domingo, 29 de marzo de 2020

Conversaciones entre amigos (2017), de Sally Rooney



          "Hay algo hermoso en tu manera de pensar y sentir, o bien, tu forma de experimentar el mundo es en cierto modo hermosa"



Conversaciones entre amigos sigue los pasos de dos jóvenes amigas y estudiantes de Literatura, Frances y Bobbi, quienes -en una tertulia literaria- conocen a Melissa, una escritora “cool” mayor que ellas con la que entablan una curiosa amistad y que incluye también a su marido Nick, un actor semi famoso. A partir de ese momento todo sufre un cambio.

Sally Rooney, joven autora irlandesa, a través de una intensa historia, nos sumerge en la cotidianeidad de las aventuras de estos amigos, las cuales se desarrollan siempre en espacios interiores: en la casa del matrimonio, en el departamento de Frances, en la Facultad de Letras o en algún pub dublinense, centrándose así en lo principal de esta novela: las conversaciones entre sus personajes, escenario principal de esta obra. Se trata de las relaciones humanas en esta era de aguda posmodernidad. 

Frances, joven poeta de izquierda, de origen humilde y familia disfuncional, es la indiscutible protagonista de esta trama. En constante búsqueda de su auténtica personalidad, nos cuenta en primera persona sobre sus días a partir del encuentro con Melissa y Nick. Frances nos abre las puertas de su mundo interior y de su relación con Bobbi, su mejor amiga y ex pareja. Pero también se centra en su relación con Nick, a mi modo de ver, uno de los personajes más complejos de la historia, quien sale de todo estereotipo cargado de masculinidades hegemónicas para dar paso a un hombre sensible y muy conectado con sus emociones. 

Frances se sincera: “A veces pensaba que nunca me había sentido tan desgraciada en toda mi vida, pero también que mi desgracia era muy superficial, ya que en cualquier momento una palabra suya podría aliviarla por completa y transformarla en una felicidad estúpida”. La relación entre ella y Nick inicia como una amistad, que luego se transforma en una profunda trama de deseo, pasión y fragilidad. Lo interesante es que Frances, intentando ser ruda, se muestra finalmente vulnerable ante esta nueva sensación de agobio y enamoramiento. Las ideas sobre el amor y las relaciones, y el miedo a la disyuntiva de amar y no sufrir, son conflictos que aparecen a lo largo de la historia.


Sally Rooney (1991 - ), joven escritora, muy aclamada por la crítica literaria, debido al éxito y complejidad de sus dos primeras novelas Conversaciones entre amigos y Gente normal.

Sin embargo, más allá de la amistad y el amor, un tema que atraviesa toda la obra es la marcada conciencia de clase de Frances, tópico que no suele mezclarse mucho con el amor, especialmente en tiempos contemporáneos de millennials, libertades y todo naiv. La protagonista, de una y otra forma, siente que no pertenece a ningún sitio. ¿Cuál es su lugar si no se siente cómoda en la casa materna ni con sus amigos? Este no pertenecer es algo que le da vueltas todo el tiempo: “En esas ocasiones yo me sentí fuera de lugar, ignorante y resentida, pero también temerosa de que acabaran desenmascarándome como una persona moderadamente pobre y comunista. De igual modo, me costaba entablar conversación con gente de la misma extracción social que mis padres, pues temía que mi acento sonara pretencioso o que mi holgado abrigo de segunda mano me hiciera parecer por rica”. Sally Rooney denuncia, con mucha sutileza, la fetichización del amor como mero objeto de consumo, pero también, y muy fuertemente, el eterno clasismo de la sociedad dublinense y el incierto futuro al cual se enfrentan, principalmente, los jóvenes. Este contexto socio-político, de mucha vulnerabilidad económica y social, es clave para el desenvolvimiento de los personajes, ya que sobre éste construyen y basan sus relaciones. 

Sally Rooney escribe una ficción muy contemporánea, en donde hay harto uso de chats y de e-mails entre los personajes. Es un libro que habla sobre las relaciones que entablamos mientras nos vamos haciendo adultxs, en donde a veces cuesta identificar los sentimientos, expresar lo que se quiere y aquello que no. Frances inicia su viaje hacia la construcción de su propia identidad, en donde los juegos y la fascinación del ego y los fantasmas familiares la acompañarán por su largo camino hacia la adultez. 

Finalmente, solo agregar que me encantó este libro; lo compré un día que andaba buscando libros de mujeres escritoras, y ya que lo había visto harto, lo llevé y fue una grata sorpresa: muy rápido y entretenido de leer, porque el estilo de Sally es ágil y fresco, sin mayores pretensiones literarias, en donde logra proyectar imágenes fugaces, complejas personalidades y situaciones tan cotidianas que parece increíble que resulten tan evocadoras. Me devoré este libro en 3 días, entre viajes y paisajes sureños. Ya quiero leer la segunda novela de esta escritora, Gente normal, la cual ya pude encargar por internet, veremos qué tal.

