más amplia y aireada y divertida que cualquier cosa que hubiesen conocido antes o que fuesen a conocer después”.

Esta intensa relación entre ambas es en realidad la relación entre su autora, Milena Busquets, y su madre, Esther Tusquets, la famosísima editora de Seix Barral. También esto pasará es la historia de Milena -Blanca, su alter ego en el relato- que escribe posterior a la muerte de Esther. Por eso es un libro íntimo, sincero e irrepetible. Es ficción y a la vez es muy personal. Me gustó mucho la forma en que ella escribe este relato, y especialmente el epílogo resulta, decididamente, una declaración de amor y admiración a su madre, a quien no termina por encontrar en cada libro, en cada conversación y en cada rincón que visita.


Portada del libro
176 páginas
Editorial Anagrama

domingo, 3 de mayo de 2020

Reborn (2009), de Susan Sontag

Eveything begins from now - I am reborn

Susan Sontag, reconocida ensayista, novelista y crítica literaria estadounidense de origen judío, fue un espíritu libre, una mujer singular -quizás en el sentido de Vivian Gornick. Fue prematura en muchos aspectos: comenzó sus estudios universitarios, se casó y fue madre muy joven; se separó prontamente y se fue a vivir a Europa experimentando libremente su homosexualidad, en una época en donde existían muchos prejuicios, pese a lo liberal del ambiente en que se movía.

Más allá de sus novelas y cuentos -no tan elogiados como así sus ensayos-, Sontag destacó por su capacidad para nombrar las cosas y sus análisis sobre la cultura postmoderna. Admirada por su inteligencia y autenticidad, sus ensayos sobre estética y literatura (algunos como Notes on Camps y Sobre la fotografía) fueron muy influyentes durante el último tercio del siglo XX, convirtiéndose en una destacada referente de la cultura contemporánea de Estados Unidos y Europa. Sin embargo, en privado, también mantenía sus diarios, escribiendo decenas de cuadernos, los cuales fueron reunidos por David Rieff, su único hijo y editor de Journals & Notebooks: obra póstuma de Sontag consistente en tres volúmenes de puro material autobiográfico, comenzando los diarios a los 14 años de edad. 

Es importante señalar que su hijo editó la escritura y seleccionó el material que creía interesante. Asimismo, eliminó varios párrafos y sustituyó algunos nombres con el objetivo de proteger un poco más la privacidad de su madre. Por lo que muchos medios insisten que este no es el libro final que Sontag hubiese querido, en su afán de perfección y rigurosidad. Pero ya está.


Susan Sontag (1933-2004).
Leer Reborn, primer volumen de sus Journals & Notebooks, ha sido un verdadero placer. Los diarios fueron escritos exclusivamente para ella misma, creando a la persona que quería ser: una joven de provincias que quería convertirse en una persona relevante en la ciudad. Desde pequeña, Sontag creía poseer dones especiales y, por lo mismo, tener algo que mostrar y contribuir a la sociedad. Y en estos diarios está la prueba de su creencia: trabajadora, curiosa y audaz, tuvo siempre la inquietud de profundizar y reflexionar sobre su educación, ampliando los límites de su mundo y de lo posible. Pero también fue una mujer que batalló una y otra vez contra sus propios miedos y fantasmas: el amor, la familia y la soledad. Tal como lo dice David Rieff en el prólogo: estos diarios oscilan entre el dolor y la ambición.

De mente lúcida, Susan Sontag tenía una compulsión por hacer listas para todo: libros que quería leer, películas que había visto, secuencias de un día, ideas para cuentos, descripciones de personas que conocía en algún lugar, etc. Las listas le facilitaban recordar personas y cosas, pero, al mismo tiempo, las situaban en un lugar relevante de su cotidianeidad, como apuntes para uso personal. Por eso, Reborn es una lectura que cuesta: es cruda, es desorganizada y a veces sin estructura porque, precisamente, estos cuadernos no fueron concebidos para ser leídos por otros. ¿Es esa la “lógica” de un diario, no? El poder de su escritura está en conmovernos con sus ideas, su perspicacia y sus propios juicios sobre las cosas, porque, pese al desorden aparente, Sontag lograr estructurar muy bien sus argumentos y propósitos, que revelan el rigor de su oficio como escritora.

Asimismo, sus diarios exteriorizan sus pensamientos sobre distintos temas: juicios estéticos sobre películas y libros, procesos creativos, amores, desgracias, ética y filosofía. En suma, una escritora escribiendo sobre el mundo que le rodea. Aunque he leído pocos, los diarios -como escritura íntima- son de las piezas literarias que más me inspiran, porque, como buen material en bruto, nos llevan al autor/a en primera persona, sin caretas ni frases buscando aprobación.

Este libro cobra un valor muy especial para mí porque: primero, lo leí en su lengua original; segundo, lo compré en una de mis librerías favoritas en un viaje increíble; tercero: lo re rayé y subrayé; y cuarto, y más importante, me hizo conectar con su lectura de una forma indescriptible. Susan Sontag, una intelectual espléndida, se abre hacia sí misma confesando sus propias debilidades y sacrificios, demostrando ser tan sensible como insaciable.