Portada del libro
331 páginas
Editorial Penguin Random House

miércoles, 18 de marzo de 2020

Sur y oeste, de Joan Didion

Famosa en el mundo entero por sus escritos personales y novelas, Joan Didion me sorprendió gratamente con este libro, que recoge dos visiones opuestas de un mismo país: el sur y el oeste separados por cientos y cientos de kilómetros, los cuales parecen años o décadas a ojos de Didion. Sur y Oeste recopila sus cuadernos y notas inéditas escritas durante un viaje que realizó con su marido por el sur de Estados Unidos, y que aparecen en este libro casi cincuenta años más tarde, llamando profundamente la atención pública por lo contingente de su análisis. En algunas de sus primeras páginas, la autora menciona “No sabría decir con exactitud qué me llevó a pasar un tiempo en el sur durante el verano de 1970”, puesto que no tenía obligaciones periodísticas ni ocurrió nada relevante en donde ella estuvo: “no hubo asesinatos ni juicios célebres, no hubo órdenes de integración, ni enfrentamientos, ni siquiera celebrados actos divinos”. Me encantó porque lo verdaderamente relevante es que no había nada relevante que ver, sino la cotidianidad y lo que es diferente: lo otro, en este caso, el sur.
Joan Didion (1934 ),escritora y periodista estadounidense.
Sur y Oeste es el recorrido de Didion por modestos pueblos rurales, abandonados por la ayuda estatal y el paso del tiempo. La autora, toda ojos y orejas, a través de cierto trabajo etnográfico, logró reconocer en la cotidianeidad sureña fantasías fuertemente pueblerinas -en un mal sentido-, en donde cuestiones como la raza, la meritocracia, la clase social y el legado histórico parecían aspectos cruciales en torno a los cuales giraban las conversaciones sociales; tal como le comenta al paso un afroamericano de clase media, sentado en un bar, un día a media tarde: “Sé que está muy de moda burlarse del Sur, pero si comparo nuestros barrios pobres a los barrios pobres de Miami, Florida, donde vienen los cubanos y los portorriqueños, Miami siempre pierde”.
La narración de Didion es un tipo de cuaderno de notas. Es como si estuviésemos leyendo una especie de diario sobre aquello que ve: carreteras solitarias, restaurantes con viejos reunidos en torno a juegos de cartas y cervezas, mujeres resignadas a la vida que les tocó, niños y niñas matando las horas del día jugando en calles vacías y cierta estética kitsh mal diseñada.  “Supongo que crees que la gente del Sur es un poco anacrónica” le dice un amigo, entendiendo a las comunidades desde la precariedad y el colonialismo; entendiendo ya el sur como una pequeña provincia de ideas retrógradas: “Resulta llamativo y alarmante contemplar lo aislada que estaba aquella gente de lo que era normal en la vida americana de 1970. Toda su información era de quinta mano, y se había mitificado por el camino”.
La anacronía de la cual nos habla la autora tiene mucho que ver también con las convenciones políticas por aquellos años. En cierto modo, Didion se sorprende del conservadurismo manifestado por las personas en distintos contextos y conversaciones: La mayoría de los habitantes del Sur son realistas en materia política: entienden y aceptan las realidades del funcionamiento de la política de un modo en que no lo hacemos en California. Se aceptan los chanchullos como forma de vida”. Los sureños aceptan lo simple y quieren vivir tranquilamente, sin meterse en política, entendida como sinónimo de “problemas”, tal como lo señala un hombre con quien conversó: “Soy un tipo que huye de las actitudes extremas, así que, igual que la mayoría, estamos intentando simplemente tomar la vía más fácil que nos permita ser felices a todos”. La neutralidad aparece entonces como una virtud en este sur que tan lejano e inconcebible parece a Didion.  
Sin embargo, la autora igualmente nos habla de California, el paisaje más frecuente de su producción literaria, el lugar al cual pertenece, porque ¿desde qué otro lugar somos si no capaces de hablar/observar/enjuiciar/sentir? Se trata de comprender el “hogar” como el lugar al cual inexorablemente regresamos, una y otra vez. La escritora habla de su hogar, el oeste: “En el Oeste estoy en casa [...] Aquí estoy cómoda de una forma en que no lo estoy en otros sitios”. Lo interesante es cómo va comparando lo que ve en el Sur con California -tan sofisticada, moderna y liberal- que no encaja en absoluto con las personas y paisajes rupestres y descoloridos que iba recorriendo en su auto arrendado. Al principio me costó enganchar con este libro, pero me gustó en tanto pude ver el reflejo de lo que a veces somos como Chile: un sur que aparenta y se resquebraja frente lo diferente. La ruralidad del sur de Estados Unidos muy parecida a nuestra idiosincrasia criolla y de tintes coloniales: muchas veces comparándose, midiéndose y maltratándose.
Portada del libro
166 páginas
Editorial Random House

domingo, 16 de febrero de 2020

Mapocho (2002), de Nona Fernández

Desde hace rato que Nona Fernández, escritora, dramaturga y guionista chilena, se venía apareciendo en mi camino: en el diario, en rrss, en librerías y vitrinas, pero poco sabía de ella. El año pasado fui al re-lanzamiento de Mapocho, sin mucho conocimiento más que las ganas de conocerla y fue una rica velada sobre el mismo río Mapocho -en el Teatro del Puente-, con un monólogo y ella, tan intensa hablando sobre Santiago. ¿Cómo es posible re-editar un libro después de casi veinte años y que siga sin perder vigencia? No solo posterior a los hechos del 18 de octubre, sino más precisamente, por la ruptura que encierra el Mapocho: un Santiago herido, roto desde sus inicios. 

Mapocho es una de las primera novelas de Nona, reconocida internacionalmente por sus libros Chilean electric y La dimensión desconocida. El libro, a través de distintas metáforas y simbolismos, nos cuenta la historia de Santiago, desde la poesía y la ficción, en donde el río, bajo sus puentes, arrastra muertos, basura y mugre que no quiere ser vista. Se trata de historias subalternas, de la periferia de Santiago, contada a través de los ojos de la Rucia y el Indio. Dos hermanos, cuya relación está marcada por el amor, el desarraigo y el abandono. La Rucia y el Indio crecen fuera de Chile, se van con su madre exiliados y de su padre nunca más supieron. Pero hay sitios a los que uno siempre vuelve y entre ellos está Santiago. La Rucia regresa buscando algo, pero no sabe qué ni dónde está, lo único que recuerda de su niñez es el río -el que utiliza como brújula para no perderse-, sus puentes y la Virgen, tan blanca, inmaculada e inalcanzable. Como le dice una anciana: “El poto de la Virgen. Cada vez que te pierdas, Rucia, recuerda que vivimos mirando el poto de la virgen. La doña no tiene ojos para nosotros, sólo mira a los que están del otro lado del río, así es que mientras el resto de la ciudad reza a su cara piadosa, nosotros nos conformamos con su traste”. 

La Rucia llega a La Chimba, la morada de su niñez, Recoleta colorida, aquel barrio mosaico racial y cultural desde sus inicios, situado en una posición estratégica: en el poto de la virgen, allí donde la virgen está de espaldas, es sorda y ciega, y no se entera de nada. Es el Santiago actual al cual regresa la Rucia, un Santiago “moderno”, cuya historia comienza a trazarse después del 73, agudizando aún más las fisuras de esta ciudad compleja y desigual, con diversas formas de habitarla, algunas opuestas entre sí, pero siempre atándose al imaginario de ciudad unida.

La ciudad no es solo lo físico -sus calles, plazas, casas y edificios- es también las utopías e imaginarios de sus habitantes: aquello que se anhela y no siempre se alcanza, aquello que se borra o de lo que nos aferramos para sentirnos parte. Es Santiago en constante metamorfosis. La misma que experimentó la Rucia al volver: “Santiago cambió de rostro. Como una serpiente desprendiéndose de su piel usada, la ciudad se ha sacudido plazas, casonas viejas, cines de matiné, canchas de fútbol, quioscos, calles adoquinadas, boticas y almacenes de barrio. Santiago removió sus costras y ahora ellas se van por los aires, vuelan en la memoria de la Rucia”. Los recuerdos de aquello que vivimos son los que nos dan lucidez, y nos dan una idea de los que somos; nos ayudan a responder “¿quién mierda somos?”, como se pregunta Fernández, y si nos miramos en la memoria del Mapocho, ¿qué vemos? Pedazos de un relato cíclico; nuestro relato de ciudad rota.

Nona (1971 - ) y el Mapocho.

Y en esta ciudad -tan mestiza como fuertemente europeizada- los recuerdos son los protagonistas: la nostalgia de las pichangas de barrio, los negocios abiertos con sus dueños atendiendo de mañana a tarde, los amigos y parientes achoclonados afuera de sus casas con las puertas abiertas de par en par. Es la añoranza de la solidaridad de antaño. La nostalgia de una ciudad imaginada. Los imaginarios que conviven y se superponen en la mente de la Rucia. Es en La Chimba donde se instala material y simbólicamente lo que la ciudad niega: los cementerios, los hospitales, el mercado, los indios y los inmigrantes empobrecidos. La Chimba ha sido y es lugar de frontera, pero también de diversidad; y ahí está el Mapocho, marcando la frontera entre la ciudad “decente” y la ciudad “salvaje”.

Mapocho es un libro original y necesario. Es un libro incómodo y doloroso, porque es contingente, y eso lo hace bello. Es un libro que habla de la ciudad y es esta vocación precisamente "urbana” la que tanto me gustó: a mi modo de ver, más que la trama en sí -surrealista, intensa y apasionada- es la cartografía urbana de Santiago lo más poderoso del libro. ¿Qué nos llevamos Santiago cada vez que nos vamos? “El Mercado Central, La Vega, el Mapocho, todo tenía su equivalente perdido en algún rincón del mundo. Santiago se había reciclado en la cabeza de su madre y se había desparramado para reencontrarse con ella en cada lugar al que llegaba”. Porque la madre de la Rucia y el Indio, en sus añoranzas, siempre volvía a Santiago, porque siempre se vuelve a los sitios donde se amó la vida, como dice la increíble Chavela Vargas.