Portada del libro
320 páginas
Editorial Picador

domingo, 12 de abril de 2020

Léxico familiar (1963), de Natalia Ginzburg

En nuestra casa se entablaban grandes discusiones sobre la belleza y la fealdad de la gente. Aún se seguía discutiendo sobre si una tal señora Gilsa, ama de llaves de una familia de amigos nuestros de Palermo, era guapa o no lo era. Mis hermanos sostenían que era feísima, una especie de cara de perro, pero mi madre decía que era de una belleza extraordinaria [...] Y siempre se discutía durante mucho tiempo sobre si eran más feos los Colombo o los Coen, unos amigos nuestros a los que veíamos durante el verano. «¡Son más feos los Coen ¿Cómo vas a comparar a los Coen con los Colombo»- decía mi padre


Léxico familiar es un libro de memorias. Natalia Ginzburg, una de las escritoras más importantes de la Italia del siglo XX, nos habla de su infancia, de su familia y de los lugares donde vivió; en suma, se podría decir que nos habla de lo doméstico y lo común y corriente. Dicho así puede sonar poco atractivo, pero lo que más me gustó es la forma en que está escrito: con una prosa sencilla, aplicada y, a ratos, chistosa, la autora nos va introduciendo a su mundo familiar, a través de relatos fragmentados de innumerables escenas de la vida cotidiana, transformándose el libro en un verdadero material literario, objeto de diversos estudios sobre el espíritu de la época en la Italia de la posguerra. 

Algo curioso es que ella, narradora en primera persona, apenas aparece en el texto, ya que todo gira en torno a sus padres, hermanos y amigos y amigas, a quienes vamos conociendo por la forma en que la autora los describe: “Me propuse escribir un libro sobre las personas que entonces me rodeaban. En parte, porque la memoria es débil, y los libros que se basan en la realidad con frecuencia son solo pequeños atisbos y fragmentos de cuanto vivimos y oímos”. Esta casi ausencia es muy interesante, ya que Natalia no inicia aparentemente ninguna exploración del yo, y se sumerge de lleno es su mundo familiar, siempre en el contexto, primero, de la resistencia antifascista y, posteriormente, de la ocupación alemana. 

Natalia Ginzburg nació en Palermo en 1916 y creció en una familia de científicos y políticos judíos de izquierda. Era la menor de cinco hermanos y solía pasar desapercibida, lo cual la convirtió desde pequeña en una tímida y ávida lectora y escritora, llena de imaginación y de historias propias. En el libro nos habla sobre los Levi -su apellido familiar- con tanto cariño y detalle que sus alcances de familia disfuncional apenas se ven. Su padre era biólogo, un hombre machista y muy gruñón, poco cariñoso y a ratos ofensivo y pesimista con su familia. Natalia recuerda: “Durante las comidas solía hablar de las personas que había visto ese día: era muy severo en sus juicios y con todo el mundo le parecía estúpido. Para él un estúpido era «un tonto». «Me ha parecido que es un grandísimo tonto», decía de alguien a quien acababa de conocer”. Mientras que su madre era una mujer pasiva, cómoda y muy sensible, que solía hacerse amigas de las empleadas, enfureciendo a su marido. Por otro lado, sus hermanos -tres hombres y una mujer- eran todos muy distintos entre sí, con gustos y temperamentos muy diferentes, con quienes poco mantenía en común, pero aun así describe su relación de manera muy cercana y dulce, como la gran familia italiana que eran, en donde el humor y los gritos eran aspectos identitarios trascendentales. Y es que crecieron felices, al margen de los grandes traumas y acontecimientos, hasta la guerra. 

¿Qué es una familia? Natalia nos muestra que, a pesar de las rivalidades, diferencias y asperezas entre sus miembros, la familia sigue irremediablemente unida a un léxico común, a un diccionario compuesto por historias, recuerdos y prácticas que unen y nos hacen regresar a la raíz: “Me llamo Natalia Ginzburg: soy aquellos que fueron antes de mí”. 

Natalia Ginzburg (1916-1991), escritora reconocida mundialmente por sus escritos sobre lo cotidiano, contribuyendo a la elaboración de la autobiografía como literatura de época.

Este año, al igual que el anterior, lo he dedicado casi exclusivamente a leer escritoras mujeres y he notado bastante la diferencia entre las historias escritas por hombres (que son las que había leído antes casi en su mayoría). Por diversos constructos socio-culturales, las mujeres percibimos la realidad de una forma muy diferente, como si tuviésemos un microscopio que nos permite observar las cosas desde un espacio más íntimo y profundo, lo que muchas veces se nos ha vendido como insignificante e intrascendente: como si lo que se observara desde un microscopio no pudiese ser letal para el mundo.  

La simpleza y claridad de la prosa de Natalia coinciden con lo que nos cuenta: sus intereses relacionados a los asuntos “menores” y privados de la vida hacen de este libro un relato tan bonito e inspirador que agradezco haberme encontrado con esta maravilla que, además, tantas risas me sacó. De hecho, el relato a ratos parece una serie, estilo Friends, en donde las peleas chicas, el cagüín y la cotidianeidad cobran un protagonismo exquisito a lo largo de las páginas. Quiero seguir leyendo a esta escritora: su visión aguda y su concentración en lo cotidiano tan imprescindibles en estos tiempos de crisis. Mi próximo Ginzburg próximo será Las pequeñas virtudes


Portada del libro
266 páginas
Editorial Lumen