El relato de Nona Fernández es exquisito, potente y mordaz, utilizando un exceso de modismos y frases típicamente chilenas me hizo recordar un poco a Temporada de huracanes de la mexicana talentosísima Fernanda Melchor (http://monteilarei.blogspot.com/2018/12/este-libro-me-llego-el-dia-de-mi.html). Vale la pena tirarse al Mapocho y dejarse llevar. En este río de palabras se mezclan las voces, hablan distintos personajes y lo llenan de vida y de dolor. Mapocho nos obliga a mirar nuestra ciudad (también ya mía), entender, o intentar entender, qué mezcla hídrida somos, y qué es lo que nos constituye.

Santiago, tan compleja e intensa, esta pequeña reseña te honra justo hoy, a días del aniversario de tu fundación, el 12 de febrero de 1541.



Portada del libro
Pgs.: 214
Ediciones Alquimia

lunes, 23 de diciembre de 2019

Leonora (2011), de Elena Poniatowska


¿Valió la pena cambiar la mansión de Hazelwood por una buhardilla de estudiantes en Londres y desafiar el mundo de la mano de Max? ¿Hundir el rostro en el lodo del manicomio y viajar a México con Renato? ¿Vivir exiliada en un país que la desconcierta y la aprisiona? Sabe que lo volvería a hacer.



Me costó tanto ponerme a escribir sobre Leonora; como nunca, lo dejé siempre para el final. Será porque es de esos libros que te hacen sentir y emocionarte. Para mí, Leonora es una oda a la libertad y a la creatividad. Un modo de ver la vida y enfrentarse a ella. Más que una biografía de la artista surrealista y escritora inglesa, Leonora Carrington, se trata de un fascinante relato sobre la búsqueda interior, reconstruido por la mexicana Elena Poniatowska, a punta de entrevistas y mucha documentación.

Desde pequeña, Leonora siempre desafío lo que las niñas y las mujeres podían hacer, decir o pensar. Al ser la única hija mujer tuvo que lidiar con la presión familiar de seguir una vida centrada en el hogar, pero siempre se salía con la suya, intentando vivir la vida más auténtica posible, explorando nuevas formas de vivir y habitar este mundo. Fue una soñadora que rompió moldes para su época, y vivió una vida distinta a la que querían sus padres para ella. “No es una locura, es un experimento. ¿Nunca hiciste experimentos, mamá?”


Max Ernst y Leonora.
En el periodo entreguerras, Leonora vivió en Londres y Paris, conoció a su primer gran amor -el artista francés Max Ernst-, entró en contacto con el círculo surrealista y reafirmó sus convicciones, porque finalmente todo lo que soñaba de niña y de adolescente se convierte en algo real: “así que todo lo que yo buscaba existe, lo que a mí me atrae, también le importa a otros”. De tal forma, se da cuenta que no estaba errada en su sueño, tan solo tenía que buscarlo más allá.

Elena Poniatowska realiza un impecable recorrido de la escena artística de los años veinte y treinta, pasando por el dadaísmo y el surrealismo, Paris y Nueva York, personificando a grandes artistas del arte contemporáneo como Dalí, Picasso, Cocteau, Artaud, Duchamp y Breton, entre otros, contando cómo funcionaba el mercado del arte (“en el mundo del arte, tener un mecenas es mejor que tener una amante”) y, además, cómo las mujeres artistas sufrían la humillación y el maltrato de sus parejas, como es el caso de la pintora francesa Dora Maar con Picasso, quien constantemente abusaba de ella. Leonora, sin embargo, reparó rápidamente en aquello, desafiando las normas, no se dejó ordenar por nadie, tal como contó a Elena en una de sus entrevistas: “yo no tuve tiempo de ser la musa de nadie. Estaba ocupa rebelándome de mi familia y aprendiendo a ser artista”. Leonora no quiso el lugar de musa, sino el de mujer creadora; no quiso ser guapa, sino fuerte y libre.

Durante los años cuarenta llega a México, lugar en donde se queda hasta su muerte. En México se enamora y desenamora, sufre, pero por sobre todo escribe, crea y resurge en ella su poderoso artilugio para sobrevivir al mundo: la pintura. Allí entabla amistad con las artistas Remedios Varos y Kati Horna, encontrando a su verdadera familia. “La amistad de Remedios es para Leonora un patio abierto, la certeza de que para ella se ha ido la soledad. Nadie le interesa tanto como ella, quisiera enseñarle sus lienzos, los cuentos que ha escrito, contarle su vida”. Se trata de amistades que salvan, teniendo en común su pasado europeo, la guerra, el arte y la orfandad. Ellas se acompañan, se consuelan y se animan, porque tienen las mismas razones para vivir. 


Elena Poniatowska (autora) y Leonora Carrington (protagonista).


Sin embargo, para Leonora, México sigue siendo un país extraño, en donde la gente vive apocada, temerosa y sometida, con autoridades que no hacen nada por sus ciudadanos. La artista vive con un pie en el mundo que la concibió, del que la separa todo un océano. “Hay veces en que Leonora camina sobre una isla: ¿Inglaterra?, ¿Irlanda?, ¿Tenochtitlan? Quizá una mezcla de las tres; el lugar que inventó y del que brotan las criaturas que la mantienen amarrada al atril”. En las calles de México, cada paso es un encuentro con su misterio, pero también con su magia porque sus gentes y sus sombreros coloridos son una fiesta que Leonora goza, admira y aprecia. Es en México donde logra reforzar su voz interior, encontrando su verdad, por eso a Leonora no le interesa reflejar en sus pinturas los mercados, paisajes o iglesias locales: ella pinta su mundo interior.

Leonora (1917-2011) en su taller en México.

Este libro está colmado de frases que me llegaron y que son muy sentimentales. Me cuesta explicar lo que me pasó al leerlo sin sonar tan cursi, pero lo cierto es que es un libro sumamente apasionante y logré conectar con la humana detrás del personaje, siendo la lectura toda una experiencia de principio a fin, bajo la vibrante pluma de Poniatowska. Aprendí mucho sobre Leonora, me interesé en su vida y su arte, y me llevó a un mundo que no conocía mucho: el surrealismo. Cuanto más pienso en esta novela, más me doy cuenta que estoy ante uno de mis libros favoritos para siempre. Y me encanta esta frase para terminar este escrito: “La finalidad de la vida no es prosperar, sino transformarse. Cuando uno se lanza a lo desconocido se salva.


Portada del libro
Pgs.: 512
Editorial Seix Barral

jueves, 15 de agosto de 2019

La casa en Mango Street (1984), de Sandra Cisneros


“Es importante tener este espacio donde poder mirar y pensar. Cuando ella vivía en la casa de sus padres, las cosas que miraba la regañaban y la hacían sentirse triste y deprimida. Le decían: “lávame”. Le decían”floja”. Le decían: “deberías”. Pero las cosas de su estudio son mágicas y la incitan al juego. La llenan de luz. Es el cuarto donde puede estar en paz y en silencio y escuchar las voces que lleva dentro”.



Me gusta contar cuentos. Voy a contarte un cuento de una niña que no quería pertenecer”. Creo que esta frase es la que mejor resume este libro. La casa en Mango Street es la obra más conocida de la escritora, novelista y poeta mexico-estadounidense, Sandra Cisneros, y que ha vendido más de siete millones de copias, siendo traducida a múltiples idiomas alrededor del mundo. Llegué a este libro nuevamente por una recomendación que vi en instagram y lo busqué en varias librerías, pero nunca lo encontré; qué lamentable que un libro tan bonito y una autora tan seca sean tan desconocidos en Chile. 

La casa en Mango Street es toda una ciudad -y sociedad- descrita a través de los ojos de una niña: Esperanza Cordero, hija de migrantes. Lo interesante es que esta historia tiene muchos guiños autobiográficos, y tal como señala su autora en el prólogo: “la gente sobre la que escribí era real, en su mayoría, de aquí y de allá, de ahora y de entonces, pero a veces trenzaba a tres personas de verdad en una persona inventada”. Sandra Cisneros creció en Chicago entre dos idiomas y dos mundos, mientras hablaba español con su familia, su educación formal la recibía en inglés. 

En el libro habla Esperanza, la protagonista, quien apenas sabe español y odia su nombre: “En inglés mi nombre quiere decir “hope”. En español tiene demasiadas letras. Quiere decir tristeza, quiere decir espera [...] En la escuela pronuncian raro mi nombre, como si las sílabas estuvieran hechas de hojalata y lastimaran el techo de la boca. Me gustaría bautizarme yo misma con un nombre nuevo, un nombre más parecido a mí”.

Esperanza comienza a enfrentarse a una adolescencia en los suburbios de Chicago, en un barrio con edificios de ladrillos y ventanas por donde se cuela el frío. Un barrio en donde convive con personas de diversas procedencias, especialmente chicanos y centroamericanos. En este barrio hay vida, hay risas y juegos, pero también hay conflictos, miedo y maltratos. Y el encanto del relato consiste, a mi juicio, en saber dar vuelta ese contexto: de lo hostil que es el barrio, transformarlo en un lugar habitable, solidario y bonito. 

<3 Sandra Cisneros (1954 - )

La casa en Mango Street es un libro compuesto por numerosos mini capítulos, de dos o cuatro páginas, historias poderosas que pueden leerse todas de corrido o bien elegirse al azar, porque cada una de ellas es un mundo en sí mismo, tan llenas de significado y poesía. Sí, es un libro  poético, porque permite una lectura libre y la unión de los capítulos como distintos fragmentos rotos; permite pensar y leer en ritmos. Son historias sencillas que nos hablan de migrantes, de latinos, de abuelas y de niños y niñas que no aspiran a mucho, porque saben que el lugar en donde nacieron -o donde llegaron después de miles de kilómetros- no les permite soñar más. O soñar quizás sí, pero chiquitito. Como todo lo que aparece en el libro: chiquito, pero a la vez gigante, hermoso por todos lados, mágico en cada página.

Esperanza, ya sea como participante u observadora, nos cuenta, primero, con ingenuidad y luego con entereza cómo es el lugar en donde vive: cómo en un comienzo se avergonzaba y quería irse a vivir lejos, a una verdadera “casa”, pero al final termina por comprender que ella es Mango Street, porque tal como le dice la bruja a la que visita: “Esperanza, cuando te vayas tienes que acordarte de regresar por los demás. Un círculo, ¿comprendes? Tú siempre serás Esperanza. Tú siempre serás Mango Street. No puedes borrar lo que sabes. No puedes olvidar quien eres. No supe qué decir. Era como si ella me leyera la mente, como si supiera cuál había sido mi deseo, y me avergoncé por mi deseo tan egoísta. Debes acordarte de regresar. Por los que no pueden irse tan fácilmente como tú”.

Indudablemente, éste es un libro que recomendaría a todo el mundo: a viejos, jóvenes y niños y niñas, porque es sincero y dulce, y nos hace pensar si acaso hemos sido también migrantes. Nunca había leído nada así, y encontré mucha belleza en él. Y además, la traducción al español estuvo en manos de la bacana de la Elena Poniatowska (la que escribió “Leonora” <3 , que por cierto la tengo ultra pendiente para la reseña). Este año he tenido la suerte de encontrarme con muchas escritoras. Y qué gusto haber conocido a Sandra, una mujer brillante, feminista, luchadora por los derechos de las minorías en Estados Unidos. Ya encargué mi siguiente lectura de Cisneros, Caramelo, espero que llegue pronto a mi casa, y que las librerías chilenas la publiciten más.


Portada del libro
Pgs.: 122
Editorial Vintage Español

martes, 16 de julio de 2019

Tierra de mujeres (2018), de María Sánchez

“¿Por qué olvidamos la raíz?
¿Por qué olvidamos de dónde venimos?
¿Por qué no mirar a nuestros pueblos?”


Últimamente, instagram se ha vuelto para mí todo un universo de libros y autores. Puedo pasar mucho rato buscando comentarios, reseñas y recomendaciones de libros para leer. Es así como llegué a María Sánchez, veterinaria de campo y escritora española de 30 años que se ha vuelto bien conocida en su país por tocar un tema que sigue siendo muy controversial: “La España vaciada” -y, además, sube unas fotos muy bonitas.

A mi modo de ver, Tierra de mujeres trata sobre dos temas principales que se van conjugando a lo largo de las páginas. Por un lado, nos habla de la necesidad de un feminismo rural y la reivindicación de lo rural, y, por otro lado, nos abre e invita a un relato más íntimo, en donde la autora nos habla desde su lugar en el mundo, provocándome una cercanía que no pensé encontrar en esta lectura.

Tierra de mujeres se compone de nueve capítulos, que se leen muy rápidamente, en donde la autora escribe una especie de manifiesto, una reivindicación sobre el mundo rural y sus habitantes, principalmente las mujeres, en donde también se reconoce a sí misma. María escribe desde la militancia y el compromiso hacia los territorios rurales. Lo hace con determinación, con valentía, pero también de forma humilde y sin pretensiones. Su literatura es experimental: ella va tirando de un ovillo en donde la lana comienza a salir y salir, luego la ordena, la siente y la vuelca finalmente en letras, y es en este relato tan bonito como declarativo en donde ella nos reitera que los territorios rurales en España siguen en pie, con la frente en alto, proclamando justicia.

Durante décadas, desde las ciudades se ha consentido como algo normal que los pueblos rurales no tengan el mismo acceso a los servicios básicos que las ciudades; que no tengan hospitales ni medios de transporte. María Sánchez señala “el medio rural y sus habitantes no necesitan que ninguna literatura los rescate. Necesitan que se los reconozca al fin, ocupar su espacio y recuperar su voz. No necesitan paternalismos y ni romanticismos [...] Porque no necesitan ser salvados. Necesitan colegios, buenas carreteras y centros de salud. Necesitan que la administración los ayude y los apoye, que no los maltrate. Necesitan medidas para poder elegir, para no tener que irse a la fuerza”, y yo no puedo estar más de acuerdo.

“La España vacía”, hoy en voga, aparece en la prensa, en las librerías, en las noticias y en revistas, en donde escritores, historiadores, académicos y políticos reclaman la desigualdad territorial. Pero siempre son los mismos: hombres de ciudad hablando sobre habitantes de pueblos. Y, al mismo tiempo, sigue existiendo tanto desconocimiento sobre lo rural, porque estamos acostumbrados a no preguntar, a no cuestionarnos, a no querer saber. “¿Cómo sentirse orgulloso de las raíces si desde que tienes consciencia te han enseñado que la única opción posible para prosperar es la de marcharse?” La autora indica, categórica, “nos idealizan, sí. Pero nos inferiorizan. Porque no nos dejan hablar”. 

¿De qué hablamos cuando hablamos de lo rural? ¿Es la simple oposición a lo urbano? ¿Por qué seguir utilizando estas dicotomías que nos hacen poner a una por sobre otra? Ese es uno de los grandes peligros en los que se cae constantemente, en no reconocer el espacio continuo y dinámico entre ambos "mundos". 

Poderosa María.

Tierra de mujeres es un libro que me gustó mucho, no solo porque toca la "cuestión rural", sino también porque me abre la oportunidad de hacer ese ejercicio genealógico que hace la autora: el de preguntarnos por quienes nos precedieron. En mi caso, mis abuelos, por ambas partes, son gente de campo, gente que trabajó en la tierra de una u otra forma. Pensar en las mujeres de mi familia y en tantas otras que conozco, me obliga a arrimarme al feminismo, y la autora lo escribe clarito: “Por eso el feminismo ha sido tan importante para todas las mujeres de nuestra generación. Porque se ha convertido en unas manos decididas que nos han quitado sin miedo la venda que teníamos en los ojos y nos han enseñado a mirar más allá, a cambiar el punto de vista, a echar abajo los cimientos y las verdades que teníamos como absolutas”.

Es cierto: no existe un solo tipo de mujer rural. Los territorios rurales son complejos, tienen diversas voces, historias y matices, imposibles de reducir en imágenes caricaturescas y simplonas. Y en este reconocer historias, las mujeres rurales tienen mucho que decir.

María reconstruye su vida y los lugares por donde ha crecido en el campo. Un campo lleno de mujeres, entre ellas, sus bisabuelas, abuelas y madre, quienes han trabajado incansablemente en la agricultura, ganadería y los cuidados familiares, y sin embargo, no sabemos nada sobre ellas. Porque ¿quiénes son los que cuentan las historias de estas mujeres?, ¿cómo encontrar sus escritos, si se les negó los estudios y fueron confinadas a un segundo plano? La autora nos abre las puertas de su infancia, su adolescencia y su adultez, mostrándonos pequeños ejemplos en donde también las negaba: “¿Por qué ellas no ocupaban un espacio importante entre mis referentes? ¿Por que no fueron nunca el ejemplo a seguir? ¿Por qué de niña no quería ser como ellas?”. Para ella, este libro es parte del ejercicio de reconocerse, como escribe, “un camino inverso hacia las raíces”, y volver la mirada hacia las mujeres que pisaron y trabajaron la tierra antes que ella. Es, al mismo tiempo, una forma de no sentirse forastera, una forma de redimirse, por todos los años en los que sus abuelas y su madre no formaron parte de su narrativa, ni en el espejo en que ella se quería ver reflejada. 

¡Aplauso cerrado para este hermoso manifiesto que tanto sentido me hace!


Portada del libro
Pgs.: 185
Editorial: Seix Barral



lunes, 20 de mayo de 2019

Atlas de geografía humana (1998), de Almudena Grandes

"Mi Vida, como una enorme caja de cartón envuelta en papel rojo, brillante, asegurado por docenas de cintas de colores que explotan en sofisticados lazos y serpentinas… Mi Vida, como un enorme paquete lleno de cosas al que apenas he pellizcado una esquinita del envoltorio"


Rosa, Marisa, Fran y Ana son cuatro mujeres que en apariencia tienen poco en común, pero Almudena Grandes las logra unir en esta novela tan bien escrita. Es interesante cómo la autora conecta la vida de estas mujeres, quienes solo tienen como escenario común la editorial en donde trabajan elaborando un atlas de geografía que sale por fascículos en kioskos y librerías, ¡cómo no recordar ese tipo de libros coleccionables de los noventa! 

La autora nos cuenta sobre la construcción de la imagen que estas mujeres tienen de sí: lo que fueron, lo que son y lo que les gustaría llegar a ser. Son mujeres en sus últimos treinta y comienzos de los cuarenta, situadas en esa supuesta etapa de la vida en donde ya han recorrido un buen tramo y, sin embargo, todavía queda otro más largo aún para poder decidir si lanzarse a eso que añoran o no: “Y me propuse avanzar un poco más a través de aquella historia dorada y dulce, crujiente y luminosa, días que habitan en la esquina más feliz de mi memoria”. De esta manera, mientras investigan, buscan materiales, mapas y fotografías para armar el Atlas, Rosa, Fran, Marisa y Ana se encuentran a sí mismas, se encaran y se cuestionan por primera vez.

La historia se concentra en Madrid, aquella ciudad a la que tanto cariño le tengo. Era tan bonito porque de pronto era como estar ahí mismo: las calles Gran Vía, Callao y Mayor, en pleno centro madrileño, pero también el Parque El Retiro, el FNAC y las chocolaterías San Ginés, junto a las estaciones Lavapiés, La Latina y Antón Martín. La editorial quedaba en un antiguo barrio, y sus empleados solían almorzar en el Mesón de Antoñita, pequeña picada con sus típicos menús de comida casera. Todo estaba ambientado en esta maravillosa ciudad: “¿Quieres que salgamos a tomarnos una caña?, entonces sonreí y le dije que sí, porque nada en el mundo me gustaba tanto como escuchar aquellas palabras, salir, tomar una caña, ir de copas, ¿qué le pongo de tapa?, dar un paseo, ver escaparates, sentarse en una terraza, disfrutaba de todo [...] Y criticar, aconsejar, cotillear, pasear un poquito, echar un ratito de charla, dar una vueltecita, jugar una partidita de mus, tomarse un cafecito, unos chocolates, unos churritos; en una ciudad donde hay tanto placeres pequeños que nombrar con diminutivos, y tanta gente, tantos bares, tantas calles, tantas millones de maneras de saber perder el tiempo, lo echaba todo de menos”. Ay, Madrid <3 Y esto me hizo escuchar a Vetusta Morla.

Almudena Grandes (Madrid, 1960)

Hablar en nombre de cuatro mujeres diferentes es lograr dar voz a cada una de ellas, hacerlas diferentes entre sí y remarcar esa diferencia no solo por lo que cuentan, sino también, y muy importante, por cómo lo cuentan: en dónde se caen, cómo enfatizan sus problemas y cómo expresan su andar. Almudena consigue dar vida a sus personajes, y logramos admirar su valentía, pero también sus miserias y miedos; lo que hace la autora, al fin y al cabo, es desnudarlas, ponerlas en ese incómodo lugar en donde ellas hablan y nos cuentan cosas ocultas y humillantes: en sus roles de amante, de madre, de hija, de compañera, de paciente, de mujer que se da cuenta de que tiene una vida propia, buena o mala, pero suya al final de todo: “Tú y yo nos llevamos tan bien porque los dos somos pequeños, insignificantes, el tipo de gente a la que jamás le toca la lotería, ninguna lotería… ¿Tú te has dado cuenta de lo poco que necesitan algunos para ser felices? Cosas que nosotros tenemos, un trabajo, un sueldo, una casa...”. Las protagonistas no comprenden por qué les cuesta tanto ser feliz, y por qué los días pasan tan rápidamente, como máquinas, escapando de su control, como si fueran de humo o de gas. “Yo solo quiero flotar, y por más que esté dispuesta a retorcerle el cuello al azar para conseguirlo, nadie parece dispuesto a pasarme la receta”. Al principio me costó seguirles el paso y reconocer cuál voz era de quién de ellas, y tuve que anotar en una hojita sus principales características, si no no iba a poder seguir el ritmo de la novela, y  al final ¡fue una muy buena idea!

Leer este libro es un poco como la nostalgia -o Natsukashi, ese concepto japonés que aprendí de Amelie Nothomb para designar a la nostalgia feliz-. Y de pronto, zaz, te imaginas el año 98 con sus kioskos plagados de revistas y enciclopedias coleccionables, te imaginas paseando por Madrid, te imaginas a tu mamá o tu tía, o a ti misma en algunos años más. Porque no creo que lo hago en este blog sean solo reseñas, si no más bien hablo de mí a través de los libros que leo. Estoy en una etapa de pura autorreflexión, por eso escribir en este blog se ha vuelto algo tan importante. Como dice Fran en el libro: “El problema es que siempre he creído saber quién era y no estoy muy segura, en cambio, de saber quién voy a ser”. Este libro me encantó (aunque, siendo honesta, creo que algunas páginas estaban de más, y eso podría aburrir a más de alguna persona), porque son temas y lenguajes que me son cómodos, me gustan los libros más intimistas: algunos logran tocar mi fibra más escondida, no los puedo dejar y siento que mis mejores escritos/reseñas están dirigidos hacia ellos; se nota cuando uno me vuela la cabeza y no soy nada disimulada. En el fondo, detrás de las cosas más sencillas están los más grandes dramas, tal como en este libro, en apariencia simple pero intensísimo.

Almudena Grandes logra armar una historia tan sincera y tan bonita; llena de hermosas metáforas y percepciones sobre el ser humano, principalmente desde los ojos de estas mujeres. Algunas frases me llegaron directamente al corazón -sí, siempre cursi, nunca incursi- mientras yo pensaba ≪sí, esto es lo que ocurre≫, como una especie de manifestación o epifanía, solo que antes yo no tenía esas palabras para explicarlo, pero gracias a Almudena ahora sé que existen. “Me pedía ayuda y yo sólo tenía amor, un amor infinito e inútil, porque tanto amor ya no era suficiente. Me pedía ayuda, y yo solo podía abrazarle, devolverle el dolor y su silencio”. Este libro entra definitivamente a mi lista de favoritos; Almudena nos cuenta que sí es posible ser imperfectx, que estas mujeres se equivocan, sufren, se arrepienten de mil cosas, y se aburren de sus vidas, mientras siguen persiguiendo la felicidad, siempre esquiva. Y sin embargo, como nos dice Ana al final del libro: “Pero, a veces, las cosas cambian. Parece imposible, es increíble, pero a veces pasa”. 

Ya sé que mi próxima cita con esta grande será Malena es un nombre de tango, no sé por qué.

Portada del libro
Pgs.: 603
Editorial: Tusquets